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Los diablos azules

La ola latinoamericana

  • La celebración de autoras como Valeria Luiselli o Mariana Enriquez y la recuperación de otras como Elena Garro o Sara Gallardo hacen pensar en un nuevo canon de la literatura en español
  • Grandes grupos como Penguin Random House refuerzan sus puentes entre distintos países de habla hispana, algo por lo que también apuestan pequeños sellos como Tránsito, Malas Tierras o Sigilo 

Publicada el 21/02/2020 a las 06:00 Actualizada el 21/02/2020 a las 14:00
La escritora mexicana Valeria Luiselli.

La escritora mexicana Valeria Luiselli, una de las autoras más destacadas de 2019.

CCCB

El último Premio Herralde, para Nuestra parte de noche, de la argentina Mariana Enriquez. Uno de los libros del año —para este periódico, pero también para otros suplementos literarios como Babelia—, Desierto sonoro, de la mexicana Valeria Luiselli. Se recupera Los recuerdos del porvenir, de la también mexicana Elena Garro, a quien muchos habían reducido al papel de mujer de Octavio Paz, pero también se editan en España las obras de la argentina Sara Gallardo, desconocida por el gran público y fallecida en 1988. Nuevas editoriales independientes, como Tránsito, construyen su catálogo sobre voces latinoamericanas como la argentina Fernanda Trías, la colombiana Margarita García Robayo o la chilena Arelis Uribe. La editorial argentina Sigilo se instala en la Península con Cometierra, de Dolores Reyes. Uno de los estrenos más celebrados del nuevo año es Casas vacías, de la mexicana Brenda Navarro. De Ecuador, suenan desde hace algún tiempo las voces de Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero, Natalia García Freire. Etcétera. 

Si se pudieran extraer conclusiones de todo esto, la idea está clara: hay algo que llega del otro lado del océano, algo que tiene nombre de mujer y que, de este lado, encuentra quien le reciba. Cabría algo de contención, de escepticismo, pero las señales son muchas. "Es verdad que está llegando a nuestro paisaje editorial una bocanada de aire fresco desde América Latina", se lanza Selena Millares, escritora y catedrática de Literatura Hispanoamericana, "y eso es motivo de celebración, porque hay obras formidables". Y aplaude también Sol Salama, editora de Tránsito, sello que acaba de cumplir un año: "Ya era hora, ¿no? Hace mucho que teníamos que renovar el canon literario que una vez aprendimos". Un poco más reticente a la celebración es Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, que lleva desde los 21 años en la industria y se lo toma con un grano de sal. Si se le pregunta si vivimos un interés renacido por las autoras latinoamericanas, no lo ve tan claro: "Hay que verla [la pregunta] en perspectiva histórica".

Vamos allá. "Hace unos años", dice Reyes, "vivimos un boom parecido, de grandes escritoras latinoamericanas que concitaron atención crítica y grandes cantidades de lectores". Cita a Isabel Allende, que publicó La casa de los espíritus en 1982; a Laura Esquivel, que llegaba con Como agua para chocolate en 1989; a Laura Restrepo, a Ángeles Mastretta, a Gioconda Belli, a Marcela Serrano... "Por todo el continente las escritoras tomaban la palabra y los lectores las seguían. Sus libros fueron también enormemente traducidos", apunta la editora. Pero estas autoras, en algunos casos verdaderos éxitos de ventas, no fueron siempre bien recibidas por la crítica. Así lo ve Reyes: "Les fue más difícil romper la barrera del canon. Y pienso que eso les pasó porque vendían muchísimos libros en todo la geografía del idioma. Y la venta siempre está bajo sospecha para la crítica". Quizás ahora se haya dado la vuelta a la tortilla: las autoras en activo nombradas en el primer párrafo cuentan con el aplauso de los periodistas y de la academia, tocan o casi alcanzan esa sustancia escurridiza llamada prestigio literario, pero están muy lejos de ser best sellers

Para Selena Millares, esta nueva ola podría suponer el final de unos "años de desconcierto y sequía, de búsqueda de nuevos caminos, de cierto vacío e incertidumbre", el final de un "barbecho' literario" iniciado tras el boom. Insiste, también en que "por supuesto no es una novedad que las mujeres hagan gran literatura" en Latinoamérica —y cita desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta Gertrudis Gómez de Avellaneda, Delmira Agustini o Gabriela Mistral— "pero sí que se las publique y se las escuche, y aquí es importante la nueva exigencia de los lectores". "La sensación que tenemos hace mucho es que la realidad había sido mutilada, que nos habían robado el otro lado de la luna", protesta, "¿dónde estaban las voces de las mujeres en el siglo XX?". Estos nuevos nombres de la literatura en español llegarían, por tanto, arropados por una nueva ola feminista y por generaciones de lectoras —¿y lectores?— deseosos de ensanchar los límites de sus estanterías. 

Las consecuencias son visibles. El grupo Penguin Random House, uno de los dos gigantes editoriales en español junto a Planeta, ha relanzado su colección Mapa de las lenguas, que desde hace más de cinco años trata de servir de puente entre las distintas sedes de la editorial, a uno y otro lado del Atlántico. Antes, cuenta Pilar Reyes, cada país definía su colección tomando títulos de otros países, pero vieron que así se perdía fuerza a la hora de "internacionalizar autores" y "ponerlos en el mapa" fuera de sus países. Ahora, los sellos consensúan 12 nombres, que se anuncian cada año en la Feria de Guadalajara. Alfaguara se ha encargado también de relanzar el libro de Garro, en palabras de Selena Millares "una de las mejores novelas del boom latinoamericano" que ha quedado, sin embargo, ensombrecida. Del otro lado del espectro, ha sido la editorial Malas Tierras, lanzada en 2019, la que ha traído a los lectores españoles a Sara Gallardo, con Enero, una novela corta sobre la libertad sexual y el aborto en la Argentina rural que, pese a haber sido publicada en 1958, resuena con fuerza en las lectoras de hoy, o Eisejuaz, una "novela fronteriza", en palabras de Liliana Colanzi, editada en 1971.

"Durante mucho tiempo", se queja Selena Millares, "ha sido dificilísimo conocer lo que se hace allí". Sabe de lo que habla, porque su trabajo ha consistido también en rastrear lo último, constatar que no estaba editado en España, arreglárselas para traer ejemplares de donde hiciera falta. "El movimiento de los libros sobre el océano es muy costoso, los años de la gran crisis fueron terribles en ese sentido, pero Internet y también las editoriales pequeñas están salvando esa distancia". Pilar Reyes protesta: "En España se hace un esfuerzo importante por dar a conocer obras latinoamericanas", dice, pero "España no puede dar cuenta de la producción de un continente con 18 países donde se habla español, pues eso es materialmente imposible". En cualquier caso, los puentes parecen tener ahora un paso más fácil. 

De hecho, un pequeño sello como Tránsito ha logrado hacerse rápidamente un hueco entre las editoriales independientes de prestigio confiando, entre otras, en las autoras latinoamericanas. "Era arriesgado", confiesa Sol Salama, que trata de definir por qué han funcionado sus primeros títulos. "Primera persona es un libro muy inteligente, muy poderoso", dice, sobre las crónicas de Margarita García Robayo. "Sólo había que darle cabida, tratar el libro con cariño, apostar por la promoción de la autora. Perder el miedo, en definitiva". Ese quitarse el miedo ha operado en los dos lados de la industria, tanto entre los editores como entre los lectores: "Se está consiguiendo poco a poco tirar abajo esos prejuicios. Bendito momento este en el que hemos debilitado un poco el muro que separaba la literatura española de la latinoamericana". Pero hace también una salvedad: sus autoras no eran exactamente desconocidas para el mercado español. Fernanda Trías y García Robayo, por ejemplo, habían publicado ya. "Realmente, no sé bien qué ha impedido que las hayamos estado leyendo como lo estamos empezando a hacer ahora", se plantea. Quizás averiguarlo sea clave para que el avance no se revierta. 

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