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Prudencia biempensante

El otro acudí a mi tanatopractor de confianza para hacerme unos arreglitos. En mitad de la faena, cuando ya habíamos arreglado siete de cada diez problemas que tiene el mundo, el tipo me dijo que sobre lo de Palestina (¡fíjate!) no tenía posición.

Caramba, ¡el último prudente sobre la faz de la tierra! Anduve atolondrado de camino a casa: si la lumbrera que había desentrañado los secretos de la salud mental, la industria farmacéutica, el secesionismo catalán y las deliberaciones del consejo de ministros se había topado con un muro de incertidumbre, la cosa tenía que ser grave.

La propaganda, ya se sabe. Mucha información en mal estado (el Mossad, Joe el balbuceante y la yihad bailando el tango con Jomeini) pero a él no se la darán con queso. Abrumado ante tal grandeza de espíritu, pasé dos noches sin dormir. Desesperado, decidí telefonearlo. “Oye, ¿cómo lo consigues?” Me contó que era cosa de familia. Un tío tatarabuelo aguantó toda la invasión napoleónica sin escoger bando. “Hay que tener todos los datos”, solía decir. A una prima lejana le concedieron la Gran Cruz de la Equidad por su valerosa denuncia de los crímenes contra el mobiliario público perpetrados por la resistencia francesa. Incluso, un hermanastro de su bisabuela documentó minuciosamente las tendinitis que padecieron las fuerzas zaristas durante el Domingo Sangriento y una nuera segunda por parte de padre trabajó en el gabinete de Thatcher.

Sapristi, qué hidalguía. “Las cosas no son tan fáciles, Joaquín”, me aleccionó. “Puede que una de las mayores potencias militares del mundo haya confinado, mediante la violencia y la intimidación, a dos millones de personas en una ratonera poco mayor que un pasillo y que estén aprovechando un atentado para bombardear a mujeres, ancianos y niños, pero ellos podrían poner de su parte yéndose de allí”. Asentí enérgicamente: ¡qué claridad, qué perspicacia! “Pero han bombardeado un hospital”, repliqué a mi sensei. “¿A quién vas a creer, a un militar pulcro y uniformado o a ese montón de terroristas polvorientos?”. El argumento era sólido, ¡galvanizado!

Lleno de dudas y cavilaciones, salí a dar un paseo. Una vez más, mi asqueroso progresismo me había llevado a juzgar las cosas a la ligera, movido por un revanchismo tonto y oportunista. ¡Filoterrorista! Qué vergüenza, chico, ¡haciéndole el caldo gordo a Hamás sin darme cuenta!

¿Sabías que si una vieja te pisa con la silla de ruedas puedes darle una paliza? A esto se le llama proporcionalidad

Para purgar mi culpa, saqué un lapicero del bolsillo (como soy escritor, siempre llevo uno) y comencé a escribir frases llenas de sentido común: dos no pelean si uno no quiere, una piedra hace tanto daño como un misil, Israel tiene derecho a defenderse, etcétera. Para reformarme, me he comprado varios mamotretos sobre legítima defensa: ¿sabías que si una vieja te pisa con la silla de ruedas puedes darle una paliza? A esto se le llama proporcionalidad.

Para evitarle a usted, querido lector, las incomodidades de apoltronarse en el lado equivocado de la historia, quisiera compartir unos breves consejos para interpretar los confusos acontecimientos que se avecinan. Uno) Si una bomba cae en una iglesia o en un hospital, es fuego amigo. Dos) A los judíos les hicieron muchas barbaridades, así que pueden matar a cuantos inocentes les hagan falta hasta que les quede el contador a cero. Tres) Contravenir los dos primeros mandamientos conduce al antisemitismo.

Madre, qué paz de espíritu, qué gozo tan profundo. Voy a ver si encuentro una estampita de Von der Leyen para poner en la mesilla.

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