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Desde la tramoya

Banderofobia

Si le preguntas a un conservador por cuánto dinero quemaría la bandera de su país sin que nadie le viera, pediría mucho más que un progresista. No es una suposición. Es un hecho que constata Jon Haidt, un psicólogo social de la Universidad de Nueva York que se ha ocupado de los fundamentos morales que informan la ideología. Los conservadores también piden mucho más dinero por pegar a su padre aunque sólo sea como parte de una representación teatral, o por firmar la venta de su alma, o por recibir una transfusión de sangre de un convicto por abuso de menores. En pocas palabras, demuestran Haidt y sus colaboradores, los conservadores son más duros, más patriotas y más devotos que los progresistas. No debería extrañarnos: por eso son conservadores.

Probablemente nuestro ADN nos programa para desarrollar en mayor o menor medida esas dos fuerzas tan útiles para la conservación de la especie humana: una nos invita a respetar la autoridad emanada de Dios o del César, a guardar la tradición, a temer al extranjero y a salvaguardar nuestra pureza; la otra nos convoca a arriesgar, a experimentar, a innovar en las normas sociales, a mezclarnos, a proteger a los más necesitados, a fomentar la empatía y la solidaridad.

En buena parte del mundo, la fuerza progresista –casi por definición, pues en eso consiste el progreso– se ha ido imponiendo. Hoy damos por exigibles principios como la igualdad, la protección de las minorías, el respeto a los derechos humanos, el respeto a todas las creencias... Los progresistas han ido ganando a la derecha en grandes dilemas morales, al menos en Occidente.

Pero la izquierda se equivoca minusvalorando la importancia de esos tres fundamentos tan preciados por los conservadores: la autoridad, la pertenencia al grupo y la santidad, siguiendo con la terminología de Haidt.

Me referiré ahora al segundo de esos principios, el sentimiento de pertenencia a un grupo, con el que se relacionan las banderas. Para la gran mayoría de la población, una bandera es un símbolo importante. Por eso es un error cederlo a los conservadores. Una bandera es un trapo coloreado, pero es también un trapo sagrado que expresa la identidad de un grupo, sea este España, las Islas Feroe, el colectivo gay, Palestina o un club de fútbol.

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Claro que en España la bandera nacional tiene reminiscencias históricas controvertidas. Como ha señalado aquí mismo mi amigo Javier Valenzuela, la rojigualda es borbónica y franquista. Pero es también la bandera que tenemos –con su escudo constitucional– y no la vamos a cambiar a corto plazo. Cuando la cambiemos, expresará otra cosa. Pero de momento dice quiénes somos. Con nuestras cuitas y nuestros problemas, con nuestras grandezas y nuestras miserias. A algunos no les gusta nada y a los muy conservadores les gusta tanto que se la ponen a su perro de presa en el cuello. Pero, curiosamente, todo el mundo la saca a la calle cuando la selección española de fútbol gana el Mundial. La mayoría de la población, especialmente la más joven, siente esa bandera festiva, alegre e inocua mucho más cercana que las banderas ostentosas, enormes y agresivas que pusieron en las rotondas los alcaldes conservadores de Madrid con dinero de la Gürtel.

Que los progresistas usen la bandera de España sin complejos a mí me parece, en consecuencia, que es recuperar un terreno perdido largo tiempo. La solución no es renunciar a ella, sino darle un nuevo contenido. Reenmarcarla. La bandera de España, para un progresista, debe expresar la identidad de un país diverso, tolerante, de culturas y lenguas distintas, con tradiciones todas ellas enriquecedoras, acogedor y solidario. No el país centralista, abusón, que sólo habla castellano, intolerante y patriotero que reclaman con sus banderitas en la muñeca los más conservadores.

A los progresistas las banderas en general nos excitan menos que a los conservadores, pero no deberíamos aceptar que la derecha, con su patrioterismo excluyente y paleto, se haga con un símbolo que nos representa a todos y no sólo a ellos.

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