Tradición Miguel Lorente Acosta
Todo indica que el asunto capital en el que los nacionalismos populistas de extrema derecha anclan su crecimiento en Europa es la inmigración, o, mejor dicho, la distorsión de la realidad del fenómeno migratorio que ha ido calando en amplias capas de la sociedad europea (y española). Sugiero leer atentamente la historia que en estas mismas páginas cuenta hoy mi compañero Fernando Varela, cuya conclusión, basada en datos académicos contrastados, es meridiana: proporcionar información cierta sobre los efectos de la inmigración en el mercado laboral, en la economía, en el uso de servicios públicos o en los niveles de delincuencia “aumenta significativamente el apoyo a una mayor inmigración y también a las políticas redistributivas” (ver aquí). Me atrevo a añadir: combatir la desinformación y los bulos es una buena receta para frenar la amenaza ultra.
La complejidad del funcionamiento de la Unión Europea, la exigencia de unanimidad en cualquier decisión del Consejo y también la falta de firmeza en la defensa de los valores y principios que dan sentido al proyecto han contribuido a que se haya ido cediendo terreno ante discursos de naturaleza xenófoba en lugar de desmontarlos y hacer pedagogía sobre derechos humanos y migraciones. Ahí está el Pacto Europeo sobre Migración y Asilo recién aprobado, defendido como “el único posible”, pero al mismo tiempo “un paso más en el riesgo de naufragio del Estado de Derecho”, como argumentó aquí el profesor Javier de Lucas, uno de los más respetados estudiosos y activistas sobre derechos humanos y muy especialmente sobre migraciones. Revelador el lapsus de Alberto Núñez Feijóo en los micrófonos de Onda Cero cuando ha intentado blanquear a Meloni por haber firmado “el pacto antiinmigración” (ver aquí). “Anti”, cuidado.
En lugar de “externalizar”, es decir subarrendar la acogida de seres humanos, como si la política de no ver anulara la existencia y continuidad del éxodo hacia Europa, convendría justamente lo contrario: interiorizar esa realidad y gestionarla con valentía y enfoques positivos
No se trata de sustituir las hipérboles y manipulaciones de los partidos y medios nacionalpopulistas por un buenismo ingenuo. A partir de una defensa firme del derecho humano esencial a buscar una vida mejor, a encontrar simplemente una vida huyendo de la miseria, las guerras, las sequías o la violencia sátrapa, el debate debería centrarse en cómo gestionar el fenómeno migratorio para lograr la mejor integración social y económica posible en nuestro sistema. En lugar de “externalizar”, es decir subarrendar la acogida de seres humanos, como si la política de no ver anulara la existencia y continuidad del éxodo hacia Europa, convendría justamente lo contrario: interiorizar esa realidad y gestionarla con valentía y enfoques positivos.
Una campaña electoral es una oportunidad (obligada) para poner los focos en algunos datos comprobables: los inmigrantes aportan a la economía europea y española más de lo que reciben (ver aquí); España necesitará 24 millones de inmigrantes en las próximas tres décadas para sostener las pensiones, según el Banco de España (ver aquí), o 250.000 por año según cálculos de la Seguridad Social (ver aquí); los datos desmienten ese mantra de Vox y del PP que establece una relación causal entre inmigración y criminalidad (ver aquí y aquí); la inmigración compensa la baja natalidad y mantiene un crecimiento de la población sin el cual desembocaríamos en un “invierno demográfico” catastrófico (ver aquí)...
No, la migración no es un problema. Es una realidad, un derecho y una necesidad ahora para otros como lo fue no hace tanto para España y para Europa. Son las políticas migratorias las que exigen rigor, solidaridad, eficacia y capacidad de comunicar sus aristas más complejas y también sus aspectos positivos. El problema es la obsesión por ceñir esas políticas a una cuestión de seguridad, como si alguna vez en la historia fronteras y alambradas hubieran provocado algo más que violencia y muerte.
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