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Mujeres y jóvenes, la doble esperanza del 9J

Pocas horas después de aprobarse en el Congreso la ley de amnistía entre gritos de “corruptos”, “cobardes” y “traidores” dirigidos al Gobierno desde la bancada de las derechas, Alberto Núñez Feijóo protagonizó un mitin en la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona, esa que cada año se desborda con el chupinazo que abre las fiestas de San Fermín. Nada que ver. El PP apenas consiguió reunir a unas pocas docenas de seguidores pese a que se trataba del mismo día en que se había producido “el fin del Estado de Derecho”. Hay una brecha inmensa entre la tensión política que se vive en el Congreso y la que se logra trasladar (de arriba abajo) a las calles. La crispación no parece llenar mítines. España no se rompe. De hecho, más peligro corre la UE, no tanto de romperse como de debilitarse justo cuando más Europa se necesita.

Preocupa mucho el nivel de participación a una semana del 9J. Los máximos índices en unas europeas en España se lograron en las primeras (un 68,5% en 1987) y en las dos citas que coincidieron con comicios municipales (1999, con un 63%, y 2019, con un 60,7%). En el resto ha costado pasar del 50%, y de hecho no ha ocurrido en los últimos 15 años con las excepciones citadas (ver aquí). Analistas demoscópicos consultados calculan la asistencia a las urnas dentro de una semana en ese entorno del 50%, y los más optimistas la elevan hasta el 55%. 

Vayamos con alguna obviedad: ya no se cumple aquel mantra de que a mayor participación mejor resultado asegurado para las izquierdas. Depende. Es cierto que se mantiene, como en las generales y autonómicas y municipales, la impresión de que las derechas están más movilizadas, y que, en este caso, al ruido mediático habitual se suma en ese espacio la candidatura del tal Alvise, a quien alguna encuesta adjudica hasta cuatro escaños (convirtiendo quizás con demasiada alegría los followers en votantes). 

La crispación no parece llenar mítines. España no se rompe. De hecho, más peligro corre la UE, no tanto de romperse como de debilitarse justo cuando más Europa se necesita

Más allá de la demoscopia y las expectativas que crea cada partido, conviene prestar atención a una advertencia basada en datos: es posible que el freno a esa ola nacionalpopulista que amenaza al proyecto europeo esté en manos de las mujeres y de la juventud. Hay un precedente cercano. En las últimas elecciones polacas, que acabaron con el mandato de los ultraconservadores de Ley y Justicia, las mujeres votaron casi siete puntos más que los hombres a formaciones europeístas. Una proporción similar se dio en Suecia. También los más jóvenes fueron decisivos en la caída de los extremistas polacos, a pesar de que los porcentajes de apoyo a la ultraderecha xenófoba en las nuevas generaciones está creciendo sensiblemente toda en Europa (ver los datos aquí aportados por Pablo Allende Nieto, de Equipo Europa). Otro ejemplo: Si hubiera sido por los menores de 25 años, el Brexit no habría triunfado (ver aquí).

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El próximo 9 de junio podrán votar por primera vez 21 millones de jóvenes, 2,2 millones en España. ¿Hasta qué punto tienen conciencia de la importancia decisiva de estos comicios para el futuro de la UE? ¿En qué medida las redes y plataformas en las que pasan los jóvenes de entre 18 y 24 años una media de cinco horas diarias, según estudios recientes, les animan a votar opciones extremistas, negacionistas del cambio climático, o simplemente a no votar?

Hay hartazgo electoral en España. Aparece en todos los sondeos. Pero supone una luz esperanzadora esa posibilidad de que mujeres y jóvenes se muestren europeístas, quizás en defensa propia, ante lo que supone el avance reaccionario que atropella los derechos de unas y el futuro de los otros. Por ahí sí que se avecina el “fin del Estado de Derecho”. Y el del Bienestar.

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