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@cibermonfi

El Júpiter de los liberales de mamandurria

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Lo difícil sería imaginarse a Aznar promoviendo en el extranjero el cine español. ¿Por qué, sin embargo, no cuesta nada visualizarlo promocionando armas de fabricación española ante su amiguete Gadafi? ¿Será porque ya en aquella foto para El País Semanal del comienzo de su carrera política salía ataviado de guerrero cruzado, el casco en una mano y la tizona en la otra? ¿Será porque exhibía en su despacho de La Moncloa, cual el mayor mérito de los ochos años allí pasados, una gran foto de la “reconquista” militar española del Islote Perejil? ¿O tal vez porque todos pudimos verle tan feliz cuando sumó sus mesnadas a las tropas el emperador Bush en la guerra de Irak?

A Aznar, sin duda, le gustan las armas y las guerras, sin las cuales ningún caudillaje, incluso uno de camisa blanca y corbata, llega a serlo de veras. Aunque quizá, hay que admitirlo, no le gusten tanto como los negocios multimillonarios que se cierran con una aromática copa de vino en la mano en un restaurante de buenos cueros, maderas nobles y costosos perfumes de colonias varoniles y lociones para después del afeitado.

Igual una y otra cosa explican que no resulte excesivamente complicado imaginarse a Aznar haciendo de intermediario entre una empresa privada española fabricante de material bélico y tiranos norteafricanos. Con comisión o, sí, por qué no, tan solo para hacerle un favor a un pariente o un compañero de pupitre.

Lo que resulta inverosímil es retratar a Aznar separando los negocios privados –los suyos y los de su gente– de la influencia derivada del poder político, de las contratas y concesiones administrativas, de la privatización de los servicios y las empresas originalmente públicos, de las arcas llenadas con el dinero de los contribuyentes.

¿No fue él quien regaló las presidencias de una gran caja de ahorros a su amiguete Blesa y de una gran corporación telefónica a su también amiguete Villalonga? ¿No le vendió por un euro una compañía aérea a su fiel vasallo Díaz Ferrán? ¿No le montó a su hija una boda de infanta en un monumento nacional y con euros que la Gürtel había sacado del tráfico de influencias? ¿No se financió él mismo una medalla del Congreso de Estados Unidos con la pasta de los impuestos de los españoles?

Si Esperanza Aguirre es la lideresa de los liberales de mamandurria españoles, Aznar es su Júpiter olímpico.

Aznar es el indiscutible caudillo de todos aquellos españoles que en los últimos lustros nos dan una tremenda matraca loando las virtudes de lo privado frente a lo público, exaltando la grandeza del mercado sin la menor regulación democrática, repitiendo, en fin, todas esas cantinelas de escuela de negocios de primera en lo relativo al precio de la matrícula y de tercera si se habla de ideas; aquellos españoles que, a la par, han llenado sus cuentas corrientes con sueldos de cargos públicos y/o sabrosas ganancias procedentes de contratas y concesiones administrativas, recalificaciones de terrenos, rescates colectivos de empresas desastrosas, ruinas de cajas antaño saludables y privatizaciones del patrimonio común.

O sea, tampoco cabe extrañarse de que, en sus presuntos mangoneos para favorecer en el extranjero a la empresa privada fabricante de material bélico tan cara a su amiguito Blesa, Aznar utilizara los servicios de una fundación de estudios que recibe dinero público, ese dinero que nos sustraen a las clases populares y medias friéndonos a tasas e impuestos.

Está en su naturaleza: lo suyo es suyo y lo de todos también es suyo. No otra es la actitud ante la vida de los liberales de mamandurria.

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