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Autodeterminación en el WC

Son pocas las ocasiones en las que tenemos que especificar cuál es nuestro género. En Occidente las mujeres y los hombres compartimos espacios sin que nadie marque el terreno de unos y otras. Sólo cuando cumplimentamos formularios nos preguntan si somos hombres o mujeres, una práctica tan decadente como aquella que obligaba a declarar el estado civil (aún ridículamente frecuente en las notarías), o como la de preguntar por la raza (por ejemplo, caucásico, hispano, afroamericano o asiático, como si ahí cupiéramos nítidamente todos).

Con esa ofensiva simpleza con la que los ultraconservadores pelean en cuestiones morales como ésta, han presentado la Ley Trans, que pasa sus últimos trámites en el Congreso, como la norma que permitirá que alguien se autodetermine como hombre hoy y como mujer mañana y quizá pasado como no binario. “Los niños tienen pene y la niñas vagina”, nos recuerdan, mostrando cuán sofisticado es su pensamiento.

El mundo, afortunadamente, ahora va por otro lado; y en la vida cotidiana se van retirando las etiquetas y los compartimientos, de modo que uno pueda sentirse como le dé la gana sin tener que dar explicaciones ni clasificarse en grupos con los que no se identifica. La Ley Trans, a efectos de autodeterminación de género, sólo establece que la Administración no preguntará por los motivos por los que uno desea ser inscrito como hombre o como mujer, y no pedirá ni informes psicológicos ni inyecciones hormonales previas para que el ciudadano quede registrado como desee.

Generar una conciencia social a propósito del respeto a las orientaciones de género puede ser tan sencillo como promover esos lavabos unisex

Hay un espacio particularmente interesante, por lo que tiene de cotidiano, en el que este asunto se manifiesta con fuerza: los lavabos públicos. Cada vez más instituciones y empresas van adoptando baños inclusivos, en los que se retiran los urinarios masculinos, se adecúan cabinas de uso indistinto y se deja un espacio común de lavabo y tocador. Allí estarán también la bandeja para cambiar a los bebés y la instalación preparada para sillas de ruedas. Generar una conciencia social a propósito del respeto a las orientaciones de género puede ser tan sencillo como promover esos lavabos unisex. Es muy probable que en unos años las normas prohíban la señalización “hombre/mujer” que hoy es habitual.

En realidad, la construcción de baños separados para hombres y para mujeres es una tradición muy reciente. Hasta el siglo XIX, los baños en espacios públicos eran infrecuentes y donde los había eran de uso común. En la antigua Roma, de hecho, la mayor parte de las termas y las letrinas eran de uso indistinto para hombres y para mujeres. La moral victoriana promovió la separación de géneros, que reforzaba el modelo de la época, tan patriarcal.

Imaginemos, frente a los que anuncian el apocalipsis y la destrucción de la Torre de Babel, lo sencillo que sería que los niños en su propia escuela no tuvieran que dirigirse ni al baño ni al vestuario de los chicos ni al de las chicas… Resulta que la mejor comunicación de la Ley Trans podrían hacerla los arquitectos. Es solo un ejemplo de la absurda manía que tienen algunos de ver problemas donde no hay realmente ninguno. O de imponer códigos que parecen inevitables y universales, cuando no son ni lo uno ni lo otro.

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