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Desde la tramoya

¡Basta ya de miedo!

Luis Arroyo

España está paralizada por el miedo. En el último trimestre, nuestra economía ha retrocedido mucho más que cualquiera otra en Europa. El decrecimiento del PIB ha sido del 18 por ciento, cuatro veces más que en el peor año de nuestra última y reciente recesión (el PIB cayó casi un 4 por ciento en 2009). La monumental calamidad es por completo previsible en un país cuya economía depende en una cuarta parte del turismo y del comercio. El país más visitado del mundo tras Estados Unidos. El país con más bares, más hoteles, más restaurantes, más ocio nocturno y más servicios para visitantes del planeta. Un país cuya economía tiene en la base pequeños comercios familiares. Podrá renegarse del modelo, pero es el que tenemos, y de él depende nuestra supervivencia a medio plazo.

Decían algunos que nuestra recuperación sería rápida, en forma de V. Pero lo que estamos viendo es que más de una cuarta parte de los pequeños negocios –muchos de ellos precisamente de hostelería– ya no van a poder abrir. Para millones de familias –sí, millones– eso significa paro, pobreza, desesperanza. Para el Estado significa deuda y subidas de impuestos o abandono de otras políticas no meramente asistenciales. En estos meses el sector inmobiliario da síntomas de estar cayendo a un ritmo mayor que el de la crisis financiera. Ese sector, por cierto, es también una parte importante de nuestra economía. La mayor parte del (escaso) ahorro de las familias españolas son apartamentos que se alquilan. La crisis del sector inmobiliario es un mazazo en la economía de millones –sí, millones– de ciudadanos y ciudadanas.

Al desastre económico, y también derivado de él, le acompaña un desastre social sin precedentes: soledad, angustia, depresión, retrasos en la formación de nuestros niños y empeoramiento de sus relaciones sociales, conflictividad social, enfermedades que no se tratan…

El sufrimiento podría valer la pena si nuestro país evitara con él la enfermedad y la muerte de nuestros compatriotas. Pero no está siendo así. En España la pandemia ha producido hasta finales de agosto 44.700 muertos más que en cualquier otro año. Pero la inmensa mayoría de esas muertes se produjo durante nuestro confinamiento, cuando desde nuestras casas veíamos las imágenes terroríficas de las unidades de cuidados intensivos abarrotadas y algunas morgues improvisadas. Había entonces, por otro lado, un enorme desajuste entre la realidad que afectaba más a unos colectivos (mayores, con patologías previas, residencias de ancianos, grandes ciudades) y la percepción distorsionada de muerte generalizada y peligro omnipresente en todo el país. En muchos sitios no había ni un solo enfermo. Muchas UCIs trabajaban con relativa normalidad. Los héroes a los que aplaudíamos se concentraban principalmente en Madrid, en Barcelona, en algunos lugares específicos de Castilla-La Mancha y Castilla y León.

La pandemia remitió, como lo hizo en todo el mundo. Incluida Suecia, por cierto: la proscrita Suecia, que no cerró nada ni obligó a usar mascarilla, y vio un exceso de muertes mayor que el de sus vecinas nórdicas, pero aún muy inferior al nuestro. Suecia ha visto su economía resentirse, como todas las de Europa, pero muy por debajo de la media.

La pandemia remitió y la gente salió en la calle y entonces, durante el verano, muchos países comenzaron a hacer pruebas. Las pruebas que antes no estaban disponibles. Y, claro, emergieron miles de casos positivos. Y, por supuesto, muchos eran asintomáticos y muchos eran jóvenes. Y empezamos a hablar de rebrotes. Y nos pareció que el virus se había ido y había vuelto (incluso algunos empezaron a especular con sus anteojeras ideológicas si habría entrado por Barajas o por las aguas de Cádiz en patera). Y de pronto nos enseñaban –aún lo siguen haciendo– gráficos con incrementos escandalosos en el número de casos. Lo reconocen los propios portavoces (“Tenemos un problema de comunicación”, “hay más casos pero porque hay más pruebas”…). Y nos dicen frases ciertas pero falaces como “el virus ahora afecta a los más jóvenes”. Mil casos más. Dos mil casos más. Cinco mil casos más. Y el pánico vuelve. Y entonces los gobernantes, que ahora son 19 en lugar de uno, compiten para ver quién, en mitad de la “Segunda Ola”, evita que se le acuse de imprudente o incluso de asesino. Lo cierto, sin embargo, es que la mortalidad sigue siendo muy baja, menor aún que en abril, afecta solo a los mayores (en quienes sin embargo, para nuestra vergüenza, no estamos poniendo especial cuidado) y los ingresos hospitalarios se están haciendo de manera ordenada y sin ninguna saturación.

Como dice con acierto un experto –hoy en el sector privado, pero que ha sido compañero de Fernando Simón en el Ministerio de Sanidad y director de su Agencia del Medicamento– nadie lo hace mal, pero tampoco nadie lo hace bien. Donde hace falta un Churchill, dice él, aparecen unos funcionarios bienintencionados, pero muy poco audaces. Es el doctor Fernando García Alonso y merece la pena oír enteros sus treinta minutos de explicación. Ante la debilidad de nuestro sistema de detección, la poca fuerza que tienen diecisiete (más dos) comunidades autónomas por separado a la hora de tomar decisiones y aportar recursos, se genera una confusión, una incertidumbre y un pánico que nadie es capaz de aliviar. El Estado Autonómico hace su peor trabajo, porque cuando hace falta un liderazgo fuerte y nacional, encontramos 17 pequeños. En ausencia de guía y en presencia de una competición para ser el más prudente, el miedo se apodera de la población.

No, señoras y señores, no. No tenemos –al menos no por ahora– ninguna segunda ola del virus. Hay incrementos de muertes pequeñísimos en las últimas semanas, igual que los está habiendo en muchos otros países. Hay aumentos ligeros de hospitalizaciones, pero no son comparables a las saturaciones que tuvieron muchos hospitales (muchos, pero no todos; prácticamente ninguno privado, por cierto). Cuando escribo esto hay 18 ingresos diarios en UCI. En marzo y abril llegaron a ser cientos diarios. No es falso el titular que afirma que “en solo una semana Andalucía ha doblado sus ingresos en intensivos”. Pero relaja mucho saber que la cifra ha pasado de diez a veinte, en una población de ocho millones y medio, en pleno verano, con las playas y los chiringuitos rebosantes. En España, hoy, tan solo tenemos una segunda ola de detecciones, porque hacemos las pruebas que antes no hacíamos. No de enfermedad grave, ni de ingresos en la UCI, ni de muertes. Nuestro escenario es muy distinto al de marzo. Quizá tengamos que tomar medidas duras más adelante, y debemos por supuesto preparar nuestro sistema hospitalario para una segunda ola real, pero nuestra parálisis no es proporcional a la situación actual de la pandemia.

El mundo entero, además, nos observa y nos retrata como un país en el que el virus está por todas partes y en el que la gente incumple sistemáticamente las medidas de seguridad. En el que nos tienen que cerrar los bares a la una porque somos unos irresponsables. Un lugar en que llevamos la mascarilla más que nadie porque somos los peores de la clase. El mundo no hace sino retratarnos como nosotros mismos nos definimos. Y el miedo que tenemos nosotros, por supuesto, también lo nota el resto de la humanidad.

No estamos haciéndonos ningún favor extremando más que nadie en el mundo las restricciones a nuestra actividad ni dejando a las comunidades autónomas que decidan agravarlas aún más. Estamos haciendo el peor de los servicios a nuestro país alarmando con datos de pruebas positivas como si fueran enfermos reales o bombas virales andantes. Generando en la población una falsa sensación de inseguridad que no se sostiene con ningún modelo probabilístico.

No hay nada más paralizador que un funcionario demasiado precavido, compitiendo con otros funcionarios igual de precavidos. Nada hay más nefasto para una sociedad que el miedo. Negar que haya una “Segunda Ola”, por supuesto, no es negar el virus, ni abogar por ese estúpido individualismo egoísta de la extrema derecha. Nada me resulta más ajeno que esos locos negacionistas ni los ultraliberales ensimismados. Pero el miedo no nos puede dejar parados por más tiempo. Si la enfermedad vuelve a golpearnos fuerte, tendremos que volver a enfrentarla, pero mientras tanto no nos podemos quedar agazapados, esperando a que llegue una vacuna que sabemos que no estará disponible este otoño y que tardará en generalizarse, si es que llega. Nuestras prevenciones han de ser proporcionadas. La prudencia es conveniente. El miedo sin causa, desastroso. Y lo estamos sufriendo ya.

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