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Breve manual para víctimas

Pongamos que te han sorprendido robando, defraudando a la hacienda pública, ocultando montoncitos de dinero en refugios bancarios, sobornando a gente para que calle, prevaricando, conviviendo en la misma casa con la corrupción o el fraude… Toda fechoría, todo delito, por brutal que sea, puede justificarse ante el público con una conveniente estrategia de victimización.

Los países más institucionalizados han construido desde la Ilustración todo un entramado de estructuras y procesos que fomentan el progreso del conocimiento científico, en el que las evidencias son requisito indispensable. Sociedades que desean tomar decisiones colectivas con frialdad y alejadas de las pasiones. Hay inspectores, hay funcionarios, hay fríos documentos y datos objetivos, hay imágenes y pruebas que constatan que lo que es es, hay científicos forenses, hay tribunales que escuchan a la acusación y al acusado, hay incluso periodistas adiestrados para escudriñar y relatar hechos.

De modo que, pongamos, de ser tú un o una delincuente, es posible que caiga sobre ti todo el peso de la ley. Pero incluso aunque te enviaran a prisión por los delitos que de hecho has cometido, si entiendes que las pasiones son más poderosas que las razones y los relatos mucho más convincentes que los datos, aún podrás recurrir a la ancestral estrategia de la victimización. Con pericia, tenacidad y pocos escrúpulos, lograrás el respeto de las masas, generar en ellas simpatía por tu causa e incluso liderarlas. Los populistas lo saben.

He aquí las normas universales para no iniciados:

Primero, entenderás que esto es cuestión de fe. Los devotos no atienden a los hechos: son capaces de creer lo que se les cuente si subyace una profunda creencia global. No leerán nada que contradiga su fe. Y si accidentalmente lo hicieran, lo desmentirán con sus prejuicios. Los católicos, por millones, siguen adorando la Sábana Santa –ignorando las pruebas del Carbono 14– y creyendo en las apariciones y los milagros. A ti tu parroquia te creerá si te sitúas en el plano de la fe.

Segundo, identificarás a tus demonios. Como estás en el plano de la fe, identificarás a los infieles malos que quieren derribarte no sólo a ti, sino a lo que tú representas: la virtud. Hay demonios muy reconocidos a lo largo de la historia: los judíos, los musulmanes o los cristianos, los extranjeros invasores (sobre todo los pobres), los masones, los comunistas, el vecino incómodo… Pero tú tendrás tu diablo moderno más cerca: los “globalistas”, los burócratas, la izquierda caviar, los ecologistas de salón. Cuanto más concretes, mejor. Aquí en España rinde muy bien Pedro Sánchez, origen de todos los males, culpable de que Hacienda o la Policía te miren los papeles. Recuerda, si esto es cuestión de fe, el diablo es el causante del mal y tú representas el bien. No cedas ni un milímetro en esto.  

En España rinde muy bien Pedro Sánchez, origen de todos los males, culpable de que Hacienda o la Policía te miren los papeles. Recuerda, si esto es cuestión de fe, el diablo es el causante del mal y tú representas el bien. No cedas ni un milímetro en esto

Tercero, hablarás de ti, pero para defender tu causa, que es mucho más que tú. Al perseguirte a ti nos persiguen a todos. Tú eres mártir de tu fe, víctima propiciatoria. Si te dejan caer a ti, se derrumba la causa que representas, la de los elegidos. O están contigo o están con el diablo. No hay medias tintas, porque hablamos de moralidad y tú eres la resistencia ante los inmorales.

Cuarto, necesitarás profetas y sacerdotes. Que obviarán los datos, las pruebas y las razones para justificar su fe en ti. Se dice que a partir de obispo nadie cree en Dios. Puede ser, pero lo crucial es que tus apóstoles –en los medios, en el partido, en las empresas y las organizaciones– te defiendan aunque sepan de tus tropelías. Lo harán por un bien superior para ellos: su puesto de trabajo, sus intereses personales, la amenaza de que alguien usurpe sus privilegios, o la simple aventura de enfrentar a un enemigo común, que es lo que más une a los seres humanos.

Quinto, vendrás de abajo, serás resultado de tu propio esfuerzo. Aunque hayas nacido en familia pudiente o lleves toda tu vida viviendo del Estado, narrarás tu historia de trabajo personal. Nadie te ha dado nada, y si alguien lo hizo, tú multiplicaste los talentos que se te entregaron. 

Sexto, serás valiente, actuarás con temeridad, sin pudor, como un látigo. No te acobardarán, serás lenguaraz, te enfrentarás a tus demonios de cara. A tu lengua afilada y sin filtro le acompañará tu optimismo vital: bailarás, reirás, lucirás quizá una melena desordenada, saldrás a la calle con los tuyos, llamarás a tomar las calles y las plazas en nombre de tu fe. Te fundirás con tu público con esa alegría que no es incompatible con la resistencia. Un día atacarás a tus enemigos con fiereza, el siguiente cantarás felizmente los himnos de tu gente.

Y séptimo, les seducirás como si fueran niños pequeños. La humanidad tiene más formación y más información que nunca, pero la inmensa mayoría no contrastará los datos, no recurrirá a fuentes alternativas. No tratarás de convencer a los fieles de otras religiones, porque tal cosa es muy improbable. Mantendrás a los tuyos y en todo caso seducirás a los hombres y mujeres de poca fe. Los que no leen ni consultan ni estudian. Porque esos también votan. Y su voto tiene exactamente el mismo valor que cualquier otro. 

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