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Carmelo Angulo, una vida de servicio público (In Memoriam)

“Me voy a marchar, Luisito, que me encuentro algo cansado”, me dijo hace apenas un mes, ya cerca de la medianoche, cuando conocimos el resultado de las elecciones en las que dos tercios de los socios lo elegimos presidente de la Sección Iberoamericana del Ateneo de Madrid. Le conocí hace solo tres años, cuando le invitamos a participar del proceso de renovación de la institución, pero a mí me parecen 30, porque compartimos muchos ratos y porque a Carmelo Angulo le adornaban las virtudes de los mejores embajadores: una educación exquisita, una empatía irresistible y una conversación infinita, que multiplicaban el valor del tiempo compartido.

Hasta hace muy pocos días, sus amigos no supimos –tampoco él– que las malditas células del cáncer se habían extendido a su privilegiado cerebro, de modo que su muerte a los 75 años, en la noche del miércoles, nos ha pillado a todos desprevenidos. Parecía estar bien y mantenía sus proyectos actualizados: el trabajo para la Fundación contra la ELA que había promovido su amigo Paco Luzón, su idea de una organización para la mediación internacional con base en Toledo, ciudad en la que vivió hasta hace solo unos meses, y las nuevas tareas en el Ateneo. Todo era altruista, porque el dinero a Carmelo le importaba muy poco y su generosidad para las causas sociales e internacionales era inmensa.

Hay algunas personas que reciben el don de una sonrisa perenne, y el embajador Angulo la tenía. La estatura y el porte de galán le hacían memorable, pero Carmelo era de costumbres frugales y ajenas a los oropeles artificiosos de la diplomacia

Diplomático de carrera desde los años 70, sirvió en Canadá, Túnez y Mauritania, como embajador en Bolivia, en Colombia, en Argentina y en México y fue presidente del comité español de UNICEF. Su compromiso y su trabajo incansable por los derechos humanos, por la paz internacional, por la protección de la infancia y por la justicia social no admitían ni una sola concesión. Antes que nadie, pidió un pacto de Estado por la infancia y señaló a las niñas y los niños como víctimas del desastre climático. Aunque mantenía siempre la moderación en las formas y la apuesta por la negociación al abordar conflictos, Carmelo no disimulaba su posición sobre los asuntos que le ocupaban.

Hay algunas personas que reciben el don de una sonrisa perenne, y el embajador Angulo la tenía. La estatura y el porte de galán le hacían memorable, pero Carmelo era de costumbres frugales y ajenas a los oropeles artificiosos de la diplomacia. Prefería pasear en bicicleta o caminando, hasta que las fuerzas se le fueron agotando.

Vamos a echar de menos a Carmelo, porque no es habitual conocer personas con su carisma y su compromiso social, ejercido con discreción y sin alharacas ni pretensiones. En sus últimos días, consciente de encontrarse al final de la vida, pudo despedirse de los suyos con serenidad. No le venció la tristeza a él, ni la habría querido para nosotros. El mejor homenaje que podemos hacerle es recordarle con alegría y brindar por la memoria de una vida plena de servicio público. A fin de cuentas, como dijo el general McArthur, “los viejos soldados nunca mueren; solo se desvanecen”.

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