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Desde la tramoya

En defensa de los 'spin doctors'

En las últimas semanas, mientras fracasaban los intentos de formar gobierno, muchos analistas y opinantes de diversa condición han encontrado al culpable del fiasco: los asesores de comunicación, los spin doctors, que se supone han impuesto estrategias dirigidas a seducir con un “relato” (la palabra ha ganado incluso más fama de la que ya tenía), en lugar de aplicarse en la política “de verdad”. Estos críticos contraponen la malévola estrategia política a una supuesta política genuina, dirigida por el interés común y no por el electoralismo.

Esos mismos críticos atribuyen a la perfidia o la falta de escrúpulos de un par de estrategas políticos, que habitan en las sombras, la repetición de las elecciones, por haber antepuesto el apoyo electoral a los intereses del país. Hay uno, Iván Redondo, que destaca entre todos ellos, porque es actualmente el director de gabinete del presidente en funciones, Pedro Sánchez, con rango de secretario de Estado. Esos críticos, ávidos por encontrar un sentido y un chivo expiatorio de lo que en realidad sucede por decisiones de muchos actores, desplazan la responsabilidad a una cabeza de turco a la que es fácil atacar porque, además, no puede defenderse.

Esos críticos están muy probablemente animados en sus apreciaciones por algunas afirmaciones de Unidas Podemos, que se ha quejado precisamente de la excesiva predominancia de la estrategia en los pasos dados por el PSOE. Como si Pablo Iglesias y los suyos no hubieran creado Podemos desde la mera estrategia y el marketing. Como si ellos no supieran de la importancia crucial de la comunicación y de la plasticidad del lenguaje en la competición democrática. Como si Podemos no fuera en buena medida el primer partido netamente diseñado por expertos en estrategia y comunicación políticas.

Pues bien, quizá se decepcionen los críticos, pero no existe ese supuesto gurú, estratega, spin doctor, o llámese como se llame, con capacidad, competencia o inteligencia tales, que sea ni el culpable de todos los errores, ni el héroe de todos los éxitos cuando se producen. Al personal le gusta pensar que tras la puerta hay individuos esquivos, que son quienes realmente manejan los hilos de los poderosos. Pero lo cierto es que las decisiones políticas son casi siempre tomadas tras un contraste en equipo. Cuando Sánchez tiene que decidir cómo proceder con Podemos, lo hace tras hablar con alguno de sus ministros, con algunos de los líderes de su partido, con algún asesor externo del que se fía y, por supuesto, también con su jefe de gabinete. Así suele ser siempre. Las ideas, las decisiones, no son de uno, sino casi siempre de varios, y son al final tomadas por el único al que cabe responsabilizar en último extremo, que es el líder; y que precisamente por eso lo es.

Los críticos, decía, distinguen la función de la comunicación política –a la que asocian con el marketing, con la propaganda, con la impostura, con la manipulación, con la pérfida estrategia y el maligno “cálculo” electoral– de la función de la simple y llana política. Pero esa es una distinción muy imprecisa, maniquea y falaz. La comunicación es intrínseca a la política. Toda la política conlleva una tarea de comunicación, aunque a veces se decida no comunicar nada.

Los “relatos” no son un sucedáneo de la política. No: la política es precisamente el ámbito en el que se contrastan los relatos alternativos sobre nuestra vida, nuestras esperanzas y nuestras frustraciones colectivas; sobre el origen, el presente y el destino de nuestra comunidad. La política no es solo el ámbito técnico en el que decidimos si ponemos cuatro semáforos o una rotonda, sino sobre todo el ámbito narrativo y performativo donde compiten visiones del mundo distintas. Por eso los comunicadores –los denostados spin doctors, los pérfidos propagandistas– son tan relevantes en la política, tanto o más que los técnicos de la administración del Estado, o los especialistas en la gestión pública. Porque son ellos quienes pueden ayudar a un líder a contar mejor su narrativa y ponerla en la escena.

Pero culpar al asesor de comunicación de los fracasos de un político o atribuirle todos sus éxitos al comunicador (o a la comunicadora,  que alguna hay) es tan absurdo como endosarle a un abogado toda la suerte de su cliente.

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