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El grupo de los agradecidos

Dice Zapatero –miércoles en el Ateneo de Madrid– que está formando un colectivo, de momento sólo de Whatsapp, que es el “Grupo de los Agradecidos”. Agradecidos porque tenemos una economía ordenada, segura y satisfactoria. Un país en paz, que después de dos siglos de insurrecciones, golpes de Estado, revueltas, inestabilidad, guerra, dictadura y terrorismo, lleva diez años sin la más mínima violencia política. Un país decente, tolerante, abierto y plural. Un país solidario, generoso y acogedor.

En el fragor de la batalla dialéctica diaria, de los insultos, de las escaramuzas retóricas vacías, de las acusaciones por menudencias y de las trompetas del apocalipsis, Zapatero, que presentaba su nuevo libro (con Marius Carol), Crónica de la España que dialoga, es un refugio placentero. No se exalta, no insulta, no agrede; si acaso frunce el ceño para censurar precisamente la actitud desabrida y extremista del Partido de Feijóo o para denunciar sin paliativos la vergüenza de los asesinatos en Gaza.

Reconoce generosamente la labor de Felipe González (“aunque su generación no reconozca la nuestra”) e incluso la de Aznar (suprimió la mili, se entendió con los nacionalistas), sin mencionar siquiera sus carencias o sus fracasos. O la del rey emérito, del que cuenta que hizo una labor impecable para que Rajoy aceptara el proceso de diálogo con ETA. Agradece a Rajoy que reconociera –y tiene la fecha grabada en la memoria– que aquello terminó sin coste político alguno.

El mayor elogio lo reserva Zapatero al presidente Sánchez, sin embargo: porque aguanta más insultos que los que se le dirigieron a él y porque está haciendo una tarea que se reconocerá. Nos emplaza a que “dentro de cinco años”, en ese mismo lugar, evaluemos el efecto de la Ley de Amnistía, de la que él solo augura consecuencias benéficas. Ana Pastor, que actúa como moderadora, señala las contradicciones del PSOE (primero no a la amnistía y luego sí) y Zapatero sonríe y le dice que claro, que eso es la democracia: adaptarse a las circunstancias, avanzar y buscar la distensión. Identifica a la política con la ciencia: qué mal nos iría si nos hubiéramos quedado en Newton.

Y se va del Ateneo como ha llegado, sonriente y optimista, agradecido a la vida, al país y a su partido, por el que muestra una inquebrantable lealtad

Zapatero cuenta que hasta muy entrado en años no había oído ni el catalán ni el galego ni el euskera, y que se alegra de que esas lenguas españolas, expresión de una España rica que no empieza ni termina en Castilla –y mucho menos en Madrid– se oigan en el Congreso, y que no se entiende España si no se asumen sus diversas identidades, su pluralidad, que es parte fundamental de su riqueza.

Vuelve a citar de memoria aquella frase cientos de veces repetida por él, en el testamento de su abuelo, el capitán Lozano, republicano fusilado en el 36: “Muero inocente y perdono, mi credo fue siempre un ansia infinita de paz, el amor al bien y mejoramiento social de los humildes.” Recuerdo cuando los revisionistas se dedicaron también a cuestionar la historia del capitán, como cuestionan el golpe del 36 o la represión franquista o la dictadura, o cuando en las calles le gritaban al presidente “¡Zapatero, vete con tu abuelo!”. Hace falta ser miserable. 

Y se va del Ateneo como ha llegado, sonriente y optimista, agradecido a la vida, al país y a su partido, por el que muestra una inquebrantable lealtad. Tras firmar abnegadamente el libro al respetable y dejar su firma en el ejemplar de la fascinante biblioteca, el presidente se marcha. “Sosoman”, el célebre alter ego de los guiñoles del Canal Plus, el bautizado con sorna como Bambi, el observador de las nubes, el del talante, el de la ceja, ZP… aquel presidente vilipendiado por “buenista” (que viene a ser lo mismo que “bueno”), se marcha sin decir una palabra más alta que otra, transmitiendo su visión del país que en realidad somos, a pesar del mucho ruido que hacemos.

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