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Desde la tramoya

Un hombre muerto y el helado de chocolate

Se atribuye a Stalin la siguiente frase (que en realidad es un resumen de un párrafo real más extenso y alambicado): “Un millón de hombres muertos son una estadística. Un hombre muerto es una tragedia”. Un solo caso dramático actúa como un imán de la atención del público. Las grandes cifras frías no logran, ni remotamente, ese efecto de las historias individuales.

Acción contra el Hambre te pide que pagues 40 euros para pagar la nutrición de un niño, e incluso te informa de su nombre, su edad y el lugar en el que vive. Si te pidiera 40 euros para luchar contra el hambre en el mundo, la cantidad te parecería una gota en el océano y la causa inabordable, demasiado compleja y abstracta.

Greenpeace sabe que las campañas que logran más adhesiones son las que tienen víctimas y verdugos concretos, conflictos reales y materiales, plazos definidos. No es la defensa de la biodiversidad (objetivo real en última instancia) sino la protección de las abejas frente a los laboratorios que hacen plaguicidas. No es “el medio ambiente”: es el BBVA que financia un proyecto petrolero que amenaza a los esquimales canadienses.

No es la lucha contra el “cambio climático”, sino la protección de esa imponente osa blanca y su cachorro, que se mueren porque se derrite el hielo que pisan.

En el fascinante biopic sobre Dick Cheney El vicio del poder (Vice, dirigida por Adam McKay, actualmente en pantalla), se muestra la crudeza de esa viejísima táctica de comunicación. En ausencia de un enemigo concreto contra el que vengar el ataque a las Torres Gemelas (al Qaeda y Bin Laden eran demasiado escurridizos), la Casa Blanca de Bush decide elegir a Sadam Hussein, que nada tenía que ver con el atentado. El negocio parecía entonces redondo, porque el control de Irak conllevaba de paso el control del inmenso negocio del petróleo local. Las acciones de Halliburton –la empresa petrolera que el propio Cheney había presidido– subieron un 500 por cien en esos años. En el momento en que se inicia la Guerra de Irak, el 70 por ciento de los estadounidenses pensaba que Sadam Hussein había estado en el origen de los ataques.

Pues bien, en las últimas semanas estamos viendo cómo la derecha utiliza sistemáticamente esa técnica para promover retrocesos en áreas tan importantes como la lucha contra la violencia de género. Escogiendo los poquísimos casos en los que una mujer ejerce la violencia física contra un hombre, o los poquísimos casos en los que las mujeres denuncian en falso, pretende cuestionar un principio fundamental que cuenta con el consenso mundial: existe un tipo de violencia específica muy extendida, que es la que se ejerce por los hombres sobre las mujeres. Hay casos en contrario, por supuesto, pero son ridículamente insignificantes al lado de la lacra mundial de la violencia machista.

La otra táctica que la derecha está aplicando para liquidar el consenso social y político en la lucha contra la violencia de género consiste en aplicar falazmente el concepto de “igualdad”. “Estamos a favor de la igualdad de hombres y mujeres” –afirman–. En consecuencia, “los hombres y las mujeres han de ser tratados de igual manera ante un tribunal”. Elevando el debate –paradójicamente, viniendo la táctica de donde viene– a un dilema sobre la igualdad, la derecha liquida un principio fundamental del Derecho que obliga siempre a proteger a la parte más débil en los litigios. Y destruye también un fundamento esencial de la convivencia en democracia: la lucha por la igualdad consiste precisamente en asumir y paliar las diferencias. Entre un hombre y una mujer existen diferencias (por la biología, pero sobre todo por la cultura y la tradición) que discriminan a las segundas y que la ley debe paliar o evitar.

Reenmarcando el debate con habilidad, utilizando incluso un fundamento moral más habitual en el adversario de la izquierda –la igualdad–, la derecha confunde a conciencia al público más vulnerable. Algo parecido a lo que hace el lobista de las tabaqueras con su hijo de unos doce años, tomando un perrito caliente en un parque de atracciones, en la película Gracias por fumar (Thank you for smoking, Jason Reitman, 2006). Este es el diálogo y esta es la trampa retórica:

 

  • Y… ¿qué pasa cuando te equivocas? – pregunta el niño a su padre mientras se sientan en la mesa de madera.
  • Joey, yo nunca me equivoco – contesta con seguridad el padre.  
  • No puedes tener razón siempre…
  • Si tu trabajo es tener razón no puedes equivocarte – sentencia el padre mientras empieza a comer.  
  • Pero… ¿y si te equivocas?

El adulto decide ilustrar al niño con un buen ejemplo:

 

  • Vale – dice– digamos que tú defiendes el chocolate y yo la vainilla. Si te dijera que la vainilla es el mejor sabor de helado, ¿qué dirías?
  • No, es el chocolate.
  • ¡Exacto! –concede el lobista–. Pero así no puedes ganar. Así que si te pregunto: ¿crees que el chocolate es el no va más de los helados?

El niño contesta con curiosidad por el desenlace de la conversación:

 

  • Para mí es el mejor helado. Yo no pediría otro.
  • Lo es todo para ti, ¿no?
  • Sí, es lo único que necesito.

Es entonces cuando el padre hace el salto argumentativo falaz:

 

  • Yo necesito más que chocolate y en realidad necesito más que vainilla. Yo creo que necesitamos libertad para elegir nuestra clase de helado. Y esa es la definición de libertad.

Joey pone cara de extrañeza y nota la trampa:

 

  • Pero no es de eso de lo que estamos hablando…
  • Aaaahhhh! Pero es de lo que YO estoy hablando.
  • Pero… no has demostrado que el de vainilla sea el mejor… – ataca el jovencito, como si hubiera descubierto el truco.
  • No hace falta. He demostrado que te equivocas y, si es así, yo tengo razón.

El chaval aún no se da por satisfecho y contesta a su padre:

 

  • Pero… aún no me has convencido…

El habilidoso y locuaz padre lobista cierra la conversación, señalando a los individuos que pasean despreocupados por la feria, a su alrededor:

 

  • Porque no voy a por ti. Voy a por ellos.
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