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El juego de las sillas musicales

Son bonitos e inspiradores esos movimientos políticos que nacen en los cafés, en las aulas de las universidades o en un local vecinal. Así nacieron todos ellos: alguno, por ejemplo, en Casa Labra, hace más de un siglo, otro en los “martillos” de la Facultad de Políticas de la Complutense, hace una década, y otros más pijos en los restaurantes de Jorge Juan de Madrid. Qué emocionantes y bienintencionados son esos comienzos en los que unos cuantos colegas se conjuran para tomar el poder.

Pero luego hay que poner nombres concretos en unas listas ordenadas por orden de importancia. Y ahí ya no hay piedad. Como en el juego de las sillas, si te faltan reflejos y atención, te quedas sin lugar. Por eso andan tantos partidos a la gresca en estos meses previos a las elecciones locales y autonómicas de mayo del año que ya llega.

La hostilidad de Pablo Iglesias con Yolanda Díaz está resultando particularmente notable. Él tiene la organización o, más bien, lo que queda de ella. Aunque no es ya siquiera su secretario general, no puede dejar de hacerse notar. Y sigue sin duda teniendo un enorme ascendiente sobre Unidas Podemos, que cuenta con presupuesto, con sedes, con cargos electos, con espacio y tiempo en los medios públicos para exhibir su publicidad… Pero ella, Díaz, tiene el liderazgo personal que va generando con ahínco y con afán, ante el que Ione Belarra o Irene Montero quedan empequeñecidas. Cómo podrán ponerse de acuerdo ambos, si lo lograrán, es un misterio. De momento ella va tejiendo alianzas con el Partido Comunista, que pasa por debajo del radar de la mayoría, pero sigue manteniendo sus estructuras en todo el país, y con todos esos grupos y partidos desencantados con el proyecto fallido de Podemos (las mareas, las confluencias, los Más País, los Compromís, los verdes…).

Díaz esperará a las elecciones generales, pero lo que puedan hacer todas esas marcas en mayo tendrá mucha importancia, si, como se prevé, muchas no concurren con Unidas Podemos. El desastre de la división podría resultar en muchos territorios como lo fue en Andalucía. No hay sitio razonable en España para tres partidos en la izquierda que sean capaces de conformar una mayoría, de pactar y de mantener un gobierno estable. Los tripartitos, tetrapartitos o pentapartitos suelen derivar en un desastre cuatro años después, si es que llegan vivos a la siguiente convocatoria. Más les valdría entenderse a Unidas Podemos y a Yolanda Díaz para concurrir juntos, o el fracaso será letal. Aumentará la abstención en la izquierda, se fragmentará tanto el voto que en muchos casos se desperdiciará al pasar por la fórmula D'Hondt, y el PSOE no tendrá con quién pactar ayuntamientos o gobiernos regionales.

No hay sitio razonable en España para tres partidos en la izquierda que sean capaces de conformar una mayoría, de pactar y de mantener un gobierno estable

Claro que la derecha tampoco lo tiene tan fácil. En Vox la espantada de Macarena Olona ha abierto una vía de agua peligrosa, aunque cuesta imaginar que ella sola sea capaz de organizar algo serio capaz de hacer daño a la maquinaria del partido de la ultraderecha. De momento no ha logrado ni un aliado relevante. En lo que respecta al PP, la solidez del proyecto de Feijóo parece cada día más impostada e irreal. No solo a cuenta del frustrado pacto con el Gobierno para la renovación del Consejo General del Poder Judicial sino en cada cosa que sucede, resulta ya evidente que Isabel Díaz Ayuso está marcando su propio terreno con el apoyo del siempre vigilante Federico Jiménez Losantos, el diario El Mundo y un sinnúmero de otros satélites. Si persiste el proceso de desinflado del llamado efecto Feijóo, volverán a alzarse los sables dentro del PP, en esa eterna pelea entre sus halcones y sus palomas.

A la vista de estas batallas que se producen en buena parte de los partidos políticos españoles cuando se trata de asignar puestos en las listas, uno observa con admiración el jesuítico modelo del siempre estable Partido Nacionalista Vasco, que evita las acumulaciones de cargos en una sola persona, que promueve la bicefalia o incluso la tricefalia, que prohíbe las discrepancias en público y que resuelve sus asuntos en reuniones pequeñas y a puerta cerrada, con un resultado colegiado, aceptado sin votos particulares. El procedimiento es menos participativo, menos asambleario y menos democrático que el de otras organizaciones políticas, pero funciona con eficacia envidiable. ¿Quién dijo que más democracia significa siempre más eficacia?

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