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Desde la tramoya

Liderazgo en momentos de crisis

No sabemos cómo impactarán los acontecimientos en los indicadores políticos y electorales. Pero la historia demuestra con contundencia que las crisis son oportunidades extraordinarias para los presidentes. Como dijo Hillary Clinton en una ocasión, “no dejes pasar la oportunidad de una buena crisis”.

Lo habitual es que de manera inmediata se produzca un efecto de cierre de filas (en la jerga de la comunicación política lo llamamos “efecto de rally”), que genera un incremento de la simpatía hacia el líder del país y, en consecuencia, una subida en el nivel de aprobación y en la intención de voto. Sucede así siempre que una sociedad percibe una amenaza externa, ya sea un ataque terrorista, un conflicto bélico, un accidente grave, un desastre natural o un microscópico virus que se extiende a toda velocidad. El índice de aprobación de Bush subió 35 puntos tras el ataque a las Torres Gemelas. El del chileno Sebastián Piñera subió 15 cuando 33 mineros quedaron atrapados en el desierto de Atacama. La muerte de Néstor Kirchner dio 21 puntos a su viuda, la presidenta Cristina Fernández. Incluso Aznar se vio inicialmente favorecido en los índices de electorales el mismo día en que Madrid sufrió el ataque terrorista del 11 de marzo de 2004.

Para no tener que recurrir a la historia ni a crisis producidas por otros factores, podemos observar lo que le ha sucedido en Italia a su primer ministro Giuseppe Conte, que esta misma semana ha visto como subía su nivel de confianza dos puntos. Un efecto que podría seguir beneficiándole en los próximos días.

El cierre de filas se produce si se sigue el manual. Aznar y Bush hijo saben muy bien cuáles son las consecuencias de gestionar penosamente una crisis. El primero cuando se empecinó en engañar al país sobre la autoría del atentado. El segundo cuando ignoró la magnitud del desastre producido por el huracán Katrina.

La liturgia de la comunicación de crisis exige tres condiciones: reconocimiento, unidad y patriotismo. Es imprescindible, en primer lugar, acertar en el diagnóstico para hacerlo coincidir con el estado de ánimo de la población. El reconocimiento explícito y verbalizado de la dimensión del problema que se afronta es crucial. En los exorcismos nombrar al demonio es imprescindible para que abandone el cuerpo del poseído. Es evidente que el ritmo de los acontecimientos ha cambiado desde el lunes. Hasta entonces, podían bastar las ruedas de prensa diarias de Fernando Simón. Pero en el momento en el que las ciudades se paralizan y el pánico se apodera del país, la comunicación ya no puede contenerse solo en el nivel científico. España no tiene ya un problema de salud, sino un desafío colectivo y, por tanto, también político.

El liderazgo en situaciones de crisis ha de ser, en segundo lugar, unificador. Las batallas partidarias deben aplazarse. La oferta de Inés Arrimadas para apoyar con los votos de Ciudadanos la aprobación del Presupuesto es el gesto más inteligente que su partido ha hecho en los últimos meses. Si es cierto que hubo discrepancias en cuanto a las medidas que tomó la Comunidad de Madrid, el Gobierno central hizo muy bien en no sacarlas a la luz. Nada crispa más a una comunidad que asistir a los enfrentamientos de sus autoridades cuando la gravedad del momento exige unidad.

La liturgia se completa, en tercer lugar, con una apelación al patriotismo. Da igual quién sea el enemigo y cuál la comunidad afectada. El relato ante cualquier amenaza siempre es el mismo: “Somos un gran pueblo y nuestro enemigo no podrá con nosotros”. Es fascinante observar con qué fuerza un colectivo humano –como si fuera una bandada de pájaros o un banco de peces– tiende a unirse en una causa común cuando el enemigo acecha.

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