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Desde la tramoya

Pablo arrogante

Lo recuerdo perfectamente porque, además, me pilló en directo en 13Tv, el canal de la Conferencia Episcopal, rodeado de analistas de derechas. Finales de enero de 2016. Pablo Iglesias comparece ante los medios, rodeado de sus directivos del partido (hoy alejados de él: Errejón, Bescansa, el ex-JEMAD Rodríguez...) para anunciar que tras reunirse con el rey, ofrece a Pedro Sánchez su apoyo a cambio de la vicepresidencia y varias carteras, entre las que se encuentran las que controlan, por ejemplo, los servicios de Interior o la televisión pública. Dice entonces, por increíble que parezca ahora, que quiere que esas negociaciones sean públicas, para contrastar posiciones.

Escribo a Pedro Sánchez, con quien entonces colaboraba de cerca, para que me dé línea. No responde. El mismo está con el rey en ese momento, y es el propio Felipe VI quien le cuenta las intenciones de Iglesias.

Ese es Pablo Iglesias: un arrogante sin remedio. Al cabo del tiempo, él mismo reconoció el error de aquella puesta en escena, que en realidad era un desplante que Pedro Sánchez no podía aceptar bajo ningún concepto.

Yo me la jugué y afirmé, en ausencia de respuesta de Sánchez, que si el líder de los socialistas aceptaba esa propuesta, yo no volvería al programa. Mis contertulios afirmaban que un gobierno “del Frente Popular” era ya prácticamente seguro. No es frecuente que acierte en mis pronósticos, pero en aquel caso sí lo hice.

Desde entonces, Pedro Sánchez ha crecido. Y Pablo Iglesias sigue empequeñeciéndose. El primero tuvo que perder dos votaciones de investidura, y ayer mismo perdió la cuarta. Buscó el apoyo de un Ciudadanos que nada tiene que ver con el de ahora. Llegó a firmar un programa de Gobierno moderado y social-liberal, que se encontró con el veto de Podemos. Prefirió mantener su coherencia con aquel “no es no” antes de permitir la investidura de Rajoy. Perdió el empleo: literalmente. Muchos no lo entendimos, pero tuvimos que reconocer su tenacidad, su fuerza y su constancia.

Volvió y venció. Con la legitimidad de unas primarias verdaderas –a cara de perro contra Susana Díaz– y no de cartón piedra como las de Podemos, y luego con la validación de ser el ganador indiscutible de unas elecciones generales, Sánchez ha crecido y se ha convertido en un presidente socialdemócrata de líneas nítidas y discurso claro. Mantiene una política económica realista pero progresista. En lo social propone medidas muy del gusto de la mayoría social española. Y en lo institucional lidia con arte las embestidas de los independentistas catalanes y de los nostálgicos del franquismo. De Pedro Sánchez no podrá decirse que no crece ante las dificultades.

Y de Pablo Iglesias solo puede decirse que ante los desafíos, se vuelve pueril. En solo cinco años ha perdido buena parte de su electorado y a casi todos sus amigos. A sus militantes los tiene confusos y desanimados. La ola de ilusión que procedía del 15M –que, por cierto, él ni lideró ni promovió–, la debilidad de un PSOE en la peor de sus crisis, la indignación de la ciudadanía con los efectos brutales de la gran recesión, y el arte de una retórica tan eficaz como vacua, elevaron a Iglesias al podio de los mejores. Pero hoy el líder de Podemos es una sombra de lo que prometía ser. Se han visto los precarios andamios de su liderazgo. Es egocéntrico hasta el punto de pedir la vicepresidencia para sí y negociarla luego para su pareja. No puedo evitar pensar en la noche del miércoles al jueves en la casa de Galapagar: los dos discutiendo la conveniencia de aceptar o no las ofertas del presidente en funciones. “Yo no puedo ser, Irene, pero tú sí”. Tan prosaico, tan cutre.

Sánchez ha hecho lo que tenía que hacer y lo ha hecho bien. Quizá en septiembre haya otra oportunidad. Si alguien introduce un poco de sentido común en la dirección de Podemos. O en noviembre si no. Quizá incluso le arrebate el Gobierno la derecha. Es posible. Pero el electorado premiará en cualquier caso su tenacidad y su coherencia. Y castigará de Iglesias tanto ego y tanta arrogancia.

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