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Travesuras en el Congreso

Hay una prueba irrefutable de que el desplante estaba preparado como si se tratara de una travesura escolar: al terminar la intervención de Francina Armengol, presidenta del Congreso de los Diputados, en la solemne apertura de la Legislatura, antes de dar paso al discurso del Rey, Feijóo y una decena de diputados se quedaron quietos con los brazos cruzados, que es una pose muy poco frecuente en un auditorio. Nadie en el Grupo Popular (ni en Vox, que también negó el aplauso), hizo el más mínimo ademán de entender si había o no que aplaudir.

Por eso resulta inverosímil la justificación de Feijóo cuando se le preguntó por qué los populares no habían aplaudido y contestó que el motivo era el supuesto sectarismo del discurso de la presidenta (“el peor discurso de un presidente del Congreso que he escuchado”, dijo, además). Lo cierto es que la gamberrada estaba preparada antes de que las diputadas y los diputados escucharan a Armengol, dijera lo que dijera.

Lo habitual en el Congreso es que cada grupo solo se aplauda a sí mismo, por intervenciones o decisiones propias. Pero hay momentos excepcionales, como estas sesiones pomposas (el desfile militar, el baldaquino de gala, la puerta de los leones… ) con las que se da inicio formal a la Legislatura. Y lo normal es que a la tercera autoridad del Estado, que es además la persona que simboliza el valor supremo de la soberanía popular representada en las Cortes, se la aplauda. Hasta los nacionalistas vascos y catalanes, tan poco pródigos, ovacionan al presidente en estas ocasiones. En las aperturas habidas hasta la fecha no se recuerda ninguna en la que los dos grupos más numerosos de la Cámara, el socialista y el popular, no aplaudieran el discurso del presidente o presidenta. Hasta en abril de 2004, cuando Zapatero llegó al Gobierno tras el atentado del 11 de marzo, con un PP noqueado por la derrota electoral, Rajoy y los suyos aplaudieron al presidente Manuel Marín. Con mayor o menor fervor, ese discurso institucional se ha reconocido siempre por su significado institucional... 

Al Rey se le ve en las últimas semanas un semblante excesivamente serio y circunspecto, como si no le gustara nada lo que está pasando. Eso no es bueno ni para el país ni para la Monarquía

… Hasta que el pasado miércoles Feijóo rompió la tradición, en un gesto que es síntoma evidente del tono que el líder del PP quiere dar a su oposición: duro, frentista, impermeable. Nada nuevo en realidad, porque el PP siempre ha actuado con extrema severidad contra los gobiernos socialistas. A Felipe se le castigó sin piedad en la última parte de su mandato, con ensañamiento en el trienio 93-96. A Zapatero, como a Sánchez, se le consideró ilegítimo y se le vapuleó también sin miramientos utilizando con prioridad el argumento de la unidad de España supuestamente en riesgo.

Viendo cómo el PP negaba el aplauso a Armengol, el PSOE extendió el suyo durante más de un minuto. La descortesía de los conservadores puso en un aprieto al Rey, que como es natural aplaudió aunque no tanto como los socialistas. Al Rey se le ve en las últimas semanas un semblante excesivamente serio y circunspecto, como si no le gustara nada lo que está pasando. Eso no es bueno ni para el país ni para la Monarquía, porque como sabe muy bien Juan Carlos, hasta la fecha, por su importancia y su tradición, es un partido de origen y esencia republicanos, el PSOE, quien más relevancia tiene en el mantenimiento de la Corona.

Está por ver si la agresiva estrategia de desgaste definida por Feijóo funciona o no para sus intereses electorales. Lo que parece ya irremediable es que tengamos por delante meses de travesuras, broncas y excesos verbales. Al menos no nos aburriremos.

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