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Desde la tramoya

El 'walkie' y el 'selfie'

La política es por definición la construcción de un espectáculo. Exige una representación constante. Se quiere ver al gobernante y proyectar en él, o en ella, las aspiraciones del pueblo. La representación puede acentuarse mucho, en función del contexto social y cultural y la personalidad del líder. La llevaron a expresiones máximas los emperadores europeos o los jerarcas nazis, por poner dos ejemplos. Y la suavizan hasta niveles casi imperceptibles los presidentes democráticos contemporáneos, como cuando se hacen una fotografía haciendo la compra o conduciendo una bicicleta. Pero detrás de esas imágenes hay siempre una manufactura. El líder, o la líder, decide cuándo y cómo se deja fotografiar. Quién entra en su círculo y quién queda fuera. Dónde y desde qué ángulo está autorizada la imagen.

El día que la Casa Real distribuyó las imágenes de la vida cotidiana de los reyes y sus hijas, en el 50 aniversario de Felipe VI, se entregaba un producto minuciosamente realizado. Se escogieron las tomas, se filtraron las malas y se seleccionaron las buenas. El rey no suele llevar a sus hijas al colegio con su esposa en el coche (casi ninguna pareja lo hace, por cierto, menos aún ésta) y tampoco conduce su propio coche con una cámara a la altura del retrovisor tomando imágenes del viaje.

Dejándonos acceder por un rato a los espacios de su “vida cotidiana”, los poderosos tratan de mostrar su lado más carnal y más humano. No hay nada de particular ni de nuevo en ello. El rey Luis XIV, ejemplo máximo de la representación política, permitía a unos cuantos privilegiados que le vieran lavarse, vestirse y almorzar. La excepción de la visita a su vida privada es la confirmación de la regla de su distancia real y simbólica respecto del súbdito. El hecho de que alguna vez podamos verlos como mortales, confirma de algún modo su pretendida inmortalidad.

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Hay ocasiones en que ese ejercicio de representación desciende a niveles cómicos. Y el Gobierno ha ofrecido estos últimos días dos buenos momentos. El director general de Tráfico, que durante la nevada navideña fue criticado por trabajar desde su casa de Sevilla, quiso mostrarse esta semana ante las cámaras de televisión dirigiendo el operativo de un nuevo temporal con un walkie talkie en la mano. Casi al mismo tiempo, Rajoy permitía que alguien le sacara una metafotografía. Una foto de una foto. Una imagen de él haciéndose un selfie con su iPhone, justo delante del edificio del Consejo de Ministros en Moncloa, con los jardines cubiertos por la nieve.  No sabemos cuál fue el resultado de su selfie, porque no lo hemos visto. Ni sabemos a quién se lo envió. Rajoy quiso sólo mostrarnos que es un hombre sensible que deja el trabajo unos minutos, como cualquier otro, para disfrutar de la nieve. Tampoco sabemos con quién hablaba Gregorio Serrano por su walkie ni qué se decían, porque él sólo quería demostrarnos que es un currante a pie de obra.

Cómo es natural, en el mismo instante en que el director y el presidente distribuían sus imágenes prefabricadas, el personal comenzaba a hacer bromas sobre ellas. Eso sí es nuevo: la inmediatez con la que los ciudadanos recrean las imágenes y las distribuyen es un fenómeno que sólo tiene una década, y que permite tanto la distribución de noticias falsas e imágenes trucadas, como el cuestionamiento o la chanza inmediata sobre las que sí son verdaderas.

Yo no tengo ninguna duda sobre la veracidad de las circunstancias de ambos. Lo digo sin ninguna ironía. Estoy seguro de que al presidente del Gobierno le gustó la nieve madrileña y que Serrano estaba realmente dirigiendo el operativo durante el temporal. Pero sucede que el Gobierno español ha perdido tanta credibilidad que sus imágenes resultan inverosímiles, aun siendo veraces. Y que la sensación de inoperancia en asuntos graves impide que creamos que realmente trabaja en los que no lo son tanto. Aunque lo haga. Hay un momento en el que el público ya no se cree nada. Incluso aunque le presentes contundentes pruebas en contrario. El Gobierno sufre ese síndrome letal en estos momentos: por muy veraces que sean sus gestos, nos resultan sencillamente increíbles.

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