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Que nadie respire aliviado

Los resultados de la primera vuelta de las presidenciales francesas siguen la senda dibujada en buena parte de los países europeos desde hace una década: desafección creciente, pero no al sistema en sí, sino a esta forma concreta del sistema, o lo que es lo mismo, a quienes lo representan.

A la hora de escribir estas líneas, y salvo sorpresas de último momento, los datos arrojan una subida de cuatro puntos más para Macron y de dos para Marine Le Pen. Pese a los nervios y filtraciones de última hora, Macron no sólo ha mantenido la primera posición, sino que ha incrementado la distancia con la representante de la extrema derecha, ahora dulcificada ante la opinión pública por la aparición por su derecha de Zemmour.

A falta de mayor información que nos permita profundizar en el conocimiento de resultados por los distintos municipios y regiones, tres elementos destacan desde mi punto de vista:

1º.- La abstención crece, pero no tanto. Se pronosticaba una abstención récord y no ha sido así. El 25% aproximado representa la segunda mayor desde 1965, pero no supera a la de 2002, que llegó a alcanzar el 28.4%. La clave está en analizar cómo se ha distribuido por el territorio pero las primeras informaciones apuntan a que París ha sido una de las plazas con participación más baja. De confirmarse, quizá habría que pensar que las grandes ciudades están decepcionadas y el resto del país cabreado. La sombra de los chalecos amarillos sigue proyectándose sobre el país galo, y probablemente sobre el resto de Europa.

2º.- La extrema derecha avanza. Si en 2017 Le Pen consiguió el 21,3% de los votos, en esta ocasión entre ella y Zemmour superan el 30%. El cordón sanitario consigue en buena parte de las instituciones —no en todas, como en el Ayuntamiento de Perpignan— que la extrema derecha no gobierne, pero no es buena herramienta para parar su popularidad ni el ascenso en votos. El diagnóstico está de sobra hecho: globalización, desigualdad, desconfianza en la política... Nada que no hayamos analizado ya.

3º.- Los partidos tradicionales se desvanecen. La V República ha pivotado sobre el Partido Socialista y el Republicano. En 2012 la suma de ambos era del 55%, en 2018 del 26% y en esta ocasión se ha quedado en un 7%, con la tragedia del PS, que apenas alcanza el 2%. El sistema se está reconfigurando, pero entre las tres primeras posiciones –Macron, Le Pen y Mélenchon—, suponen un 73% del voto. Los otros nueve partidos quedan muy lejos todos ellos.

En los próximos días el debate girará sobre quiénes votan a quién. A diferencia de lo ocurrido en 2017, Mélenchon ya ha declarado que ningún voto debe ir a la señora Le Pen, y el resto de la izquierda no ha tenido dudas en seguir la misma senda. En la derecha, sin embargo, Pécresse ha pedido el voto para Macron, pero su compañero Ciotti ha señalado en dirección contraria, y por supuesto Zemmour se ha aliado con Le Pen.

En los próximos días el debate girará sobre quiénes votan a quién. A diferencia de lo ocurrido en 2017, Mélenchon ya ha declarado que ningún voto debe ir a la señora Le Pen, y el resto de la izquierda no ha tenido dudas en seguir la misma senda

Si no hay sorpresas en estas dos semanas, Macron volverá a ganar, aunque el margen con la ultraderecha se estrecha cada vez más. Sería un error volver a respirar y celebrar que Le Pen sigue sin llegar al poder mientras se observa cómo avanza con paso firme. ¿Hacia dónde? Es pronto para saberlo porque su perfil no es clasificable en las categorías habituales, pero se inscribe claramente en el campo de una ultraderecha que cuestiona abiertamente la existencia de sociedades plurales y valores de convivencia democráticos. Siento ser portadora de malas noticias, pero pese al resultado, no es momento para respirar aliviados.

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