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En Transición

La transición la ganará quien controle la agenda. Una vez más

Cada día que escribo estas líneas estoy más convencida del acierto que supuso elegir, entre los directores de infoLibre y yo misma, el título En transición. Pocos conceptos resumen mejor lo que el mundo está viviendo en estos momentos. Cada cual con sus peculiaridades, pero compartiendo la incertidumbre que nos da el no saber exactamente a dónde vamos. Ni siquiera tener palabras todavía para pensar a dónde nos dirigimos. En Las nuevas caras de la derecha (siglo XXI), Enzo Traverso lo explica así: "Vivimos una época de transición: el siglo XX ha terminado; tuvimos una muestra del nuevo con el 11 de septiembre, varias guerras devastaron el mundo árabe, una crisis financiera global, los atentados en Europa. Todo eso no hace sino acentuar nuestra inquietud. Frente a nuevos escenarios desconocidos, sólo disponemos de un vocabulario antiguo, herencia del siglo terminado. Sus palabras están desgastadas, pero aún no hemos forjado otras. Nos arreglamos con ellas. Todo el debate en torno al fascismo se inscribe en esta situación transitoria"

Traverso opta por el concepto de posfascismo para nombrar a esas nuevas derechas extremas que cabalgan por Europaposfascismo. Lo hace con la idea de destacar que, aun saliendo de la misma matriz que el fascismo, se han separado del primero. Entre sus diferencias, destaca la de intentar cambiar el sistema desde dentro, mientras que el fascismo clásico quería dinamitarlo para construir uno nuevo. Efectivamente, Hitler y Mussolini tenían como objetivo destruir el estado de derecho y la democracia –aunque se valieran de ambos para llegar al poder-. Sin embargo, en la actualidad, la derecha posfascista aspira a llevar a cabo su programa desde el seno de la propia democracia liberal, rompiendo buena parte de los consensos alcanzados y el pacto social en su conjunto. En el caso español, además, con un claro aroma nostálgico y reaccionario anclado en el recuerdo de una sociedad y un país que ya no existen y que, en realidad, nunca existieron salvo en los sucesivos imaginarios conservadores.

Como se ha repetido tantas veces, el problema de estos partidos ya no son tanto ellos mismos como su capacidad de contaminar al resto de las opciones de la derecha. El funcionamiento ya está estudiado en otros países y tiene características similares: introducir en la agenda pública, para cuestionarlos, temas que hasta el momento habían conseguido un notable consenso social. De esta forma confirman su pretendida posición de outsiders del sistema y se perfilan como algo diferente, una alternativa. El cambio climático y las reivindicaciones feministas suelen ser sus favoritos, como ha demostrado Trump.

Respecto a España, poco más hay que añadir que no se haya dicho ya. En realidad, la propuesta de Vox respecto a la Ley de Violencia de Género andaluza, junto a su planteamiento de reforma electoral dando voto ponderado según el número de hijos, es coherente con todo su programa: retornar España a ese paradigma franquista de mujeres recluidas en el hogar cuidando de sus maridos e hijos. No cabe otra interpretación. Nos podrá escandalizar más o menos, pero si alguien pensaba que iban a ser convidados de piedra en el ceremonial institucional estaba muy equivocado. Van a jugar sus cartas, como cualquier formación e incluso con más descaro y audacia, intentando condicionar la agenda de la manera que más convenga a sus intereses electorales.

En su programa se dice negro sobre blanco: "Creación de un Ministerio de Familia. Promulgación de una ley orgánica de protección de la familia natural que la reconozca como institución anterior al Estado". La institución a proteger –porque según ellos está en peligro– es, por tanto la "familia natural", y en coherencia con lo anterior reclaman la "derogación de la ley de violencia de género y de toda norma que discrimine a un sexo de otro. En su lugar, promulgar una ley de violencia intrafamiliar que proteja por igual a ancianos, hombres, mujeres y niños. Supresión de organismos feministas radicales subvencionados, persecución efectiva de denuncias falsas. Protección del menor en los procesos de divorcio". Sorpresa, por tanto, ninguna.

La buena noticia es que, o todos los indicadores se equivocan, o esa España a la que Vox apela no existe. Puede que sí se den algunos de los problemas a que hacen referencia, pero carecen de cualquier solución viable para los mismos, como puede verse en sus propuestas, en su programa, o en un sencillo vistazo a su web.

Convertir la ruptura en oportunidad movilizando a la izquierda

Podemos ver esta ofensiva, que en España cabe denominar posfranquista o neofranquista –que cada cual elija, en función de lo que crea que Vox se distancia del franquismo clásico-, desde dos puntos de vista. El primero, el riesgo que supone que elementos constitutivos del consenso básico sobre el que se ha construido nuestra convivencia sean cuestionados. El segundo, como una oportunidad para reafirmar el suelo común sobre el que levantamos el edificio social. En ambos casos el resto de fuerzas políticas de la derecha jugarán un papel crucial y habrán de elegir entre situarse con el nuevo franquismo o con el resto de fuerzas demócratas. Y luego, por supuesto, explicárselo a sus colegas europeos, que ya han mostrado en varias ocasiones su estupor con los populares españoles, como en la votación sobre las sanciones a Orbán, en la que tres de sus miembros votaron a favor de la extrema derecha, frente a la consigna de la abstención.

Pero sobre todo no perdamos de vista la perspectiva. Los exabruptos de estos últimos días en forma de propuestas rompedoras no son sino otra línea de ataque en un contexto más amplio. Es imprescindible ampliar el foco y ver que el discurso y el movimiento feminista nunca habían crecido tanto como ahora, que la lucha contra el cambio climático sigue avanzando –aunque a trompicones, es cierto– pese a Trump, que ya surgen movimientos de protesta de gran impacto contra esas nuevas derechas, como está pasando en la Hungría de Orbán, y que los Chalecos amarillos siguen mostrando el límite de cuántas desigualdades puede soportar la democracia. Hasta es posible que los demócratas norteamericanos empiecen a entender el problema, por lo que vamos oyendo de los candidatos y candidatas a las primarias.

No lo olvidemos: estamos en transición en todo Occidente. En España, en concreto, con una derecha que está pasando cuentas de lo que cree que cedió de más en el 78. Cada ofensiva tendrá que tener su réplica, pero la estrategia, una vez más, consiste en dominar la agenda. Ojalá el nuevo plan económico que prepara el Gobierno se proyecte en el largo plazo y sea capaz de generar el debate y concitar los apoyos necesarios.

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