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España, con la pata quebrada

Voy a los cines Golem. En medio de la selva de los superhéroes y de los tecnodramas comerciales de la ciudad, busco aquí el documental de Diego Galán titulado Con la pata quebrada. Participo durante hora y media en una navegación a través de la Historia de España del siglo XX. No sé qué medios tendrán los españoles del futuro para comprender la educación sentimental de su país. El cine me ayuda ahora a entender de forma directa, casi envuelto en las situaciones, el modo en el que nuestra nación organizaba su vida cotidiana, los códigos que han definido la condición femenina y el papel que debían representar las mujeres.

Con la actual agonía del cine nacional, con la falta de apoyo y de inversiones, la nación española asume su falta de proyección. ¿Qué verán nuestros nietos cuando intenten conocernos? Hombres, mujeres o extraterrestres venidos de otros mundos. Si un experto en metáforas se decide mañana a analizar sus vuelos y sus abismos, quizá llegue al estado último de nuestra conciencia. Pero será cosa de ingeniería intelectual, de arqueología teórica. La gente no nos verá enamorarnos, discutir, decir disparates, hacer el ridículo, guardar ilusiones en nuestros ojos, crear relatos, quedarnos viejos. En fin, la historia cambia y se convierte en una borradura al servicio del olvido. Y el olvido en una forma drástica de falsificación.

Gracias a la sabiduría de Diego Galán, a través de la historia recordada del cine y de las mujeres, me acerco a la monarquía de Alfonso XIII, la II República, la guerra civil y la posguerra. Es bueno saber, saberse, aunque esta pretensión parezca también condenada al olvido. Me emociona la normalidad de España en el primer tercio del siglo XX, esa normalidad que culminó el 14 de abril de 1931, y me provoca desazón y tristeza la anormalidad posterior. Más que las imágenes duras de la guerra o la exaltación imperial del franquismo, me indigna la zafiedad con la que salimos de su largo túnel en 1975. Las películas del destape, las duchas, los desnudos horteras exigidos por el papel, la cara imbécil de los españoles salidos y descompuestos, son las mejores imágenes de esa herencia final de degradación que nos dejó la dictadura y que ilumina una parte –la peor- de la Transición. Nos alejábamos de un sistema represivo, pero devastados y sin poder crear una dignidad pública de respeto al bien común.

Por eso recuerdo el último libro del historiador Julián Casanova, España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica, 2013). Desde el mismo comienzo intenta aclarar una perspectiva: “En los primeros meses de 1936, la sociedad española estaba muy fragmentada, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados”.

Es importante destacar eso de “y como pasaba en el resto de los países europeos”. Porque España no fue una anomalía en los años 30. La amenaza de los totalitarismos, las dudas sobre la democracia liberal, la violencia de los conflictos sociales y las guerras caracterizaron a toda Europa. La anomalía empezó a raíz de la victoria del franquismo y su impunidad posterior. Los golpistas militares animaron mucho la versión sangrienta de España. Si somos un ruedo, una fiesta taurina, se justifica entrar a matar en un principio para después decir que era necesario imponer el orden y la paz. Esa versión franquista de la rara afición española por la sangre, fue heredada a su modo por los padres de la Transición para justificar las equidistancias, los pactos, las renuncias y la impunidad de los verdugos.

España no fue rara por imaginar una república y expulsar a un rey. La anomalía española empezó cuando unos militares dieron un golpe de Estado, pidieron ayuda a Hitler y Mussolini, provocaron una matanza, las democracias europeas cerraron los ojos y se impuso una victoria criminal durante casi 40 años. La anomalía continuó cuando la Transición firmó el olvido, falsificó la historia y aceptó convertir la democracia en una herencia del franquismo.

España no es un país raro por tener corruptos, sino porque los corruptos no dimiten, no conocen el pudor democrático y siguen ocupando un papel principal en el Gobierno. España no es un país raro por tener bancos avariciosos, sino por la impunidad y la prepotencia de unas instituciones financieras propias de una dictadura o una monarquía bananera. España no es un país raro por haber sufrido una dictadura, sino por falsificar la historia para equiparar a los golpistas con los defensores de la democracia y por desamparar a sus víctimas con una ley de punto final.

No es extraño que la Iglesia y el pensamiento reaccionario sigan aquí, en esta democracia de raíces secas, entorpeciendo cualquier política que intente facilitar la igualdad de género y las reivindicaciones feministas. Vivimos en una nación con la pata quebrada.

Muere el director y crítico de cine Diego Galán

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