El efímero destello de lo inefable se ha convertido en la prosa cotidiana de los diarios digitales y las encuestas del CIS. Y eso, precisamente, puede estar consumiendo también a Vox. El clima internacional en el Estrecho de Ormuz, la resistencia del Vaticano o el nuevo gobierno en Hungría han debilitado el fulgor del partido liderado por Abascal, que se sitúa en el 13,3% en la última encuesta del CIS y en el 17,7% según la reestimación elaborada por Opina360. El “no a la guerra” con el que Sánchez se ha convertido en el líder mundial de la izquierda (ya lo advertimos aquí hace un año), no ha logrado, en cambio, derribar los cimientos electorales del PP que, finalmente, logrará pactos estables de gobierno en las tres comunidades que pusieron a prueba su fuerza, su destreza y su resistencia durante los pasados caucus de la derecha y maneja números muy similares a los del PSOE. Ambos partidos avanzan en paralelo, explotando por igual el retroceso de Vox.
El triunfo de Peter Magyar en las elecciones húngaras es la expresión del frágil equilibrio en el que se encuentra el mundo, dividido por una delgada línea que separa al viejo orden del nuevo. Vox llega a las elecciones andaluzas, primera vuelta de las generales del 2027, al borde una pájara técnica cuyas consecuencias electorales todavía están por definir. Romper el bloqueo demasiado tarde en Extremadura, Aragón y Castilla y León puede provocar que Vox se quede sin oxígeno en las autonómicas del 17 de mayo y se vea incapaz de arrebatar a Moreno Bonilla su mayoría absoluta dentro de un mes. Abascal debió haberse abstenido durante la primera investidura de Guardiola para seguir creciendo. No lo hizo y hoy juega en clara desventaja frente al bipartidismo.
Los últimos sondeos registran una desaceleración demasiado acentuada de Vox. El partido de Abascal ha entrado en una pájara también política que lo sitúa en desventaja frente a Feijóo, Moreno Bonilla e Isabel Díaz Ayuso. Hace cuatro meses podíamos afirmar que el vector autoritario de la derecha española estaba situado en el 20% de los electores. Vox capturó al PP en Extremadura en diciembre y colonizó Aragón en febrero. Los terceros caucus de la derecha en Castilla y León expresaron, en cambio, el síntoma de un primer agotamiento que se acercó a la extenuación cuando Trump dejó de cotizar en Europa y estranguló el Estrecho de Ormuz. El CIS de abril verifica que Vox está por debajo del 15% y el último sondeo del Centro de Estudios Andaluces publicado la semana pasada contempla que, tras cuatro picos consecutivos en Andalucía, los de Abascal caen en marzo hasta el 15%, 2,5 puntos menos que en noviembre, un escenario que se traduciría entre 17 y 20 representantes que no impedirían que Juan Manuel Moreno Bonilla lograse su segunda mayoría absoluta. Pese a ello, estos resultados mejoran los que Vox obtuvo en 2022 (13,5%).
La acción Trump empieza a ser un lastre demasiado pesado en los bolsillos de Abascal, obstaculizando su despegue ante las próximas generales. Apunten este dato: si en febrero el saldo entre ambos partidos aportaba a Vox en torno a 1,3 millones de votos, en la actualidad se queda en 800.000. El binomio estabilidad-autoridad ha demostrado que funcionó en Hungría, donde el candidato nacionalista Peter Magyar logró vencer a Víctor Orbán después de que este gobernara en Budapest durante 16 años. En la esfera Vox son conscientes de ello. Espinosa de los Monteros avisaba desde el Ateneo del Madrid D.F.: "Cuando un líder se va deteriorando, se le puede desplazar". Una mayoría de húngaros ha expresado su deseo de querer continuar en la UE dentro de la normalidad institucional europea desplazando a Orbán ante el deterioro de Trump. Hungría envía señales al inquilino del palacio de San Telmo.
La ‘acción Trump’ empieza a ser un lastre demasiado pesado en los bolsillos de Abascal, obstaculizando su despegue ante las próximas generales
El bloqueo en las negociaciones del gobierno de Extremadura ha atendido a una cuestión de confianza pero, sobre todo, a una estrategia. El reemplazo (desde fuera) al PP tendrá que esperar. El anuncio del acuerdo de legislatura entre María Guardiola y Oscar Fernández puede inyectar en Vox energía suficiente como para interrumpir su pájara en las generales de 2027, pero deja al partido electoralmente tocado (el CIS certifica un menor trasvase de votos desde el PP y eleva a un 6,6% el cambio de sus votantes hacia Feijoo) y sin cuadros suficientes para poder gobernar. Abascal deberá buscar corsarios si quiere asumir la responsabilidad que, en términos electorales, le han entregado sus votantes. Pocas consejerías para tanto Vox como se decía.
El nudo gordiano de la negociación se ha concentrado en la confianza mutua entre dirigentes y esto ha servido para acelerar el acuerdo en Aragón y, posiblemente, en Castilla y León. En cualquier caso, PP y Vox se intentan canibalizar mutuamente y sus acuerdos regionales se pueden resquebrajar ante la más mínima intromisión de Feijóo. Si nada lo tuerce, afianzar el respeto mutuo entre sendos partidos significará activar tres gobiernos y dotar de nueva carta de naturaleza a las relaciones entre los dos partidos, dejando bien claro cual de los dos dirigentes interpreta el papel de hermano mayor. Conviene, pues, estar atentos al debate de investidura que comienza esta tarde en el parlamento de Extremadura y, sobre todo, a los presupuestos que vendrán inmediatamente después. Los de Abascal parecen estar sólo dispuestos a pactar las cuentas año a año, partido a partido, mientras Guardiola afirma haber llegado a un acuerdo donde se incluye la aprobación total. Ya han aparecido las primeras divergencias en la exégesis del pacto. El tiempo dirá si es un acuerdo perdurable o un nuevo abismo en el horizonte.
El combate entre las derechas sigue fluyendo bajo la superficie de los pactos. PP y Vox no se ponen de acuerdo a la hora de determinar en qué se concreta un programa con 61 medidas que sobrevuelan en torno a la guerra cognitiva: la regularización de inmigrantes frente a la prioridad nacional. El Madrid D.F. colonizado por el little Caracas frente al espíritu de Hernán Cortes, el autoritarismo caótico de Abascal frente la estabilidad racional de Moreno Bonilla.
El deterioro de Vox está siendo, además, una lección del principio de entropía. Un orden se derrumba para ser inmediatamente absorbido en su vacío por otro. Desde fuera, en la medida que Trump pierde influencia, y desde dentro, en la medida que la ofensiva de los propios desterrados de Vox continúan acelerando su cascada de dimisiones, esta vez en la región de Murcia, donde la diputada Virginia Martínez García, quien acudió con un burka a un pleno de la Asamblea para pedir su prohibición en lugares públicos, abandonó el pasado martes el grupo parlamentario regional. Martínez García ya forma parte del Grupo Mixto de la Asamblea, junto a su antiguo líder, José Ángel Antelo, que también fue expulsado por la dirección del partido. Esta nueva salida permitirá al Partido Popular y al presidente Fernando López Miras, con 21 diputados en el Pleno, aprobar cualquier medida con los dos votos de los ex integrantes de Vox para alcanzar la mayoría absoluta (23). Vox sufre algo más que una pájara. Está dejando de ser la llave en las votaciones. Comienza a tener los perfiles del efímero destello de lo inefable.
El efímero destello de lo inefable se ha convertido en la prosa cotidiana de los diarios digitales y las encuestas del CIS. Y eso, precisamente, puede estar consumiendo también a Vox. El clima internacional en el Estrecho de Ormuz, la resistencia del Vaticano o el nuevo gobierno en Hungría han debilitado el fulgor del partido liderado por Abascal, que se sitúa en el 13,3% en la última encuesta del CIS y en el 17,7% según la reestimación elaborada por Opina360. El “no a la guerra” con el que Sánchez se ha convertido en el líder mundial de la izquierda (ya lo advertimos aquí hace un año), no ha logrado, en cambio, derribar los cimientos electorales del PP que, finalmente, logrará pactos estables de gobierno en las tres comunidades que pusieron a prueba su fuerza, su destreza y su resistencia durante los pasados caucus de la derecha y maneja números muy similares a los del PSOE. Ambos partidos avanzan en paralelo, explotando por igual el retroceso de Vox.