'Adults in the room': cuestiones incómodas sobre el debate de las macrogranjas

Lo importante de una batalla es su resultado, aunque lo cierto es que hasta después de terminada una guerra no es habitual saber quién la ha ganado. Salvo abrumadoras diferencias entre los ejércitos, salvo al inicio o el final del conflicto bélico, cuando el factor sorpresa o el desgaste decantan dramáticamente el vencedor, las batallas en el lapso central de un guerra tienen resultados inciertos: un ejército puede arrebatar territorio pero el contrario puede conservar los puntos estratégicos; perder más tropas pero conseguir sus objetivos; ceder una plaza fuerte pero crear dificultades de abastecimiento a quien la ocupa… Es decir, que, dejando al margen los izados de bandera a lo Iwo Jima, no hay derrotas ni victorias abrumadoras, por lo que el análisis del choque se hace esencial para enfrentar el siguiente.

La izquierda haría bien en leer en profundidad la batalla sobre las macrogranjas y contra Garzón, aún en curso hasta que finalicen las elecciones de Castilla y León, uno de los desencadenantes principales, para no extraer conclusiones equivocadas, unas que trascienden el episodio y que podrían marcar el devenir estratégico de los próximos meses. El resto de la sociedad permanecer atenta: hay elementos que trascienden a un ministro, a un sector económico y a una cita electoral, ya que afectan a la propia calidad democrática.

Lo primero que convendría destacar es que esta batalla no se inicia con las declaraciones de Garzón a The Guardian, sino días después inducida por una gigantesca campaña de manipulación digital, con la connivencia en su amplificación de una parte del panorama mediático, de políticos como Mañueco, todo el arco derecho y algunos líderes regionales del PSOE. El problema no es que una revista empresarial publique las declaraciones de Garzón con un titular tendencioso: con ese tipo de maniobras convivimos desde hace décadas incluso en la prensa convencional. El problema es que ese artículo es la coartada que disparan cientos de miles de cuentas en las redes, desde bots a agitadores profesionales, para situar la manipulación como punto caliente de la actualidad.

Una vez que se crea el fenómeno digital, la excusa está servida para que una parte del contexto mediático se haga eco del mismo sin contrastar las declaraciones. También para que los líderes políticos de la derecha amplifiquen el suceso tergiversando aún más la entrevista a Garzón. El desencadenante no es lo que dijo el ministro: otros políticos, del PSOE y del PP, ya habían tomado medidas y hecho declaraciones sobre las macrogranjas, pero ninguna constituyó motivo de escándalo porque no se hizo una campaña de manipulación digital en su contra. Estas campañas cuestan dinero y requieren de coordinación. Hasta que nadie se enfrente al sabotaje del debate público mediante las redes y los servicios de mensajería instantánea, y por enfrentar hablamos de poder judicial y legislativo, nuestra democracia tiende hacia su corrupción mediante el fango.

El segundo aspecto a tener en cuenta, uno que todo el mundo parece haber olvidado, es que toda esta batalla se da en torno tan solo a unas declaraciones en una entrevista. No hablamos de una ley, de un decreto, de alguna medida tangible tomada por Garzón, sino de unas palabras, obviamente con la importancia que tienen pronunciadas por un ministro, pero una palabras sin aplicación real. El ministerio de Consumo podrá realizar alguna campaña informativa sobre el origen de la carne, fomentar que los consumidores apuesten por determinados productos y coordinarse con Agricultura para el etiquetado de los alimentos. Pero Garzón no tiene facultades para legislar sobre el tipo de producción ganadera que se da en España.

Unidas Podemos podrá, en el mejor de los casos, ganar la batalla del relato, que la opinión pública conozca los peligros de las macrogranjas y se conciencie al respecto, que vea a esta formación como puntera en la defensa del medio ambiente y la producción sostenible. La pregunta es: ¿va a plantear Consumo alguna iniciativa concreta al respecto aprovechando el debate que se ha abierto? Se puede agradecer a Garzón haber puesto el foco en un tema importante como la producción ganadera sostenible, teniendo en cuenta que esto no altera el problema de fondo. Teniendo en cuenta esta realidad, ¿la lucha que Garzón lleva manteniendo desde este verano en el asunto de la carne está coordinada dentro de UP, valorada respecto a los resultados reales que se pueden lograr?

Hay que elegir bien las batallas que se dan tomando la medida de tus fuerzas, del escenario y de los resultados que deseas obtener y esta, más que elegirse, Unidas Podemos se la ha encontrado de frente y en solitario. Ha hecho bien en defender al ministro, en apostar por la ganadería sostenible, también en denunciar la campaña de manipulación digital, pero los resultados no van a pasar de lo declarativo. Sin embargo, contrasta el ímpetu de la coalición en esta última semana con la defensa, una no especialmente férrea ni homogénea, que se hizo de la Reforma Laboral, que sí es una ley con aplicación práctica, no unas declaraciones. En el fondo resulta más atractivo defender a un ministro de unas mentiras que defender legislación laboral a largo plazo. Convendría no olvidar que la política se explica con relatos, más en este tiempo de fugacidad y fraccionamiento, pero se construye con hechos. ¿Cómo encaja que el conflicto se desplace hacia la guerra comunicativa con el proyecto de Yolanda Díaz, con tendencia hasta ahora en su ministerio a los acuerdos de Estado? ¿Momento Negri o momento Berlingüer? La elección no es menor.

Lo cual nos llevaría al tercer punto: el asunto en la propia coalición de Gobierno. A Garzón se le ha afeado, el último Planas este martes 11, hacer declaraciones sobre un tema que no le compete directamente. Algo que, precisamente, no es nuevo en este Ejecutivo: Calvo se posicionó en contra de la Ley Trans, Calviño en general frente a cualquier medida de Trabajo. Incluso en Gobiernos monocolor se dan este tipo de fricciones y maniobras para robar el foco, algo que es bien diferente a desacreditar por completo a un ministro, como ya hizo con sorna Sánchez este verano, como el PSOE ha vuelto a hacer en esta ocasión. Planas, al menos, ha reconocido que existe manipulación de la entrevista, pero en el fondo viene a expresar que las declaraciones de Garzón son irresponsables al hacerlas en un medio extranjero y dejando en mal lugar a un sector exportador que reporta al país más de siete mil millones de euros en divisas. Planas también ha expresado que aunque hay que buscar la sostenibilidad ecológica no se puede obviar la económica. Pues estupendo, adults in the room.

Resulta más atractivo defender a un ministro de unas mentiras que defender legislación laboral a largo plazo. Convendría no olvidar que la política se explica con relatos, más en este tiempo de fugacidad y fraccionamiento, pero se construye con hechos

El debate sobre si Garzón estuvo o no afortunado en The Guardian puede ser de interés. También el de que el PSOE, aun conociendo que Garzón explica un hecho cierto, prefiera desdecirle porque considera que la polémica, en cuanto a guerra cultural en torno a la carne, no es apropiada en estos momentos donde el país se halla cansado en el contexto pandémico. También, como se apunta desde UP, que si el PSOE transige, e incluso por boca de sus dirigentes regionales ataca a Garzón, lo único que hace es fortalecer los marcos de las derechas. Pero todo esto es de mucha menos entidad que el problema de fondo que debe encarar este Gobierno: qué hacer con la transición ecológica. Que Teresa Ribera, ministra del ramo, haya permanecido de perfil en la polémica es síntoma de que la ecuación entre economía y ecología está mucho menos resuelta de lo que nos expresan las campañas.

Precisamente, tanto desde la UE como desde este Gobierno se insiste en que no debería haber tal dicotomía, en que una economía verde no es sólo necesaria por los incalculables efectos del cambio climático, sino también para generar más ingresos adaptando los sectores económicos a las necesidades ambientales. La realidad es que ese paso no es precisamente sencillo, ni rápido, ni indoloro y provoca tanto fricciones, miren los chalecos amarillos, como puntos ciegos, en el caso de la crisis energética y el intento de la Comisión Europea de incluir el gas y la nuclear como verdes. ¿Cómo transformar un sector ganadero con porcentajes de producción intensiva superiores al 80%? ¿Cuántas macrogranjas puede soportar el medio ambiente peninsular? ¿De cuántas podemos prescindir sin crear un estropicio económico? ¿Qué plazos tenemos? ¿Si en el PERTE al sector se incluye el concepto de sostenibilidad, en qué se fundamenta en la práctica?

Todas estas preguntas serían las que deberían conformar, más que el debate, la acción política. ¿Por qué no se están realizando y resolviendo? Simple y llanamente porque en este tema, como en otros muchos, la derecha, a rebufo indistinguible de los ultras, ha decidido que les es más rentable electoralmente la mentira que la política útil. El problema no es que la acción del Gobierno se enfrente, como es lógico, a unas medidas contrarias o alternativas propuestas por la oposición, es que la oposición derechista ha decidido que su única aportación a la política nacional va a ser la reyerta discursiva. No es que pierda o gane Garzón, o el Gobierno o los diferentes modelos de ganadería, es que pierde todo el país cuando ningún paso queda exento del empujón y la zancadilla.

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