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Mala hierba

Cuatro de mayo, primera gran cita contra la involución

Portada Daniel Bernabé

Dice Cuca Gamarra, portavoz del Grupo Popular en el Congreso, que Pablo Iglesias es un “vago redomado” que sólo se dedica “a ver series y a intentar derrocar el sistema constitucional” y que “el perejil de todas las salsas” está “acorralado por investigaciones judiciales”. Todo como valoración de la decisión del actual vicepresidente de presentarse como candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Gamarra, recordemos, fue la sustituta de Cayetana Álvarez de Toledo en la portavocía de la Cámara Baja y su llegada se nos vendió como una renovación hacia el centro y la moderación. Da igual el talante de quien empuña una espada cuando la has sacado de su vaina.

Cuando Pablo Casado rompió con Vox en la moción de censura que estos presentaron a finales de octubre de 2020 contra Sánchez, los analistas vaticinaron un cambio de rumbo del dirigente popular mientras que en las redes proliferaron las acusaciones de traidor y acomplejado. Más allá del fondo personal del propio Casado, la maniobra pretendía dotar de un perfil propio al PP para que no estuviera en permanente competición de atrocidades retóricas con los de Abascal, algo que no sólo había llegado demasiado lejos en el primer estado de alarma, sino que podía poner en peligro el liderazgo que Casado ostentaba sobre el electorado conservador, cada vez más escorado hacia lo ultra.

Hoy podemos decir que esa ruptura quedó en un intento fallido y que por eso la señora Gamarra se esfuerza en imitar a Álvarez de Toledo que, a estas alturas, nos la imaginamos fuera de plano acariciando un gato blanco mientras que un relámpago corta la escena. Las decisiones se tuercen cuando se toman sin convicción o cuando alguien desde dentro te las arruina actuando como le viene en gana. Ese alguien es Isabel Díaz Ayuso, que ha ensombrecido a Vox en Madrid porque, sencillamente, es tan ultra como ellos. No es que el PP retome un camino que apenas abandonó, y con el que Casado logró imponerse a Saénz de Santamaría, es que Casado ahora, además de con Vox, compite con Ayuso.

Pase lo que pase el próximo 4 de mayo en Madrid, Pablo Casado será el perdedor de los comicios. Si el PP no consigue revalidar sus 26 años de reinado neoliberal, bajo la dirección de Casado se habrá perdido la joya de la corona de la derecha. Si el PP gana las elecciones madrileñas, será Ayuso quien habrá triunfado, cerrando definitivamente la vía de la moderación que quedaría aislada en ese universo propio que es Galicia para casi todo. Por eso las próximas elecciones autonómicas serán tan importantes, porque en ellas se puede constituir no una coalición entre PP y Vox, sino un bloque ultra en donde el PP ya será indistinguible de Vox, también en la política nacional.

Los Gobiernos de Rajoy y Esperanza Aguirre se parecieron en su radicalidad económica y su corrupción, el central además instauró leyes lesivas contra los derechos civiles. La diferencia es que Rajoy no saltaba esa línea roja que en democracia consiste en ilegitimar a tu rival político, ya que lo conviertes en un enemigo contra el que vale todo. Aguirre sí lo hizo en muchas ocasiones, tanto que fue la primera, en estas dos últimas décadas, en utilizar el adjetivo comunista al modo de la caza de brujas del senador McCarthy, que hoy, en boca de Ayuso, suena ya a obsesión franquista desbridada.

Convendría recordar, provoca escalofríos hacerlo, que el Partido Comunista de España, integrado en Unidas Podemos, no sólo es un partido perfectamente legal y legítimo de nuestro sistema político, sino que además fue la principal oposición a la dictadura y uno de los artífices de una transición donde, junto con Comisiones Obreras, se logró escorar a lo social nuestra Constitución. Que cediera más de lo debido, que el papel “italiano” pensado por Carrillo no resultara o que el PSOE le pasara por encima en 1982 son interesantes asuntos a debatir en la izquierda. Que el lema “comunismo o libertad” es una estupidez conceptual —nunca se es libre desde la desigualdad—, una afrenta histórica que va contra el tan reclamado espíritu de 1978 y una algarada ultra, es algo que nos debería preocupar. A menudo los grandes desastres comienzan en lo retórico.

El problema es que cuando estos dirigentes populares desaparezcan, lo harán más pronto que tarde, la bestia ya caminará libre entre nosotros. No se trata de que en los últimos años hayan surgido ultraderechistas hasta debajo de las piedras, se trata de que el electorado conservador ha sido educado por Casado y Ayuso, por Aguirre, por el Aznar ex-presidente, en la idea de que el adversario político es ilegítimo, por tanto un enemigo, como decíamos, al que poder eliminar. Puede que la mitad de los que dan voces en el PP, como Gamarra, no se crean la mitad de las estupideces que dicen, eso es indiferente. Lo cierto y peligroso es que sus votantes lo aprenden y no consideran a Iglesias o Sánchez unos malos gobernantes por tal o cual medida tomada, sino unos usurpadores que han venido a destruir España.

Que Iglesias se haya presentado como candidato a la Comunidad de Madrid puede tener muchas lecturas y varios motivos, pero el principal es evitar no sólo que Ayuso revalide su liderazgo, no sólo que el PP vuelva a ganar en una Comunidad que es ya más un problema para España que su centro, sino que se acabe de consolidar un bloque reaccionario victorioso donde las ideas ultras caminen sin distinción entre Abascal y Casado y donde, esto es lo peor, se entienda por los votantes que el frentismo cedista es razonable. La razón última por la que el PP se embarcó en esta aventura, que nos va a costar muy cara a todos —también a sus votantes— fue tener una coartada para no hablar de la corrupción pendiente y su inutilidad a la hora de hacer políticas útiles en un contexto donde lo neoliberal ya no vale.

¿Qué diablos ha hecho Ayuso por Madrid, cuántas leyes ha aprobado, desde que fue proclamada presidenta en el verano de 2019? Una, la ley del suelo en octubre del pasado año, para que los ladrilleros y los rentistas del alquiler durmieran tranquilos. Ayuso, realmente ese mandarín de Miguel Ángel Rodríguez, viven del fango y la bronca porque tienen muy poco que ofrecer salvo perpetuar una de las brechas territoriales de clase más notables de todo el país, donde los índices de pobreza, paro, salud y estudios son alarmantemente desiguales entre en sur y el oeste de la región. Procesismo de parpusa, ocultar bajo el nacionalismo españolista excluyente y reaccionario una guerra contra una clase trabajadora que lleva demasiado tiempo ausente de sí misma y sus intereses.

No es ni siquiera dramático que la izquierda concurra en tres formaciones, siempre que no se tiren los platos a la cabeza y superen el umbral del 5% para entrar en la cámara. Hay que aceptar, llevo insistiendo tiempo en ello, que la izquierda y el progresismo liberal son dos cosas diferentes. Mónica García se ha revelado como una gran parlamentaria y la decisión de la formación que encabeza, Más Madrid, de concurrir al margen de UP es razonable. Al fin y al cabo, existen porque se marcharon de Podemos. En estos dos años se han configurado como algo con sentido propio más allá de aquella corriente errejonista que se escindió con opacidad y empujones externos.

Estaría bien recordar, de todos modos, que Sánchez Mato también fue un gran concejal pero que apenas era conocido fuera de los círculos progresistas llegadas las elecciones. Mónica García debería haber tomado nota de ello. También que en las autonómicas y municipales de 2019, la popularísima Carmena iba en el pack y que a Errejón le llegó un buen caudal de votos de ciudadanos que simplemente pensaban estar votando al “chico de Podemos”. No se trata de minusvalorar al electorado, sino de tener en cuenta que mucha gente no tiene tiempo, viviendo esta vida de vértigo, de atender demasiado a la información política cuando esta, además, se vuelve farragosa por cuitas que nadie acaba de entender.

Más allá de la estrategia de la izquierda y el progresismo para estas elecciones, de que cabe la posibilidad de que el PSOE tenga que acompañar al sensato Gabilondo de un secundario que se sepa mover en la triste espectacularidad, la mejor forma de ganar a la ultraderecha de Ayuso y Vox es mediante la política útil. Hay que recordar que el Gobierno de Sánchez tiene pendiente el desmontaje de una reforma laboral impulsado por Yolanda Díaz, la ministra de Trabajo, que será nueva líder de UP y vicepresidenta. Esa acción será más efectiva que cualquier golpe de efecto, que cualquier cara, simplemente porque será de verdad. Ha pesado demasiado el tacticismo en la Moncloa en mantener atada a Díaz, una de sus mejores ministras, bajo la vigilancia permanente de Calviño. Ahora sería un buen momento para darle espacio.

España se enfrenta a una gran cantidad de riesgos en estos momentos, también de oportunidades. En gran medida los fondos europeos deberían ser la base para un cambio de modelo productivo que rompiera una de las bases de la reacción, la especulación inmobiliaria y el rentismo. El país cambió en la anterior década, de ahí que fuera posible un Gobierno de coalición. El problema es que la derecha, no sólo la política sino también la económica y la mediática, no aceptó ese cambio y optó por el camino de la agitación ultra. El 4 de mayo se juega la primera mano de una gran partida en la que se decidirá algo más que el Gobierno autonómico madrileño, en la que nos jugamos si el país profundiza ese cambio o involuciona hacia algo diferente, más oscuro, de lo iniciado en 1978.

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