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Siempre hay alternativa

Margaret Thatcher, que ha conseguido llegar al diez de Downing Street aupada por el invierno del descontento, se enfrenta a una situación difícil. La crisis económica no mejora y las voces contra su proyecto, basado en el recorte del gasto público, las privatizaciones y la desregulación, se empiezan a escuchar con fuerza incluso dentro de su propio partido. La primera ministra necesita dar un golpe de efecto. El 21 de mayo de 1980 habla en la conferencia de mujeres conservadoras:

“Tenemos que equilibrar nuestra producción y nuestras ganancias. Lo que estamos proponiendo no es demasiado popular, pero es lo que debemos hacer. Creo, sin embargo, que la gente empieza a aceptar que no hay otra alternativa real [...] ¿Cuál es la alternativa? ¿Seguir como antes? Todo lo que conduce a un mayor gasto significa más impuestos, más préstamos, tasas de interés más altas, más inflación, más desempleo".

Thatcher consigue con estas cuatro líneas cimentar la que sería una de las claves de su exitoso discurso: there is no alternative. Junto a “no existe la sociedad” y “no existe el dinero público”, el “no hay alternativa” se convirtió en la base de la restauración reaccionaria que sacudiría el mundo los siguientes cuarenta años. No se trataba de que su modelo fuera deseable o rechazable, se trataba de convencer de que no existía otro. Se daba inicio así al fatalismo de mercado basado en la gran mentira de que las crisis eran provocadas por el elevado gasto público. 

“Debe quedar claro que no hay alternativa posible al ajuste”, pronunció Javier Milei en su toma de posesión como presidente de Argentina el lunes 11 de diciembre de 2023. De espaldas al parlamento argentino, de cara a una multitud enfervorecida, insistió: “Tampoco hay lugar a la discusión entre shock y gradualismo [...] lamentablemente tengo que decirlo de nuevo: no hay plata”. Pese a que gran cantidad de medios y analistas se apresuraron a aplaudir el discurso de Milei, calificándolo de sincero, valiente y novedoso, casi nadie ha reparado en que es un calco del que pronunció Thatcher a principios de los ochenta.

Desde entonces, la secuencia se produce de una forma muy parecida cada vez que la derecha accede a un gobierno. Mariano Rajoy, que consiguió en 2011 su mayoría absoluta al calor de la Gran Recesión, aplicó otro severo programa de recortes que justificó admitiendo que las medidas eran “duras y difíciles” y que “a mucha gente le hacen daño”, pero aseguró que no tenía “otra alternativa” porque “desgraciadamente no se puede decidir entre un bien y un mal, se tiene que decidir entre un mal y un peor”. Cambian los actores y el escenario pero se mantiene el mismo libreto. Algunos, eso sí, lo interpretaron de manera lamentable.

Pese a que gran cantidad de medios y analistas se apresuraron a aplaudir el discurso de Milei, calificándolo de sincero, valiente y novedoso, casi nadie ha reparado en que es un calco del que pronunció Thatcher a principios de los ochenta

Thatcher, Rajoy o Milei llegaron a sus respectivos gobiernos impulsados por el descontento provocado por crisis de diferente naturaleza pero con un nexo común: ninguna de ellas tenía que ver con el gasto público. Los tres, sin embargo, aseguraron no tener más remedio que aplicar recortes como única solución posible a los problemas que enfrentaban. La realidad es que el objetivo de esos recortes nunca es mejorar la economía, sino imponer un modelo en extremo beneficioso para la minoría más rica de sus sociedades. Los cirujanos de guerra nunca amputan a los generales o, peor, a los que han provocado las guerras.

La crisis que nuestro país sufrió a partir de 2008, una de naturaleza mundial, tuvo su origen en el gigantesco sector inmobiliario utilizado por la banca para obtener incontables beneficios especulando con el suelo, pese a que todo el mundo sabía que esta forma de crecimiento tarde o temprano provocaría un desastre que arrastraría al resto de sectores. Aunque el golpe fue duro, las medidas de intervención del Gobierno de Zapatero absorbieron parte del impacto. Hasta que en 2010 los bancos estadounidenses, afectados del mismo problema que los españoles, qué hacer con aquella cartera de activos tóxicos, decidieron recuperar su dinero apostando contra la deuda soberana de los países del sur de Europa.

Se nos contó que recortar nuestro gasto público daría confianza a los inversores, pero la realidad es que los inversores estaban demasiado ocupados llenándose los bolsillos a costa de nuestros bonos. La situación mejoró sólo desde que intervino el Banco Central Europeo comprando parte de esa deuda, algo que se pudo haber hecho mucho antes, si el deseo no hubiera sido desmantelar unos Estados del bienestar que se juzgaban sobrantes y, de paso, disciplinar a unas poblaciones que nunca hubieran aceptado esos recortes de otra manera.

La prueba es que con la crisis del coronavirus se actuó de manera muy diferente, tanto a nivel europeo como en la propia España. En vez de utilizar como coartada aquella contingencia contándonos que no había más horizonte, se exploraron todas las posibilidades y por primera vez en cuarenta años se puso al Estado a funcionar en beneficio de la mayoría. Y funcionó. Ampliando el gasto salimos antes de la crisis, sin perder empleo, sin recortar servicios públicos y creciendo a un buen ritmo. Las políticas de izquierdas valían para algo. Siempre se supo, por eso se nos contó que no había alternativa.

La Confederación Europea de Sindicatos ha reunido este martes en Bruselas a 15.000 personas provenientes de 30 países para protestar contra los planes de austeridad que la UE pondrá de nuevo en marcha en 2024. Tras casi cuatro años de suspensión, se pretende reactivar el mal llamado Pacto de Estabilidad, un corsé que limita el gasto por Estado y que no tiene mayor sentido aplicar en un momento donde la transición energética y digital requerirán de inversión pública para evitar sus efectos adversos sobre la mayoría. Un descontento que, además, será capitalizado por el populismo de extrema derecha. ¿También se nos dirá esta vez que no hay alternativa?

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