Muros sin Fronteras

Crimea 1854, un territorio con historia

Ucrania no sabe cómo responder a la pérdida de Crimea. Hay divisiones en el Gobierno provisional, y más que las va a haber tras la muerte del líder paramilitar de la ultraderecha, Oleksander Muzychko, conocido como Sasha el Blanco. Sus milicias fascistas tuvieron un gran protagonismo en la plaza de Maidán. No le han matado los rusos, sino las fuerzas especiales ucranianas que trataban de detenerlo. Sasha los recibió a tiros en un café al oeste del país.

El ministro provisional de Defensa que ordenó el lunes la salida de sus tropas de Crimea ya no está en su cargo. Le han destituido por no hacer lo suficiente. ¿Qué esperaban? La idea de la retirada no debe venir de Kiev, sino de Bruselas o Washington. El objetivo es evitar derramamientos de sangre, una chispa que lo complique todo. Un repliegue parece el reconocimiento de que no merece la pena morir por Crimea, una tierra que pasó a ser ucraniana en 1954 por un capricho administrativo de Nikita Krushev, cien años después de la Primera Guerra de Crimea. Aquel conflicto en el siglo XIX es la base para entender este, su complejidad. Aunque aquella guerra es conocida gracias al cine, que inmortalizó la carga de la brigada ligera, nos dejó algo más importante: el nacimiento de un escritor mayúsculo: Leon Tolstoi.

Vladimir Putin se ha comportado como un verdadero Romanov, como un zar, reconquistando el territorio donado por su antecesor y que quedó expuesto tras el hundimiento de la URSS. Lo ha hecho de manera inteligente: nada de invasiones folclóricas con carros de combate, aviones, disparos y matanzas. Se ha apoyado en las difuntas fuerzas de seguridad ucranianas (Berkut) formadas por rusoparlantes y por fuerzas rusas pata negra, pero sin distintivos, para dar un golpe de Estado, colocar a sus aliados en el poder, convocar un referéndum y ganarlo de calle, a la búlgara, como era costumbre en la URSS.

Se trata de un juego peligroso. Enfrente tiene a EEUU y a la UE, es decir, al Reino Unido, Francia y Alemania sobre todo, y a Polonia y los países bálticos, que tienen memoria de elefante, y a Rumanía por Moldavia.

Los países más ricos del mundo acaban de castigar a Putin sin más cumbres del G8, que vuelve a ser G7 (el Grupo de los Siete, como en la época de Ronald Reagan). Dejarle sin estas improductivas reuniones publicitarias no parece un castigo mayor. Pueden hacer más daño las sanciones económicas, pero estas sanciones son de ida y vuelta, también dañan al sancionador, que pierde negocio. Es una partida de póker y da la sensación de que en cuestiones de póker Putin se llevará la palma.

Lo que está en juego son las famosas rayas rojas. ¿Dónde están? ¿Son visibles para todos? La raya roja más clara es el resto de Ucrania. El mensaje de Occidente a Putin es claro: "Te puedes quedar con Crimea, escenificaremos un enfado durante un tiempo, pero si tocas el resto de Ucrania, nos tendrás enfrente". El mensaje de Putin a Occidente sería este otro: "Entiendo el mensaje, no pasaré de Crimea". Algo parecido dijo antes de anexionarse la península. Putin no parece de fiar. Si todo el mundo ha leído el guión y se ha aprendido el papel que le corresponde no habrá problemas. Si alguien yerra, sobre todo el Kremlin, que es el que puede tener más tentaciones con Donetsk, Járkov y la mítica Odesa (El acorazado Potemkin), estaremos metidos en un lío, quizá en una crisis mayúscula impensable desde la crisis de los misiles de Cuba.

 

El conflicto de Crimea no es nuevo. Empezó en 1854 cuando el Reino Unido y Francia acudieron en ayuda de un débil sultán otomano para recuperar Crimea, conquistada por los zares. El objetivo era impedir que Moscú se hiciera con una salida al mar. El mismo objetivo de 2014. Para Rusia, Crimea es su única salida clara sin el obstáculo del hielo que bloquea el resto de la flota durante muchos meses al año.

Aquella guerra de 1854-1856 fue la última guerra decimonónica y la primera moderna. En ella nació la profesión de corresponsal de guerra. William Howard Russel fue el primero en narrar para The Times un conflicto desde una cierta distancia, con honradez y rigor, dando cuenta de los desastres que sufrió el Ejército británico, sobre todo el de su brigada ligera en Balaclava. Fue una carnicería. Casi todos los ejércitos estaban mandados por incompetentes.

Hay un libro británico excelente: Sobre la psicología de la incompetencia militar (Anagrama) de Norman Dixon, que se explaya en esta primera guerra de Crimea. Ayuda a entender la incompetencia inherente a un tipo de mando, sea militar o civil. Se estudia en administración de empresas. Gran texto.

La guerra de 1854-1856 la perdió Rusia debido a su menor capacidad industrial. Terminó con la firma de una paz en París y ganancias rusas en el Cáucaso, para compensar la pérdida de Sebastopol, algo que sería una bicoca con el descubrimiento muchos años después de petróleo en la zona.

No sé cómo acabará la crisis actual, seguramente en otro pacto con la UE y EEUU de patrocinadores sin memoria. Todo dependerá de las elecciones del 25 de mayo en Ucrania y de que Kiev pueda producir un gobierno estable y sensato que garantice los intereses rusos y no se enfrente a la población de las regiones del este con gestos tan poco inteligentes como la prohibición de la lengua rusa. La guerra de Crimea del XIX dejó en Rusia un sentimiento antioccidental y todos los mimbres para la caída de los Romanov y el triunfo de la Revolución bolchevique. Después llegaron Lenin, Stalin y Orwell, el único con agallas para retratar al dictador georgiano en Rebelión en la granja.

Stalin fue quien ordenó la deportación masiva de la población autóctona de Crimea, los tártaros, acusados de colaborar con el nazismo, como colaboraron numerosos ucranianos cuyos descendientes están hoy en Maidán. Fue tierra de terribles matanzas, de judíos por los nazis y sus aliados, y de anticomunistas por los soviéticos cuando se hicieron con el poder. Quizá sea tiempo de una memoria no selectiva, de aprender a leer la historia y de paz.

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