Muros sin Fronteras

Mourinhistas contra guardiolistas en la política española

El título es algo exagerado, lo reconozco, porque no existen guardiolistas en la política española (ni en la catalana): personas capaces de apostar por el largo plazo, de construir un estilo de juego que deje una impronta imperecedera en la memoria de los aficionados, de planificar más allá del cortoplacismo del próximo partido. (Nota: soy del Real Madrid, pero no me gusta el personaje que interpreta José Mourinho, tampoco su juego).

Traducido a la gobernanza de un país, los defensores del juego bonito, del tiki-taka de la selección, serían aquellos que aspiran a cambios de calado: modificar las estructuras del Estado, regenerar la vida pública para que la siguiente generación herede un país más libre, sano y democrático. Este tipo de entrenadores (dirigentes) nunca leen encuestas para saber qué tienen que pensar y qué tienen que decir, entienden que el objetivo supremo es jugar bien aunque se pierdan partidos porque a la larga se ganan campeonatos.

Los mourinhistasserían capaces de vender el alma por vencer 1-0 de penalti injusto en el último minuto. Su plan de juego consiste en destruir el del contrario sin renunciar al uso de todo tipo de marrullerías: césped alto, campo encharcado, patada al tobillo, presión sobre el árbitro, Cospedal en el Congreso, manipulación de RTVE…  Lo único que vale es la victoria.

Un equipo premourinhista sería el Estudiantes de la Plata de Carlos Bilardo, uno de los más sucios de la historia del fútbol. Hasta llevaban alfileres para clavárselos a los delanteros rivales en el barullo de los saques de esquina. El portavoz popular en el Congreso, Rafael Hernando, sería un digno heredero de aquella (in)cultura.

Bilardismo es utilizar ETA contra Zapatero, equiparar a los independentistas con el terrorismo, cuando la Constitución española con la que se llenan la boca ampara la defensa de la independencia de Cataluña, o descalificar una moción de censura con mentiras impropias de gentes formadas.

En cambio, Nelson Mandela sería guardiolista. Igual que Obama, pese a sus fracasos. El PP en su conjunto es un ejemplo de mourinhismo radical. Todo vale con tal de permanecer en el poder. De tanto repetir mentiras ya no saben ni lo que es una verdad judicial. Es el ejemplo de una metástasis moral incurable. Sacarles del poder es un imperativo ético, como sostiene la periodista Milagros Pérez Oliva.

No solo es RTVE, también el Tribunal Constitucional, el Poder Judicial, que separa a un juez que se considera incómodo en un caso como la Gürtel en el momento que se deciden las entradas en prisión. Todo está presidido por la sombra de la sospecha, por un insoportable hedor de componenda.

Cuando es más necesario que nunca el prestigio de las instituciones para resolver la grave crisis territorial o el desprestigio de este entramado ante la ciudadanía, están invadidas por amigos del alma y obedientes dispuestos a acatar las instrucciones de Moncloa.

La moción de censura presentada por el PSOE es un ejemplo de mourinhismo (moderado, eso sí). Al principio no buscaba sacar a Rajoy del poder, solo retratar a Ciudadanos en su apoyo al PP, desprestigiarlo como la marca blanca del PP. Pero, ¿no era eso lo que decía Podemos hace dos años? ¡Vaya lío! Pero se han complicado las cosas. Puede que hasta se dé la carambola. Hemos llegado a un punto que dejar a Rajoy en La Moncloa tendrá un serio coste electoral justo cuando se barruntan elecciones inminentes.

El PSOE maniobra desde ese cortoplacismo mourinhista porque necesita visibilidad para sacudirse el mal fario de las encuestas. Si hubiera chiripa dispondría de unos meses para demostrar que es capaz. La propuesta es echar a Rajoy el viernes e ir a las urnas en unos meses.

Ciudadanos quiere elecciones inmediatas porque se cree las encuestas que le dan ganador, aunque después tendría que pactar con el PP o el PSOE para gobernar. Rivera no quiere que Sánchez sea presidente ni cinco minutos por si acaso. Lo quiere en camilla y fuera del campo. Bilardismo puro.

El PP rechaza las mociones y elecciones anticipadas. Aspira a aguantar el resultado como sea. Parece el Inter de Mourinho en el Camp Nou, basculando de un lado a otro. Si a uno se le ocurre decir que es una moción de censura contra España, que pone en peligro el empleo (de asesores del PP, se entiende), todos salen en tropel, hasta Pablo Casado, que debería estar todo el día estudiando, a repetir el lema como papagayos. Después, su RTVE lo multiplica para que llegue a cada hogar que no lee periódicos, sean en papel o digitales.

La ultima idea mágica es que la sentencia de la Gürtel no condena al PP ni establece la existencia de la Caja B, que todo es cosa de unos señores ajenos al partido que ocurrió en dos ayuntamientos hace 15 años. Lo malo es que este PP consigue colar su mensaje en unos medios de comunicación privados más atentos a los movimientos de la prima de riesgo que en denunciar a los corruptos y a los mentirosos en serie. Ahora resulta que la Bolsa baja por Pedro Sánchez, no por la grave crisis italiana que nos arrastra.

¿Queda alguien para ponerle a parir?

Está el PNV, que sigue en la subasta tras el éxito de los Presupuestos. Ellos son la clave. Si los independentistas catalanes votan a favor de echar a Rajoy, ¿seguirán sosteniendo al PP? PNV, ERC y PdCAT no quieren elecciones porque temen una victoria de Ciudadanos.

Queda Podemos, que parece haber aprendido de su error de marzo de 2016 que dejó expédito el camino para que siguiera Rajoy. Prometen un moción de censura instrumental si fracasa la del PSOE. La suya sería para convocar elecciones y robarle esa baza a Rivera.

El guardiolismo sería apostar por una regeneración de la democracia española. Recuperar las instituciones, suprimir la ley mordaza, devolver RTVE a los españoles. Si TeleMadrid lo consiguió bajo Cifuentes, es que se puede. Es cuestión de voluntad política. También sería apostar por la Sanidad publica, la Educación y las pensiones. Y aprobar una verdadera ley de Transparencia, y no el adefesio actual con un acceso casi imposible.

Si hubiera elecciones, volveríamos a la casilla de diciembre de 2015: habría que pactar en un país que no sabe ni quiere pactar porque el compromiso tiene connotaciones negativas. No estamos educados en el respeto de la diferencia, sea política, idiomática o territorial.  En marzo de 2016 hubiese sido posible un pacto a tres (PSOE, Podemos y Ciudadanos), con un Gobierno en solitario del PSOE. Podemos se dividió entre los partidarios (errejonistas) de la abstención que podría haber facilitado ese gobierno en segunda votación y los partidarios (pablistas y anticapi) del no. Ganó el no. Votaron con el PP tras realizar una consulta entre los inscritos. Aquel debate aceleró la ruptura entre Iglesias y Errejón y arruinó a corto plazo una alternativa creíble de izquierda.

Era la llamada solución Borgen, por la serie de televisión: la capacidad de pactar entre la derecha y la izquierda. Pero a Iglesias no le gusta la serie:

Cuando se recuerdan aquellos días, estallan las críticas que olvidan que el Ciudadanos de aquel 2016 aún vestía traje centrista (el que convenía para entrar en el baile) y no el de 2018, que a menudo pasa al PP por la derecha. Aquel pacto es hoy imposible dados los enconos acumulados. Y está por ver si es posible uno entre Ciudadanos y PSOE.

Hay una frase atribuida a Alfredo Di Stefano, que dice: “El fútbol es un juego de 11 contra 11 en el que siempre ganan los alemanes”. Cambien alemanes por Rajoy, el que nunca se mueve, el que jamás hace nada y que tiene un reguero de cadáveres populares detrás de sí, y ya tienen un pronóstico. Ojalá me equivoque. Lo esencial es votar con memoria.

 

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