Muros sin Fronteras

El peligro de hablar idiomas

Ser racista, xenófobo y supremacista está de moda; tanto que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española va a incluir la última, que las otras dos ya estaban. Es una moda política que da votos en estos tiempos de (aún) crisis económica. Gusta porque en la calle abundan los monos de repetición que dicen lo que escuchan en los informativos. De ahí el control, la manipulación, decir que el único español muerto en el accidente de aviación de La Habana era un “saharaui con pasaporte español”, es decir, que era poco español. Lo dijeron en TVE. Todos los motivos para los viernes en negro.

Abrir el baúl del odio, blandir sentimientos, inventar ofensas es una autopista hacia los fascismos. Es un arma peligrosa como demuestra la historia. Si fue fácil en los años 30, ahora sería más rápido que el ébola con las redes sociales, los bots, las fake news y la omnipresencia del poder real.

Los que niegan al otro se alimentan de un nacionalismo en mal estado, tóxico y caduco, una doctrina cuasi religiosa que se nutre de mitos, por lo general inventados, para crear un espacio de existencia no contaminado por las mezclas: todos blancos, todos arios, todos cristianos, todos musulmanes, todos israelíes, todos españoles, todos catalanes… Todos en compartimentos estancos.

(Una aclaración: soy un internacionalista que detesta las fronteras, los himnos y las banderas que sirven para declarar guerras y justificar matanzas, o exclusiones. No creo en superhombres, solo en personas).

¿Han probado a hacerse el ADN? Debería ser obligatorio desde los 16 años, para que se nos quite la tontería de la tribu elegida.

En España tenemos un polémico tuitero elevado a presidente de una importante comunidad autónoma, en la que una parte (aún) no mayoritaria anhela la independencia. Hoy le persiguen una decena de tuits y artículos que ahora no escribiría. Cada uno juzgará si su contenido es xenófobo o solo estúpido. Es útil el juego de sustituir “españoles” por “judíos” o “magrebíes” para tener el contexto.

Las palabras (y las imágenes) son importantes porque son las que definen realidades, y más puestas en boca de intelectuales, políticos, periodistas y personajes públicos. Su responsabilidad en la creación de climas de odio es enorme.

Para enfrentar este tipo de discursos tenemos tres opciones en España: 1) un partido en el Gobierno, desgastado por los escándalos de corrupción e incapaz de realizar una sola propuesta constructiva; 2) otro nuevo que trata de vendernos patriotismo civil vestido de naranja cuando es el reverso del otro que denuncia; y 3) una izquierda que se ha olvidado que es internacionalista enredada en sus guerras civiles cainitas en las que hay más ego que principios. Vamos mal.

En EEEU, hablar español puede acabar siendo una actividad de alto riesgo físico. No son dos anécdotas aisladas y sin importancia, sino la consecuencia de esa agitación, de la normalización del odio. La gente está sometida a un constante vendaval trumpero que iguala la inmigración, el extranjero (no rico, claro), con los violadores, drogadictos y ladrones.

En las últimas semanas se han producido dos incidentes con personas cuyo delito ha sido hablar español en públicodelito. En el primero, ocurrido en Nueva York, el abogado Aaron Schlossberg se encaró de mala manera con los empleados de una cafetería que hablan entre ellos en español. Les amenazó con llamar a las autoridades de inmigración para que les echaran de su país porque estaba harto que sus impuestos fueran para ellos. Este el es vídeo del supremacista. Lo bueno es que le han echado del edificio donde tenía la oficina porque no representa los valores de la comunidad. La respuesta está en la sociedad.

En el segundo incidente en EEUU, una policía de carreteras exigió la documentación a Ana Suda y Mimí Hernández porque estaban hablando español en una gasolinera rural de Montana, algo sorprendente (para el policía) porque se trata de un Estado con mayoría de habla inglesa. Estuvieron retenidas 35 minutos. Ambas son ciudadanas estadounidenses.

En EEUU viven más de 40 millones de hispanoparlantes, ¿son todos sospechosos?

Es fácil escandalizarse con el bocazas en jefe (Trump), pero el clima xenófobo está también en nuestras sociedades, como se puede comprobar en las declaraciones contra los refugiados, su vinculación (falsa) con el ISIS, el cierre de fronteras y la persecución legal de aquellos que salvan seres humanos en el Mediterráneo. Hablo de Open Arms.

En el Reino Unido siguen embarcados en un brexit suicida encantados de haberse conocido, con bodas reales que rememoran un pasado imperial. En Italia tendrán un gobierno producto de un pacto contra natura (en esto me equivoqué) entre los neofascistas de la Liga Norte y el Movimiento 5 Estrellas, que nunca estuvo claro qué eran, más allá de antisistema. Si su propuesta para la construcción de una nueva Italia es esto acabaremos echando de menos a profesionales de lo turbio como Giulio Andreotti.

Si volvemos al terreno patrio, la cosa está jodida. No sé si se puede ser admirador simultáneo de Serrat y Llach, por poner un ejemplo, o las militancias afectan al oído. Desde el acto por un patriotismo civil (y naranja) nos debatimos entre tres himnos. Ustedes eligen.

Y un cuarto (propuesta personal) porque queda mucha tarea:

 

El primer deber humanitario es ser humanos

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