Y sin embargo se mueve

Somos neandertales

América Valenzuela

Eligió esa cueva como hogar cuando aún vivía su familia, resguardada de los vientos de la costa gibraltareña. Ya solo quedaba él. Hacía años que tampoco se cruzaba con ningún compañero. Llevaba un par de días sin probar bocado. No tenía fuerzas. Solo quería descansar. Sabía que había llegado su momento. Que su tensión vital se desvanecería, como las focas que cazaba o como la madre de sus hijos, que un día no despertó. Pensando en ellos, expiró. Él no lo sabía, pero era el último neandertal.

Mientras hace 28.000 años los neandertales llegaban al ocaso, los sapiens vivían una ebullición cultural y poblacional que aún no ha cesado. ¿Por qué ellos y no nosotros? ¿Por qué los neandertales desaparecieron de la faz de la Tierra y nosotros, los sapiens, permanecimos y conquistamos hasta el último rincón del planeta? Qué nos hizo ganar la partida es un enigma que la ciencia aún no ha resuelto.

Los neandertales vivieron durante 200.000 años en Europa y Asia Occidental. Su desaparición no fue brusca; convivimos con ellos en la Península Ibérica durante decenas de miles de años. Los humanos modernos supimos de su existencia cuando en 1856 se descubrió parte de un esqueleto en el valle alemán Neander. De huesos macizos y cortos, frente baja y cráneo ancho con un pronunciado arco superciliar, los hombres de ciencia de aquel entonces los describían como torpes e idiotas, seres que no habían alcanzado el intelecto y aspecto grácil de los sapiens.

Lo cierto es que los neandertales no eran nada simplones, como aún dicta la cultura popular. Se parecían bastante a nosotros. Fabricaban herramientas y manejaban el fuego. Se vestían y adornaban con plumas y abalorios. Tenían pensamiento simbólico y enterraban a sus congéneres. Eran cazadores recolectores nómadas. Comían esencialmente carne, pero también comían plantas y flores, como la manzanilla, es posible que con intención de aliviar digestiones pesadas. Sabemos que tenían lo necesario para hablar, pero no sabemos si lo hacían. En el caso de que así fuera lo harían con un repertorio fonético más limitado que el nuestro. Incluso está abierta la posibilidad de que sean los autores de algunas de las pinturas rupestres más antiguas descubiertas en Europa.

Una mañana imaginaba con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga la vida de los neandertales que pasearon por el suelo que pisábamos, el valle de los neandertales, en la madrileña sierra de Guadarrama, el lugar con más yacimientos de neandertales de Europa. “Se encontrarían con los sapiens. Se mirarían de lejos, con mucha prudencia y curiosidad en uno por el otro. Luego se lo contarían al resto de la tribu”, concebía.

Tanta fue la curiosidad que hubo hibridación y tuvimos descendencia fértil. El legado genético neandertal se ha transmitido a través de miles de generaciones de sapiens. A partir de unos huesos de neandertal hallados en Croacia el biólogo Svante Pääbo ha averiguado que entre el 1 y el 4% del genoma de los sapiens actuales no africanos es de neandertal. El mestizaje se produjo hace entre 80.000 y 50.000 años cuando ambas especies se encontraron en Oriente Medio durante la expansión de los sapiens desde África. Es decir, todos los europeos somos un poco neandertales.

No solo nos apareamos con ellos, también intercambiamos cultura. Esa podría ser la clave para entender su extinción. Hay científicos que creen que nos copiaron la industria lítica. Ellos aprendieron cómo fabricarla, la usaron con éxito pero no supieron mejorarla. Tampoco supieron reinventar sus estrategias de supervivencia cuando el clima empezó a fluctuar sin dar descanso de gélido a templado cada pocas décadas. Los cambios eran demasiado rápidos. Y su lenguaje limitado no les permitían transmitir sus innovaciones a los suyos con eficacia. Mientras los sapiens tejíamos una red social sólida gracias a nuestro ágil lenguaje y amplia longevidad, que nos permitía enseñar nuestros conocimientos a los nietos.

Los expertos sostienen que esto sumado a que el cuerpo ancho de los neandertales necesitaba más alimento para mantenerse y se reproducían más despacio que nosotros fue el golpe de gracia.

Aún así, todo son elucubraciones. La verdad está enterrada con los fósiles que salpican los continentes. Hasta que los paleontólogos desentrañen la historia de nuestra especie, navegarán ancladas en mi pensamiento las mismas preguntas: por qué ellos no lo lograron; qué habría pasado si ambos hubiéramos vivido juntos hasta nuestros días.

Reconstrucción de un neandertal vestido de occidental. Museo Neandertal de Mettman.

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