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Qué ven mis ojos

Y el Día de Todos los Muertos resucitó el PP

“A veces, pensarse las cosas demasiado sólo sirve para acabar precipitándose”.

Hay dos tipos de personas, las que piensan que las casualidades tienen su razón de ser y las que creen que no, porque están seguras de que el azar y la lógica son como el aceite y el agua, pueden estar en el mismo vaso, pero no mezclarse. Así que el hecho de que a las puertas del Día de Todos los Muertos los grandes protagonistas de la actualidad hayan sido Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Susana Díaz, para los primeros tendrá una relación causa-efecto y para los segundos, no será más que una simple coincidencia. Por supuesto, hay quien les echa flores, pero eso también podría deberse a que, políticamente hablando, ya no son de este mundo; ni ellos ni lo que representaban, el bipartidismo, que ha pasado a mejor vida, al menos por ahora.

El presidente del Gobierno resucitado y el secretario general recién enterrado tienen algo en común: una disculpa. La de uno, que según muchos será el capitán de una banda de atracadores y habrá destruido a la clase media, pero le respaldan casi ocho millones de votos y seguirá durmiendo en el palacio de La Moncloa; la del otro, que fue víctima de una conspiración, aunque ésta llegara tras dos catástrofes electorales en las que él, sin duda, tendría algo que ver, puesto que era el candidato de su partido. Pedro Sánchez reconoce en una entrevista en La Sexta que se equivocó en llamar populista a Podemos; que no entendió el mensaje del 15-M; que no debió acatar la prohibición de su Comité Federal de no pactar con independentistas ni con las mismas confluencias con que ellos lo hacían en la Comunidad Valenciana, Extremadura o Castilla-La Mancha; que tampoco tuvo que admitir la de hacerlo exclusivamente con ese partido ultranacionalista y antinacionalista que es Ciudadanos; que también erró el tiro al confiar en los Hernando y Fernández de esta historia, Vera y Vara, unos porque siempre estuvieron contra él y otros porque siempre estarán con el que mande… Hubiera acabado antes diciendo en qué no se equivocó. Y puede que haya vuelto a hacerlo con la renuncia a su escaño, porque al argumento de que tomó esa decisión “para obedecer el mandato del Comité Federal” se puede oponer aquella idea célebre de Gandhi según la cual “si una ley es injusta, lo correcto es desobedecerla”. No hacerlo facilita, por ejemplo, que en un país se mantenga una dictadura treinta y ocho años, que al morir en la cama el asesino en jefe se formen colas de luto ante su ataúd y que el Valle de los Caídos siga en su lugar para que puedan ir a rezar allí el ministro del Interior y otros nostálgicos de la barbarie.

Además de a sus correligionarios, Sánchez le echa la culpa de su caída a los mismos poderes económicos que poco antes juraba sobre cien biblias que jamás lo habían presionado ni él se lo hubiese permitido, y a algunos medios de comunicación, a los que parece atribuir más poder del que tienen y negar su derecho a llevar la línea editorial que mejor les parezca y que, en todo caso, será premiada o castigada por sus lectores, oyentes o telespectadores. Pero lo cierto es que lo único que no dicen ni él ni sus enemigos íntimos, tal vez porque no se hayan dado cuenta de ello, es que la crisis de la socialdemocracia es general y que viene de no haber entendido que el neoliberalismo es justo lo contrario del estado del bienestar que ellos defendían, o no haberles importado. El PSOE de los barones va por el mismo camino hacia la derecha que siguieron sus compañeros de viaje en Alemania o en Grecia y que los condujo hasta la boca del lobo. Ahora, forman parte de ese reino del cinismo donde el dinero es una bandera pirata, la tarjeta de crédito es el único pasaporte de curso legal y la libre circulación de ciudadanos no se refiere a las fronteras sino a las puertas giratorias de los parlamentos, para cerrarle el paso a las víctimas y franqueárselo a los verdugos. Que un autodenominado Comité Ético de la UE dictamine que su último presidente, de cuyo nombre me niego a acordarme, no vulneró ninguna regla moral ni legal al fichar por la banca tóxica Goldman Sachs al rato de dejar su puesto en Bruselas, lo explica todo.

Un país muy triste

Que un partido como el PSOE, que no es decir cualquier cosa, se base en el miedo a la izquierda, a sus militantes y a los colegios electorales en general, también habla por sí solo. Que la táctica de los causantes de la conjura de Ferraz y de la debacle que causó fuese morir matando deja claro que los socialistas no están en manos de héroes sino de suicidas. Por serlo, presuntos salvadores como la presidenta de la Junta de Andalucía no tienen ningún futuro como alternativa de Gobierno a nivel nacional, tanto por lo que ha hecho como por lo que haría, dado lo similar que es su discurso al de los conservadores. Es lo que tiene envidiar al rival en vez de combatirlo, ya lo decía Erasmo de Rotterdam, cuya Alabanza de la estupidez acaba de reeditar Penguin en nuestro país: “La naturaleza ha inoculado en las entendederas humanas, sobre todo en las menos despiertas, la tendencia a estar insatisfecho con las cosas propias y a admirar las ajenas, y eso ocasiona que todos los talentos y calidades que adornan la vida se vicien y echen a perder”.

En cuanto a Mariano Rajoy, es imposible calcular si sabe dónde se ha metido, porque un gobierno en minoría es el infierno de un líder autoritario, que es lo que él siempre ha sido. Es difícil imaginarlo negociando nada con nadie, y de hecho su discurso en la sesión de investidura fue muy directo: no piensa abolir ni modificar ni una de las leyes abusivas que dictó y si alguien pretende recuperar un solo derecho de los ciudadanos, nos castigará con las mismas terceras elecciones que ahora consideraba una tragedia, que por otra parte son las que forzaría el PSOE en el mismo instante en que se sintiera capaz de ganarlas. A menudo, el patriotismo es la máscara de los caraduras, esos que con una bandera y las mismas tijeras con las que hacen los recortes, se fabrican un antifaz.

¿Será nuestro destino construir sociedades en las que, como escribió el ácido Erasmo de Rotterdam “los sabios van de la mano de la pobreza, el hambre y la oscuridad, y viven abandonados, desprestigiados y detestados, mientras a los estúpidos les viene el dinero a la mano, se les da el timón del gobierno y, en suma, prosperan en todo?" Esperemos que no, o al menos no durante toda la eternidad. Quizá para evitarlo no haga falta nada más que ponerse en pie, dejar de arrodillarse ante los becerros de oro y recordar para qué estamos aquí y por qué inventamos la democracia, que como diría Ortega, no es esto, no es esto.

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