Qué ven mis ojos

Los malos de la Puerta del Sol no estaban en la plaza, sino en el edificio de Correos

“Lo que lleva por delante el sinvergüenza no es la verdad, es sólo el parachoques”.

Hay diferentes clases de políticos, y la peor es la que forman quienes consideran que un cargo público es una propiedad privada. Para ellos, el despacho oficial es una prolongación de su oficina, los ciudadanos son sus empleados, cuando no su servidumbre, y el dinero de todos, el que tendría que destinarse a hacer, por ejemplo, escuelas, hospitales e infraestructuras o a pagar sueldos de funcionarios y pensiones, está ahí para su uso personal, lo pueden gastar sin límites, invertir en sus negocios, repartirlo con los parientes y los amigos o llevárselo en el doble fondo de la maleta a Suiza, Andorra o las Islas Caimán, con una única condición, que es repartir un poco entre los compañeros, utilizarlo para hacer campañas publicitarias, costear actos electorales, financiar ilegalmente al partido, comprar voluntades, gratificar o sobornar a quien haga falta y hacerse cargo de los gastos de los jefes, para tenerlos contentos. Y casi lo peor de todo, con ser espantoso porque además ocurre en el mismo país en el que desde que comenzó la crisis han sido desahuciadas entre seiscientas mil y ciento setenta mil familias, según quién haga la suma, o en el que cada año se les corta la luz a cuatrocientos mil hogares, no son los delitos que comete esa mafia envuelta en banderas y discursos patrióticos, sino que crean tener todo el derecho del mundo a llevarse el botín. O modelo Esperanza Aguirre, que dimite porque es inocente de todo, porque los suyos la engañaban, porque sus príncipes le han salido rana y las ranas se han convertido en monstruos de Frankenstein… Pero no porque ella hiciese nada mal ni tuviera conocimiento de los delitos que cometía la banda que comandaba.

Cuando uno ve hoy al antiguo presidente hereditario de la Comunidad de Madrid camino de la cárcel que según todos los indicios se ha ganado a pulso, detenido por la Guardia Civil y rumbo al calabozo en un furgón policial, no puede menos que acordarse de la violencia y la convicción con la que se enfrentaba a los periodistas que lo señalaban, las amenazas que salían de su boca, la prepotencia con la que advertía de las acciones legales que iba a emprender contra cualquiera que se atreviese a acusarlo de lo que, según todos los indicios, era: un simple ladrón, si es que en este país de las cosas al revés, aún se puede llamar algo por su nombre. En eso también se equivocó el PP: lo que en este país hace falta no es una Ley de Seguridad Ciudadana para atarle las manos a las personas normales, sino una que le pare los pies a los delincuentes que tenemos la inmensa desgracia y parte de la culpa de que nos gobiernen y, como por donde ellos pisan no vuelve a crecer la hierba, dejen tras de sí un paisaje como el que describe la poeta Dori Campos en su nuevo libro, Caja de musgo y dragones, recién publicado por la editorial cántabra A la Sombra de los Días: “Por la noche las alimañas muerden los paraísos. / Mañana, en los bordes comidos del terreno menguante, / las yemas de mis dedos tocarán la hierba y dirán: / eso tenemos.”

El gran problema, entre otros muchos, es que los desvalijadores que tendrían que perseguir los ministros del Interior, son a sus compañeros de viaje, son una o uno de los suyos, gente de la que dijeron en el pasado que eran la mejor alcaldesa de España, o el líder más honesto y de fiar, o el tesorero más fiel e intachable, mientras lanzaban mensajes apocalípticos contra las nuevas formaciones surgidas del 15-M, intentando que no nos diéramos cuenta de que aquí el peligro no es Podemos, sino el “hacemos lo que podemos” de Rajoy y los malos de la Puerta del Sol no eran los que estaban en la plaza, sino los que estaban dentro de la Real Casa de Correos. Su arma es el cinismo y por eso mientras golpeaban los atriles con el mapa de Venezuela enrollado, le vendían a Chávez el material antidisturbios con el que ahora Maduro reprime a la oposición en las calles de Caracas o el clan González, según sostiene la investigación que lo ha llevado entre rejas, untaba lo que hiciese falta al mismo Gobierno bolivariano contra el que luego clamaban como Júpiter tronante en los mítines, logrando contratos de manera fraudulenta y con fondos de la empresa pública Mercasa. Ver caer a individuos de esa ralea es un alivio, sobre todo porque hace concebir la esperanza de que tras ellos caigan los demás. En la prisión, no sé si González se arrepentirá de sus pecados, pero seguro que, como mínimo, sufrirá la nostalgia que explican en estos versos, para él premonitorios, de la obra de Dori Campos: “Nos salvamos, lejos de nosotros. / (…) La música del ático, alcanza a los ausentes.”

Sin embargo, ahora sabemos que el ministro de Justicia, Rafael Catalá, también le envió en mitad de la tempestad un mensaje al recién detenido: "Gracias Nacho. Un fuerte abrazo. Ojalá se cierren pronto los líos"; igual que hace unos días el segundo en el escalafón del Ministerio del Interior, el secretario de Estado de Seguridad, José Antonio Nieto, se reunió con el hermano de González, exactamente igual que el penúltimo dueño de esa cartera, el fatídico Fernández Díaz, se reunió con Rodrigo Rato y probablemente por la misma causa: porque los sospechosos y futuros convictos iban a exigirles que los defendieran, que no permitiesen semejante atropello. Es verdad que Rato podría haber citado a Fernández Díaz en una de las güisquerías donde según el sumario de su causa iba a gastarse el dinero de su tarjeta black de Bankia, pero el caso es que impuso su presencia en una sede oficial, y tanto entonces como ahora quienes le abrieron la puerta vienen a decir que ellos hablan con quien les parece. ¿Por qué? Pues porque creen que están en su casa y que hacen lo que les venga en gana. Otra buena pregunta es si alguien habló de irse de la lengua, de dar nombres, de arrastrar a otros al vacío. ¿Fue así? Vamos a dejar que lo imagine por nosotros y a su manera otro de los poemas de Dori Campos: “el primero que diga: / te doy el alma mezclado con el cuerpo / la manta blanca, para un frío que no cubre las manos, / estará preguntando ¿qué tienes tú? / Y te apuntará a los ojos / abrirá un territorio como un granero del mundo / al que se ha prendido fuego, / y uno de los dos no tendrá agua suficiente para salvarse.”

Se ha ido por tercera vez, y esta sí que será la vencida, Esperanza Aguirre, y lo ha hecho como se merece: sola y para alegría de propios y extraños; pero su puesto en el ministerio del cinismo lo parece haber heredado el ministro de Justicia, que acusa al PSOE de “unirse a los antisistema”, por dudar del jefe Anticorrupción del que duda todo el mundo. No, hombre, los que estáis destruyendo el sistema, a base de saquearlo, sois vosotros.

La pelea la ganó el árbitro

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