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Qué ven mis ojos

Recuerda lo que hoy dicen, porque luego lo negarán tres veces

Cuanto más lejos quieras llegar, más posibilidades tendrás de arrepentirte por el camino”.

La mentira tiene dos antídotos: los hechos y la memoria; por eso, en un país donde nueve de cada diez veces la política es lo que es y, sobre todo, lo que no debería ser, hace mucho que el as en la manga del periodismo es la hemeroteca, esa repetición de la jugada que sirve para desenmascarar con sus propias palabras a quienes tratan de engañarnos o se desdicen por interés, no por arrepentimiento: rectificar puede ser de sabios, pero también de hipócritas, depende de si lo haces para admitir un error o para inducir a él, porque quieres saber más o porque quieres que sepan menos. Se mire como se mire, echar tierra sobre un asunto, sea el que sea, te convierte en un enterrador.

Manipular o reescribir la memoria es uno de los sueños de los tergiversadores, los que son pillados con las manos en la masa y, en general, de cualquiera cuyo fin sea darnos gato por liebre y marcharse de rositas: yo no hice eso, no estaba allí, nunca he visto a esa persona que sale conmigo en la foto, jamás prometí algo parecido... Pan para hoy y hambre para mañana, ya que el otoño dura lo que tarda en llegar el invierno, como dice la canción de Sabina, y a esa gente la coartada de negarlo todo les dura lo que tardan en aparecer unas grabaciones de archivo en las que ellas o ellos mismos se delatan: ahí están su voz, su firma, su cara... Por la boca muere el pez, dice el refrán; todo lo que digas se podrá utilizar en tu contra, dice la justicia.

La ciencia nunca sabe para quién trabaja, los investigadores miran por sus microscopios y hacen pruebas en los laboratorios con el fin de encontrar un medicamento, una vacuna o una respuesta a los enigmas de la vida; pero a menudo sus descubrimientos se usan para lo contrario, para destruir, para hacer negocios sucios con la salud de la ciudadanía o, simplemente, para matar. Con esos antecedentes, me pregunto dónde vamos a ir a parar cuando lo que pasaba en las novelas y las películas de ciencia-ficción suceda en la realidad y se puedan tachar los recuerdos, o se les pueda sustituir por otros, algo que casi está aquí: en el año 2013 ya se había experimentado con la optogenética, una técnica que permite activar o desactivar células usando la luz, y con la que se logró crear falsos recuerdos en las cobayas. Ahora, los neurocientíficos de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) afirman haber transferido recuerdos de un animal a otro, tras inyectarles ácido ribonucleico y someterlos a pequeñas descargas eléctricas. Y es para echarse a temblar, porque si lo que ahora hacen muchos cargos públicos en cuanto pintan bastos, dándole la vuelta a sus discursos, haciéndose pasar por otros, desmintiendo su propio historial o intercalando amenazas y publicidad subliminal en sus declaraciones y sus campañas, llega un momento en que puedan hacerlo con una pastilla, que Dios nos pille confesados.

Por lo que pueda pasar, cuidemos nuestras hemerotecas igual que si fuesen lo que son: un tesoro. Que luego, hay un mundo de distancia, por ejemplo, entre hacerse una foto con el Acuarius y ordenar desde un ministerio que se expulse en caliente a los inmigrantes que saltan por las malas la frontera; o de ondear a los cuatro vientos la bandera de la democracia y a continuación ponerle trabas a sacar los restos de un dictador del vergonzoso monumento que se hizo a sí mismo, porque el Funeralísimo inventó el selfie, aunque fuera de piedra: el Valle de los Caídos; y también quiso inventar un nudo imposible de deshacer, aquel que le llevaba a alardear de haberlo dejarlo todo atado y bien atado. Se equivocaba, esa cuerda la cortamos entre todos, y como mucho se puede decir que quedaron y quedan algunos cabos sueltos. Pero, en cualquier caso, ahora que comienza un nuevo curso informativo, está bien que apuntemos lo que dicen unos y otros de cada cosa, porque mañana lo negarán tres veces. Si lo recordamos muchos, no podrán hacérnoslo olvidar a todos.

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