Qué ven mis ojos

Si no hay desigualdad no les cuadran las cuentas

“No confundas ser libre con poder elegir de quién ser prisionero".

Los dos inventos más dañinos del ser humano son las fronteras y el dinero, dos tipos de muro, uno visible y otro oculto, que sólo valen para separar, para dividir a los habitantes de este planeta redondo pero lleno de esquinas entre los que tienen derechos y los que no; para hacer que unos pocos disfruten de casi todo y el resto malviva; para dar lugar a unas sociedades en las que el único pasaporte de curso legal es la tarjeta de crédito: si la tienes, pasas; de lo contrario, te quedas del lado de la miseria, detrás de las alambradas de espino. En un momento en el que tanto se habla de líneas rojas, sería magnífico no olvidar que las peores de todas ellas son las que se trazan con sangre.

El dinero, además, es una potente droga, un veneno que nubla la razón, afila los defectos y carcome la moral. Por él la gente hace lo que no haría por ningún otro motivo, acabamos de ver cómo un padre estafaba, según todos los indicios, a ciudadanos y periodistas de nuestro país, utilizando a su propia hija enferma como reclamo; y a menudo nos cuentan historias de personas que se enemistan o pelean a cara de perro y durante años por una herencia: hermanos unidos que dejan de hablarse por el reparto de una casa familiar; vecinos que se odian por unas tierras que unos y otros ambicionan; matrimonios que se rompen y convierten sus propiedades en metralla… Si lo miras desde ese ángulo, lo que ocurre en la política es exactamente lo mismo: en cuanto los aspirantes terminan sus discursos y los llevan en un coche oficial a sus despachos, ven brillar las monedas y se vuelven ciegos. Una de las ranas de la charca navegable de Esperanza Aguirre, el exsecretario general del PP de Madrid y actual preso por delitos económicos, Francisco Granados, abrió su primera cuenta en Suiza sólo dieciséis días después de ser nombrado alcalde de Valdemoro. Ya se ve a lo que iba y cuál es la idea que algunos tienen de para qué sirve ocupar un cargo institucional en España. “Subo a las montañas, / doy la espalda al resto. / (…) Subo a las montañas / (…) para alcanzar la cima y regresar, / como quien se entrena para ser contrabandista”, dice el escritor italiano Erri de Luca en uno de los textos de Sólo ida. Poesía completa, que acaba de publicar la editorial Seix Barral.

Si aquí y ahora nos preguntaran qué no tienen nuestros políticos, es muy probable que la palabra más repetida fuese vergüenza. Nada raro, en un lugar donde la corrupción nos cuesta ochenta y siete mil millones al año, quinientos euros de media a cada español, aunque a ellos les salga más barato porque en las urnas les hacen un descuento que les sirve para continuar en La Moncloa. El saqueo y los abusos han sido el pan nuestro de cada día, y se pueden poner tantos ejemplos que no hace falta recurrir a ninguno en especial: basta con echar mano del que haya salido esa mañana en los medios de comunicación. Ayer, sin ir más lejos, se hablaba del presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, que no sólo acaba de ser reelegido por todo lo alto para volver a ocupar su puesto, sino que los analistas se refieren a él, frecuentemente, como uno de los candidatos más firmes a suceder a Mariano Rajoy al frente de su partido. La noticia era que justo en estos instantes en los que se vuelve a hablar de moderación salarial, de ajustes, de la rotura de la hucha de las pensiones, del enfado de la patronal por la subida del sueldo mínimo y de la forma en que los dioses de Bruselas no aprietan pero sí que ahogan, exigiendo otro recorte inaplazable de casi ocho mil millones, el jefe de la Xunta se suba el sueldo un 7,5%, aumente su nómina hasta los 73.000 euros y, para que los árboles no dejen ver el bosque, haga lo mismo con sus consejeros. ¿Las inversiones en su región tendrán un incremento comparable? Parece difícil, cuando a nivel nacional el PP y Ciudadanos ya le han quitado 1.150 millones a la partida de los Presupuestos que iba a destinarse a ayudas sociales, que se anunció que sería 5000 y será de 3.850; pero cuando no ocurra, tampoco pasará nada, porque da la impresión de que nos hemos instalado en un territorio donde los engañados no le piden cuentas a los que mienten, sino que los disculpan, los mantienen a flote, los amnistían, les defienden, les votan... Tal vez es que nuestro sentido de la justicia y nuestra piedad la reservamos para todo aquello que no nos incumbe, preferimos mirar a lo lejos que alrededor, tal y como viene a decir en otro de sus poemas Erri de Luca: “Lágrimas en el cine: / en la ficción, naufraga el Titanic. / En casa, los ojos están secos, / la pantalla es más pequeña, / y en el Mediterráneo se hunden las barcazas. / El fondo no es profundo, unos sesenta metros, / no es necesario un abismo para llegar hasta allí. / Lágrimas en el cine, / el pasado es poético; / el presente, un mar de ahogados negros / como el Nilo de los hebreos recién nacidos / ahogados por el rey y por la misma razón que tenemos nosotros: / el temor del número.”

Va a ser eso, que no creemos en lo que nos pasa sino en lo que nos dicen. Si hasta nos parece bien que el tres en uno del Congreso tome decisiones sobre los trabajadores sin reunirse, siquiera por simple cortesía, con los sindicatos. Si el paro ha subido mientras ellos colocan a los suyos a la Fernández Díaz o a la Wert, siguen proclamando la recuperación y buscan nuevas formas de meter tijera, porque son insaciables y están seguros de que aún les queda mucha tela que cortar. Si este diciembre miles de refugiados se morirán de frío a la intemperie o dentro de una tienda de campaña, mientras las cenas de Nochebuena se calientan en nuestros hornos y en lugar de culpables nos sentiremos víctimas a las que esa gente trataba de invadir y ha habido que pararles los pies por lo militar. Si hasta la propia Esperanza Aguirre ahora resulta que se preocupa por los cortes de tráfico en Gran Vía y dice que sólo buscan “destrozar las Navidades” y que va a poner una denuncia al ayuntamiento. Y a ella qué más le dará: si sale a comprar, aparca el coche enfrente de la tienda y le dan el alto los municipales, pues se da a la fuga, arrolla la moto de la policía y santas Pascuas. Es que algunos no tienen remedio y creen que la limosna es una clase de solidaridad, tal vez porque de tanto acumular dinero han terminado por confundir el corazón con la billetera. ¿Y de dónde sale todo lo que les sobra? Pues de lo que les falta a los demás. La única forma de que les cuadren las cuentas es que continúe la desigualdad. En eso es en lo que están trabajando.

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