Plaza Pública

Reflexiones sobre la revolución en Venezuela

Luis Fernando Medina

Estimado Compañero Carlos Del Puente:

Por fin tengo la oportunidad de responder a tu mensaje en el que me preguntabas mis opiniones acerca del proceso político de tu país. Como verás, he decidido exponerlas bajo un título similar al que usó Edmund Burke. No soy tan brillante como Burke pero siempre quise, como él, usar el género epistolar, con la libertad argumentativa que permite, para discurrir sobre un país del que uno no es experto. El problema es que tú no existes. Pero eso se resuelve fácilmente: te puedo inventar. A partir de este momento, para cualquier lector eres tan de carne y hueso como Charles Du Pont, el corresponsal a quien iba dirigido el ensayo de Burke. No me lo agradezcas. Antes sospecho que terminarás odiándome por eso.

Resumiré mi actitud ante la revolución venezolana echando mano de otro caso relacionado con la Revolución Francesa. Se cuenta que Hegel, aún en los últimos años de su vida, hacía un brindis todos los 14 de julio en honor a la Revolución Francesa. Hegel conocía muy bien el drama de la vendée y los excesos del terror pero creía que dicha revolución había generado simultáneamente ímpetus y lecciones para la causa progresista.

Espero que no te ofendas si te hago una confesión: a mí Chávez a veces me crispaba. Nunca me terminaron de gustar muchos aspectos de su estilo, especialmente sus ademanes militaristas. Además, contrariando mi optimismo inicial, el presidente Maduro me ha decepcionado. Al parecer está fallando en su tarea fundamental que es consolidar, estabilizar e institucionalizar el proceso más allá del personalismo.

La astucia de la razón

Pero más allá de sus defectos, Chávez fue, y espero que me perdones otra referencia más a Hegel, un instrumento de la "astucia de la razón" que con sus actos contribuyó a vigorizar y clarificar un proceso histórico (en su caso el socialismo), que trasciende los confines del país que le cupo en suerte.

Entro a Google, escribo “fracaso del socialismo del siglo XXI” y me encuentro con más de dos millones de resultados. El veredicto de Internet es contundente: para los socialistas el siglo XXI, que solo lleva 14 años, ya se acabó. Pero ese veredicto considera a Venezuela un "modelo," un producto listo para admirar o aborrecer cuando en realidad lo llamativo del proceso venezolano, su significado para el socialismo, es su dinámica.

Detengámonos un momento en el concepto de "modelo". El socialismo es heredero de la Ilustración y, como tal, apela a la razón humana universal. Es decir, el socialismo aspira a convencer. Como el socialismo propone un cambio tan profundo en la sociedad es normal que la gente se muestre escéptica y que, antes de abrazarlo, exija que le muestren un modelo que funcione.

El capitalismo nunca tuvo ese problema sino que fue surgiendo a lo largo de siglos sin necesidad de convencer a nadie. Se fue extendiendo por Europa y luego por el resto del mundo, a veces lentamente, a veces por la fuerza, con dictaduras, con masacres, con miserias, con hambrunas, con lo que fuera sin que tuviera que estarse sometiendo a exámenes. Ni siquiera tuvo que ofrecer un solo modelo sino que surgieron varios capitalismos, cada uno amoldado a su tiempo y lugar.

A los socialistas en cambio siempre se nos pide que mostremos un modelo para poder convencer. Pero esto nos coloca en una situación paradójica. Como en cualquier país las élites políticas y económicas conocen bien el arte de la supervivencia (si no, no serían élites), los sitios en los que se producen modelos de socialismo son precisamente los menos indicados para servir de ejemplo. Por definición, cuando un país atraviesa una revolución es porque sus estructuras políticas y económicas se han resquebrajado tanto que ya ni siquiera las élites que habían logrado sostenerlas por décadas son capaces de contener la avalancha.

¿Se te ocurre un sitio menos propicio para experimentar con nuevas formas de sociedad que la Rusia de 1918, un país exhausto por la Primera Guerra Mundial? De pronto sí: la China de 1950 que acababa de sufrir los desastres de la invasión japonesa y del gobierno de Kuomintang. Es como si a un laboratorio farmacéutico le dijeran que solo puede hacer las pruebas de una droga con pacientes en estado terminal, aquejados de quién sabe cuántas otras dolencias, a quienes están viendo toda clase de médicos, hechiceros y brujos y sin siquiera tener control sobre la administración del medicamento sino teniendo que dejar que sea el carnicero de la esquina el que determine la dosis.

Venezuela fue uno de los países con peor desempeño económico durante las últimas décadas del siglo XX en América Latina. A mediados de siglo superaba económicamente a España e Italia (y atraía migrantes de ambos), pero para el año 2000 su PIB era un tercio del de aquellos dos países. El fin del bipartidismo venezolano fue ignominioso. Dos partidos que sumados siempre habían obtenido más del 90% de la votación, para la elección de 1998 (primera victoria de Hugo Chávez) tratan de salvar los muebles en una coalición que a duras penas les granjea el 40% de los votos; era solo el comienzo de un declive con pocos paralelos en la historia de las democracias modernas.

Alguien podría decir que se trataba de condiciones muy auspiciosas para comenzar un experimento revolucionario socialista. Con los representantes del Ancient Regime totalmente deslegitimados, con el precio del petróleo ad portas de una escalada sin precedentes, Hugo Chávez podría haber producido desde el socialismo el milagro que no pudo crear Carlos Andrés Pérez desde la socialdemocracia. Esto es parcialmente cierto. Pero una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta transformar una sociedad. Desde el punto de vista puramente electoral, Chávez tenía todo a su favor y encadenó varias victorias clamorosas. Pero para construir una sociedad socialista no basta con ganar elecciones. Es ahí donde el deterioro de la IV República y el malestar generalizado de la sociedad venezolana han sido obstáculos para el socialismo en tu país.

Chávez llegó al poder con una agenda ideológica bastante difusa. El giro decisivo hacia el socialismo solo ocurre después del intento de golpe del 2002, cuando ya se ha puesto en evidencia la enorme fractura política del país y teniendo como telón de fondo el caos económico resultante de la huelga petrolera. Por lo tanto, al tiempo que acometía el proyecto de transformación socialista, o para ser más exactos, los proyectos ya que, como veremos, existen varios, el gobierno de Chávez, movido por la lógica de la supervivencia política en un contexto de polarización, terminó echando mano de maniobras que no obedecían a ningún diseño ideológico definido.

Casi siempre esas maniobras han tenido consecuencias negativas para el país y para el movimiento socialista pero tal vez debamos aceptar, con el rigor y la frialdad del analista político, que dieron los resultados esperados: el chavismo sigue en el poder. Como era necesario prevenir un golpe militar, el gobierno cooptó al Ejército, dándole todo tipo de dádivas y aumentando su injerencia en la vida civil.

Como había que mantener la cohesión del partido ante el aluvión de políticos que venían de otras partes, se generó una permisividad ante la corrupción que se compara, y de pronto supera, a la de la IV República. Como el gobierno no se podía enfrentar simultáneamente a todo el empresariado venezolano y no se podía tocar el consumo suntuario, optó por políticas cambiarias ineficientes a cuya sombra se enriquecen los importadores mientras languidece la producción. Como los sectores más calificados de la tecnocracia (la mayoría, como era de esperarse, inherentemente reaccionarios) hace mucho dieron el portazo, el gobierno echó mano de personal técnico de menor calificación, deteriorando la calidad de la toma de decisiones en el sector público.

Podría seguir enumerando las letanías pero todas apuntan a una misma dirección: las decisiones de corto plazo del chavismo han dañado las condiciones de gobernanza que se necesitarían para avanzar hacia el socialismo. Se repite la maldición: para desarrollarse, el socialismo necesita, como cualquier otro sistema, condiciones de buen gobierno pero llega al poder justo en los lugares donde éste más escasea.

ímpetus y lecciones de la revolución

Seguramente ya te estás preguntando qué es lo que hallo de admirable en la revolución venezolana. Te repito lo que dije atrás: los ímpetus y las lecciones que ha generado.

Comencemos con los ímpetus. A comienzos del siglo XXI, cuando el socialismo se encuentra en el peor estado de postración de su larga historia, un jefe de Estado, ni más ni menos que en un país petrolero en la esfera de influencia de la gran superpotencia mundial, se declaró abiertamente socialista. Con ese solo gesto sacó a las fuerzas socialistas de su país (y de otros rincones del planeta) del estado catatónico en que se encontraban.

Al hacerlo, y con esto ya me adentro en las lecciones que deja Venezuela, Chávez cortó dos nudos gordianos a los que siempre se ha enfrentado el socialismo. Lo hizo sin academicismos, con la vocación práctica del hombre de acción, del paracaidista que era.

El primer nudo gordiano se refiere a los medios. Toda biblioteca socialista está llena de volúmenes discutiendo el dilema entre acción parlamentaria y movilización social o, para usar la jerga en boga, entre el cambio "desde arriba" o "desde abajo". Chávez superó este dilema creando un movimiento electoralmente exitoso, que le permitió llegar a las cúspides del poder, pero al mismo tiempo ese movimiento se ha activado en la base creando experiencias de participación y gestión para muchos sectores históricamente excluidos.

El segundo nudo gordiano se refiere a los fines. Desde el final de la Nueva Economía Política en la Unión Soviética en 1929, cuando Stalin dio el timonazo definitivo hacia la planificación central, el socialismo se ha debatido entre el estatismo y el cooperativismo. Con buen criterio, Chávez nunca implantó en Venezuela el pleno control estatal de la economía. Desde 1989 ya quedó bien aprendida la lección de que eso conduce al estancamiento económico, la corrupción administrativa y el autoritarismo político y que toda sociedad moderna, socialista o no, debe darle un vigoroso papel a los mercados. En su lugar, el gobierno de Chávez combinó elementos de estatismo con intentos por vigorizar el sector cooperativo y autogestionado de la economía.

Los resultados distan de ser perfectos. El sector estatal ha acumulado notorias ineficiencias, especialmente preocupantes en PDVSA, centro neurálgico de la economía venezolana. El sector cooperativo, a pesar de los múltiples esfuerzos del gobierno, aún representa menos del 2% del PIB, aunque hay que anotar que esto representa un enorme crecimiento comparado con la situación previa. Aunque Venezuela es el país que más cooperativas construye en el mundo, también es el que más cooperativas destruye.

Pero, una vez más, la dinámica de este proceso es aleccionadora. En lugar de sentarse a esperar a que los diversos sectores socialistas se pusieran de acuerdo sobre cuál era el camino correcto (lo cual nunca iba a ocurrir), Chávez echó a andar, nacionalizando algunas empresas (demasiadas para mi gusto personal, pero eso es otro asunto) pero a la vez fomentando cooperativas, comunas, empresas de control obrero y demás, dejando que fuera la dinámica de los acontecimientos la que dictara el resultado final.

Dicho de otra manera, Chávez demostró, a veces sin proponérselo, a veces a través de sus errores, que si el socialismo quiere sobrevivir en el siglo XXI tiene que aceptar dos verdades contundentes. La primera es que el socialismo no se instala sino que va evolucionando. Ninguna sociedad se va a volver socialista durante un solo gobierno, no importa cuán popular. Está bien impulsar el socialismo desde el poder, pero la transformación tiene que ocurrir también en la base, en la medida en que los ciudadanos vayan ganando, ocupando y, por supuesto, disfrutando de espacios para desplegar su propia iniciativa, que es al fin y al cabo uno de los fines últimos del socialismo. La segunda es que en casi cualquier país del mundo los socialistas somos minoría.

Las mayorías no socialistas lo que quieren es simplemente pruebas tangibles de que cuando los socialistas gobiernan su calidad de vida mejora. Los socialistas debemos cultivar tanto la poesía de la movilización como la prosa del gobierno. Los debates ideológicos pueden tener su lugar a la intemperie de las derrotas pero cuando llega el momento de gobernar, hay que empezar a ejecutar. Aunque como ejecutor dejaba mucho que desear, Chávez fue capaz de ofrecer mejoras a un segmento importante de la población venezolana, que se lo recompensó muchas veces en las urnas.

Se acerca el primer aniversario de la muerte de Hugo Chávez. Su país se enfrenta a una coyuntura muy delicada. Muchos de los problemas que él dejó sin resolver se han agudizado y el futuro de Venezuela es incierto. Aún así, si para ese día estás por aquí, te invito a que hagamos un brindis en su nombre. Podemos buscar algún vino alemán que es lo que seguramente tomaba Hegel.

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Luis Fernando Medina es Investigador del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales del Instituto Juan March, realizó el doctorado en Economía en la Universidad de Stanford, ha sido profesor de Ciencia Política en las Universidades de Chicago y Virginia (EEUU) e investiga temas de economía política, teoría de juegos, acción colectiva y conflictos sociales. Es autor del libro A Unified Theory of Collective Action and Social Change (University of Michigan Press, 2007).

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