El PP no puede presumir de coherencia en las guerras abiertas en Oriente Medio ni de haber conseguido colocar a España en primera línea de política internacional durante sus mandatos. Aznar lo hizo en el lado equivocado de la historia; Rajoy, en la irrelevancia. En las filas del PP habrá quien reste importancia a cómo Aznar arrastró a España a la guerra ilegal en Irak. Veinte años después, Tony Blair pidió disculpas por su papel —por los errores de inteligencia y la profunda tragedia humanitaria—; George Bush aceptó su responsabilidad en la información falsa que sirvió para justificarla; y Aznar, ahí sigue, solo, con los pies sobre la mesa. Con este historial, el PP debería haber leído mejor lo que sucede en Irán, una guerra de coordenadas más fáciles de interpretar. Es ilegal, fuera del marco de la ONU y, por tanto, descolgada de los tratados europeos, sin planificación y de espaldas a sus aliados. Que el desastre ya está aquí se mide en la comparecencia del presidente a un día de tener que aprobar un escudo social de 5.000 millones de euros.
Pedro Sánchez acertó al escanear con rapidez, coherencia y precisión las coordenadas de Trump y Netanyahu sobre Irán, y colocó un “No a la guerra” disruptivo desde las primeras horas. Un “No a la guerra” ganador que atravesó Europa y Estados Unidos en cuestión de horas. Emmanuel Macron, Georgia Meloni, Friedrich Mertz ya están ahí. El diagnóstico es tan claro que la comparecencia de Sánchez podía haber servido al PP de plataforma para Feijóo. Podía haber aprovechado el foco del monográfico sobre Irán para explicar de una vez las líneas estratégicas en política exterior del aspirante a presidente. Lejos de eso, Feijóo ha dejado escapar otra oportunidad. Ver al PP difundir el “No a la guerra” ya es una capitulación: un reconocimiento a Sánchez. Ese es el lema y el lugar. El “No a la guerra y no a usted” reconoce el acierto; y el “no a usted”, por repetitivo, queda en sordina.
Es casi ridículo el intento de vincular a Sánchez con los grupos terroristas en Irán. De las seis horas de comparecencia sobre lo más importante que mantiene al mundo en vilo, Feijóo destaca en X su apuesta por una frase: “Difícilmente puedes personificar la paz si la propaganda iraní estampa tu cara en misiles”. De nuevo, el subconsciente habla: un reconocimiento implícito de cómo Sánchez, en esa némesis de Trump, ha sabido erigirse en esa resistencia global. Feijóo ha perdido una oportunidad de ocupar la agenda del Gobierno con la suya propia: explicar la posición del PP, grupo mayoritario en Europa. Alejarse del error de los primeros días, cuando defendieron que lo ilegal era legítimo. En su indefinición, a la victoria dialéctica y política de Sánchez se suma cómo le compromete Santiago Abascal.
Ver al PP difundir el “No a la guerra” ya es una capitulación: un reconocimiento a Sánchez. Ese es el lema y el lugar. El “No a la guerra y no a usted” reconoce el acierto; y el “no a usted”, por repetitivo, queda en sordina
El PP tiene que explicar por qué no exige a Vox romper su alianza estratégica con Viktor Orbán. ¿Cómo pretende gobernar con un partido que en Europa pertenece al grupo del autócrata húngaro? ¿Cómo es compatible defender a Ucrania y tener a su socio en la mesa de Orbán? Si tanto preocupa al PP la posición de España, ¿en qué lugar queda si su aliado de gobierno va a lomos del caballo de Troya de la UE y del movimiento ultra global capitaneado por Trump? Hungría ha bloqueado las ayudas a Ucrania, está acusada de espiar para Rusia y defiende en Europa la agenda MAGA.
Mientras Vox se impone en los pactos autonómicos, coloca su decálogo de medidas ultras y arrebata consejerías y vicepresidencias, enfrente tiene un PP sin exigencias ni victorias sobre su socio menor. Los autores del “gobernar a cualquier precio” no le han pedido que rompan con el seguidismo trumpista y el ultra antieuropeo de Orbán. Una incompatibilidad democrática que el PP tendrá que abordar pronto.
Sobre lo material y la respuesta inmediata, si al PP le faltan medidas anticrisis en el escudo social —que faltan— tiene una decena de gobiernos autonómicos para ampliarlas. Las comunidades del PP tienen competencias de sobra para desplegar sus escudos en forma de decretos leyes. Ampliar las ayudas a transportistas, hosteleros, agricultores. Y de momento, ni uno. Es paradójico que Junts haya sido más responsable y transparente que el PP con el escudo anticrisis. Míriam Nogueras ha dado el sí hace días. Feijóo ha preferido callar. Y ocultar el voto es como reconocer que se vota una cosa en el Congreso para decir otra en público.
En esta convulsión geopolítica a la que nos arrastra Trump, se sabe dónde está el PSOE. ¿Y el PP cuándo lo explicará a fondo? Si está en el mismo sitio, ¿no tiene nada que decirle a Abascal?
El PP no puede presumir de coherencia en las guerras abiertas en Oriente Medio ni de haber conseguido colocar a España en primera línea de política internacional durante sus mandatos. Aznar lo hizo en el lado equivocado de la historia; Rajoy, en la irrelevancia. En las filas del PP habrá quien reste importancia a cómo Aznar arrastró a España a la guerra ilegal en Irak. Veinte años después, Tony Blair pidió disculpas por su papel —por los errores de inteligencia y la profunda tragedia humanitaria—; George Bush aceptó su responsabilidad en la información falsa que sirvió para justificarla; y Aznar, ahí sigue, solo, con los pies sobre la mesa. Con este historial, el PP debería haber leído mejor lo que sucede en Irán, una guerra de coordenadas más fáciles de interpretar. Es ilegal, fuera del marco de la ONU y, por tanto, descolgada de los tratados europeos, sin planificación y de espaldas a sus aliados. Que el desastre ya está aquí se mide en la comparecencia del presidente a un día de tener que aprobar un escudo social de 5.000 millones de euros.