Segunda vuelta

Olvidarse de la derecha para poder gobernar

Pilar Velasco

Ahora que han pasado los tsunamis de las elecciones catalanas y madrileñas, ahora que estamos en el aniversario in memoriam del 15M, ahora que la coalición de Gobierno comienza otro ciclo, que algunos dejarán de gritarnos durante unos días, reconozcámoslo: corremos peligro de no salir de un bucle en el que solo votamos contra el otro. Votamos por miedo a que nos roben un estilo de vida, un modelo de convivencia y los derechos que lo garantizan. Y esto, más que necesario, es también a lo que nos arrastra la ultraderecha, desde las dichosas campañas polarizadas, al coste de que sea imposible pensar a medio plazo.

En enero de 2014, cuando nació Podemos, se materializó la representación de quienes, sin permiso, llegaron para abrir algunos debates sobre consensos sociales resquebrajados en las últimas décadas. De esos asuntos de Estado se hizo rápidamente un tapón de Estado. Contra esa resistencia llegaron las confluencias territoriales. Manuela Carmena al frente de una lista heterogénea de jóvenes de Podemos, IU, activistas y plataformas ciudadanas. Llegó Más Madrid. Más País. Incluso Ciudadanos. Y en lo nacional cuajó una coalición de Gobierno. Ninguno de estos procesos ha sido fácil. Les hemos visto nacer, dispararse, crecer, estrellarse, transformarse, morir. Volver a levantarse.

Todas estas propuestas deberían servir para transformar los dichosos debates pendientes: paro juvenil, modelo territorial, encaje catalán, reforma constitucional, la España rural, modelo productivo, precariedad laboral, los cuidados, nuestro lugar en Europea, en el mundo, en nuestras ciudades. Mientras, en lugar de abordar esa conversación colectiva, los partidos de siempre y los recién llegados llevan seis años sumidos en procesos electorales encadenados para hacerse más fuertes en hegemonía. Sin tiempo ni espacio para hablar. Para definir un rumbo y menos señalar el vuelo. Y todo con un PP que se niega a cumplir con su obligación parlamentaria de hacer oposición o a comportarse como un actor medianamente normal en su convivencia con los otros.

En este contexto, nos estamos quedando atrapados en los dichosos marcos. “Comunismo o libertad” versus “fascismo o democracia” han sido los últimos reduccionismos que nos han levantado media campaña madrileña a costa de la auditoría de la gestión, de la que prácticamente solo hemos escuchado a Más Madrid y a los medios, con mención especial a la serie de Infolibre que le ha puesto números a las políticas de Ayuso.

Así que, mientras, donde debería haber conversación colectiva tenemos crispación. Y trituramos líderes y partidos a una velocidad inusitada. Que Pablo Iglesias hace un mes y medio fuera vicepresidente; que el desaparecido Ciudadanos hubiera podido gobernar Madrid hasta hace nada, supone que ningún protagonista actual puede poner la mano en el fuego por cómo y cuándo acabará su tiempo. Los actores de hoy van con la lengua fuera mientras los José Bono, Aznar, Felipe González o Margallos se pasean por los dúplex televisivos o conferencias exponiendo sus grandes soluciones y su tiempo en pause desde el que se regodean mirando desde arriba.

Vivimos en la teoría y el tempo del caos sin que este país se lo pueda permitir. Que Ayuso y su discurso ganen por mayoría arrolladora no borra los problemas ni siquiera para los votantes del PP.

A la vez, el hundimiento del PSOE en Madrid, por más que señalen a la Moncloa como responsable de una campaña errática, que también, pone en evidencia cómo no han sabido leer casi nada de lo que pasa en la comunidad. Y no saber leer Madrid es no saber leer el futuro, que me perdonen a los que aburrimos hasta la tortura hablando de lo mismo. Esta aceleración histérica y dejar pasar el tiempo nos aleja de las tendencias progresistas que están liderando tanto Joe Biden en Estados Unidos como los verdes en Alemania.

El proyecto de Gabilondo, con todo el respeto a la entereza personal y ética del profesor-filósofo-político, es viejo. La lista no tenía coherencia, no había un programa elaborado basado en la vivencia orgánica de los problemas de la región líder en desigualdad de Europa. Una mujer a la que admiro y preferirá no ser citada me resumía la campaña: “No entienden las nuevas políticas y los nuevos retos globales a los que hay que dar soluciones. La polarización del voto es una consecuencia de esa desilusión personal y profesional que existe hoy en el mundo”. Decir esto, y salir del marco de Vox, se hubiera entendido mejor. Incluso reconocer que no se tienen soluciones y hay que buscarlas.

Que los dos partidos a la izquierda del PSOE sumen más en votos y representación dice mucho. Que las tres fuerzas políticas de izquierdas se queden lejos de alcanzar al recién consolidado ayusismo, también. Con la sensación de que la pandemia y la crisis sanitaria estará controlada en cuestión de meses, Madrid ha dado el pistoletazo de salida para la campaña de las generales. El Gobierno por un lado, las marcas de izquierda por otro, tienen razones para repensar toda una agenda para los próximos dos años. Seguir dándose de cabezazos con la derecha está claro que no es la solución.

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