Su sectarismo y ‘los otros’

Utilizamos términos que no siempre está claro en qué se traducen, cómo aterrizan en tu vida y la mía. Ahora, con una claridad meridiana, hemos materializado el sectarismo y cómo se construye contra el otro. No es la polarización, ese término tan manido y mal utilizado, es peor: el uso de la política contra el diferente, el que no piensa como tú, el que no está contigo. 

Mientras despedimos a Almudena Grandes, hemos presenciado atónitos una respuesta mediocre en lo humano, personal y político sin precedentes en la derecha contemporánea. El silencio, la falta de un pésame oficial y el negacionismo para reconocer la figura universal de la escritora por parte de Almeida y Ayuso ha traspasado una línea inédita. Ya no es cosa de Vox, es el PP, el partido mayoritario en Madrid, tornado de todas las derechas.

Ambos han cruzado un límite que no habían traspasado antes los suyos. Soraya Sáez de Santamaría fue a la capilla ardiente de Santiago Carrillo a abrazar a su mujer y sus hijos. El propio Carrillo llamó a la familia de Fraga cuando éste falleció. Alberto Ruiz-Gallardón ofreció nombrar al Centro Cultural de Colón Teatro Fernando Fernán Gómez el mismo día que murió. Y todavía recuerdo el cariño de Esperanza Aguirre en las últimas horas de Carlos Llamas, implacable con la entonces presidenta de Madrid ante el micrófono, dolorosamente humanos ambos en la despedida. Este consenso, trasladar el cariño y el pésame a la familia y amigos de quien nos deja, no hacía falta hablarlo. Era un consenso tan tácito que no era ni consenso. 

¿Qué beneficio político tiene este sectarismo intelectual? ¿Qué puede compensar una mezquindad de tal tamaño? La decisión de no dar el nombre de una biblioteca a Almudena Grandes y nombrarla Hija Predilecta de Madrid no afecta en lo más mínimo a su inmensa carrera. Ni siquiera a sus lectores, también muy por encima de la pequeñez del alcalde y la presidenta. La respuesta de los máximos representantes del PP madrileño preocupa por cómo puede extenderse de arriba abajo. Porque si esto lo hacen a plena luz del día, a costa de una reprobación unánime, qué no harán con la gestión de las políticas cotidianas que afectan a ciudadanos anónimos que no les han votado. Aquellos que manifiestan la sana y democrática discrepancia con quienes están al frente de Madrid.

Como hicieron Carmen Laforet, Gloria Fuertes o Carmen Martín Gaite, Almudena Grandes nos ha regalado una penúltima lección. Con su emocionante despedida, hemos recordado que la cultura nos salva y nos protege

Con el pacto de presupuestos, Ayuso lo ha vuelto a decir: Hay que gobernar especialmente para quienes cooperan con el Gobierno. Y ha dejado por escrito el bloqueo a la oposición, de quienes no aceptarán una sola enmienda. Una perversión de la representación democrática. A Vox no le hace falta gobernar para que sepamos cómo nos afectarían sus decisiones. Ya lo hacen. Han tumbado la declaración institucional del Congreso por el Día Mundial del Sida como lo hicieron con la declaración institucional contra la violencia machista. Llegados a este punto, no importa si el PP se ve o no arrastrado por la ultraderecha. Su condescendencia parlamentaria, sus propias decisiones, sus pactos de gobierno y presupuestos, traducen en gestos y políticas la exclusión del otro.

Este retrato que han mostrado de sí mismos tiene un contexto y tiene una estrategia. Mientras posiciones políticas más duras se van arrepintiendo y mostrando gestos —léase la izquierda abertzale reprobando los homenajes a etarras—, Casado no ha sido capaz de lanzar una condena enérgica al franquismo tras asistir, asumamos que por error, a una misa por Franco. O se atreven a cuestionar sin pudor la lucha contra ETA de los socialistas vascos en un intento ruin por resignificar el presente. 

A esa actitud contra el rojo, su obsesión guerracivilista por diferenciar a unos ciudadanos de otros, lo llaman confrontación. No es la polarización. Aunque numerosas voces sugieran que ambas partes tienen la culpa, igualando a los partidos de izquierdas con aquellos ultras a los que Europa intenta poner freno. “Seamos realistas: no tendríamos una crisis democrática si no fuera por el Partido Republicano", ha escrito la periodista Jennifer Rubin. En España es calcado, no tendríamos una crisis democrática si el PP no metabolizara a Vox mimetizándose. La democracia no muere en la oscuridad, como reza la cabecera del Washington Post, lo hace cuando normalizamos estas políticas, estas expresiones de revancha y exclusión. 

Como hicieron Carmen Laforet, Gloria Fuertes o Carmen Martín Gaite, Almudena Grandes nos ha regalado una penúltima lección. Con su emocionante despedida, hemos recordado que la cultura nos salva y nos protege. Nos cuida de estas actitudes incívicas y reaccionarias. Nos abraza y nos eleva de quienes no saben estar a la altura. Recordémoslo, recordémosla.

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