La muerte de Suárez

Suárez, la racionalidad retrospectiva

Justo Serna

Empecemos admitiendo los sucesos constatables, los hechos históricos. Adolfo Suárez merece nuestro reconocimiento. Supo hacer con astucia, con muchas picardías y con malabarismos lo que era difícil, muy difícil, teniendo en cuenta la oposición a la que se enfrentaba. Cuando digo oposición no me refiero a la izquierda antifranquista, tempranamente dispuesta a negociar, a pactar. Cuando digo tal cosa me refiero a aquel aparato anquilosado del Régimen que oponía seria resistencia: aquel aparato poblado de franquistas incondicionales.

Es verdad que proclamar la adhesión al Caudillo era entonces preceptivo, algo preciso y habitual en ciertas esferas. Pero a Franco le había sucedido algo letal, algo fatal para una dictadura: la rutina del Gobierno, el deterioro del carisma bélico, el declive de su persona y el envejecimiento de las instituciones.

Lo que una dictadura precisa, entre otras cosas, es una movilización extensa e intensa que mantenga vivas la devoción, la exaltación y la expectativa. Los fieles no pueden olvidar el fundamento y el movimiento; y los adherentes no se pueden moderar ante los apremios o los automatismos. El Régimen se alimenta de amenazas ciertas o supuestas. ¿Entonces? Si las cosas se relajan, si hay cierto bienestar y la represión sólo es un mecanismo cruel de repetición, entonces la lealtad se debilita. Los acatamientos se atenúan.

Adolfo Suárez era un franquista incondicional, cosa que le había servido para alcanzar la jefatura del ramo, pues en 1975 ya era Ministro Secretario General del Movimiento, así con todas la mayúsculas. Con esas alturas, el suyo era un empleo de vértigo. Había hecho una carrera política previsiblemente falangista. Pero había contactado y conectado con el príncipe, un personaje amparado y ultrajado a la vez. Suárez no era un nostálgico ni un tarambana (cosas que sí que eran aquellos ultras y excombatientes que aún añoraban la revolución pendiente del falangismo). Era un tipo práctico. O, al menos, sus actos así lo revelan.

Como la gente sensata del tardofranquismo, Suárez sabía que el Régimen tenía un fin inaplazable. No había que demostrar gran perspicacia para captar la situación… Suárez sabía que “después de Franco, las instituciones”. ¿Pero qué instituciones? Mantener una dictadura sin su fundador era dificultoso y probablemente nada deseable. Sobre todo, por la diversidad de intereses en pugna, por el alejamiento de los leales, por la mengua de los acérrimos y por la oposición de una parte de la sociedad civil. En efecto, es entonces cuando se hacen manifiestas y crecientes la presión de la izquierda, la presencia de los ciudadanos en la calle y la resistencia del búnker y de una parte del Ejército.

Que a Adolfo Suárez se le reconozcan estas cosas, sus logros políticos, con generosidad y sin mezquindades, no debe llevarnos necesariamente a la glorificación, a la beatificación. Mitificar es convertir en símbolo aquello que fue de carne y hueso, aquello que fue terrenal. Adolfo Suárez era un hombre intrépido y ambicioso que, según declaró años después, había codiciado ser presidente del Gobierno. Es decir, era un hombre con servidumbres propiamente humanas, con egoísmos ordinarios, no un santo varón. Punto y aparte.

Hay, entre los comentaristas políticos, un vicio muy característico: el de mitificar, el de idealizar. Para encumbrar a un estadista, por ejemplo, no basta con reconocer lo que hizo bien. Hay que trazar una línea de continuidad, una vida de héroe y tragedia. Y hay que realizar esta operación supeditándolo todo a una racionalidad retrospectiva. El asunto es complejo. Trataré de explicarme sencillamente.

Expresado así, eso de la racionalidad retrospectiva suena abstruso y hasta patológico. Y no digo que no; no digo que no tenga algo de morboso. ¿En qué consiste? En pensar el pasado, lo pretérito de una vida, en función del presente o del resultado de cosas. Consiste en concebir la vida extrauterina del ser humano también en términos de embrión. Consiste en creer que las capacidades y cualidades de un individuo ya prefiguran el porvenir. Friedrich Nietzsche nos alertó contra este embeleco; también Michel Foucault.

Frente a ello, frente a la racionalidad retrospectiva, hay que estar prevenidos. Todo parece tener su lógica, su orden y su concierto y su consumación. Todo parece estar en el origen. Tanto es así que el resto de la vida del individuo glorioso sería la prueba palpable de esa condición y de ese final. Dicho en otros términos, cuando seas adulto y tu existencia alcance el máximo, entonces repasarás y repasarán tus etapas anteriores como si no hubieran podido transcurrir de otro modo. La vida es azarosa pero la racionalidad retrospectiva la presenta ordenada y encaminada.

Perdóneseme lo obvio: toda escritura de lo pasado es una selección, un recorte, una presentación, un fragmento. Vivir es emprender numerosas acciones de las que después no queda registro: desde acciones propiamente físicas hasta pensamientos no expresados. ¿Qué autobiografía o qué biografía podrían retener todo ese material perdido o no documentable?

Por eso, pese a lo que pueda parecer, escribir sobre uno mismo o sobre otros es una empresa difícil. No nos conocemos bien. No conozco bien a aquel que fui, en parte porque he olvidado lo que hice y lo que sentía, lo que experimentaba y el significado que entonces le daba a lo que hacía; en parte porque no siempre sé bien el paso que doy y las consecuencias que tendrá; en parte porque no conozco enteramente mis motivaciones o mis justificaciones; y en parte porque no quiero examinarme cada vez que actúo: no hago continuas reflexiones o cogitaciones para evaluar todos los datos internos o externos con los que opero.

Numerosos actos los realizamos dejándonos llevar sin interrogarnos sobre su sentido. Muchos años después, si hiciéramos memoria para escribir una autobiografía, probablemente buscaríamos significado a aquello que emprendimos. Que lo encontráramos no quiere decir que fuera el sentido que le dábamos entonces. Ciertamente, es muy difícil escribir de uno mismo en términos autobiográficos si lo que nos anima es decir la verdad y decirlo todo. Esa meta está llena de obstáculos.

Si todo eso nos ocurre con lo que hemos vivido, si todas esas dificultades y estorbos son los que debemos salvar para recordar lo propio, siempre insuficiente, ¿cómo podemos adentrarnos en la intimidad de un individuo a cuya existencia accedemos sólo a partir de esos vestigios, de esos restos exiguos y dudosos? Cuando acometemos dicha empresa, hacemos biografía, una tarea rara, extraña.

Ya lo dijo Jorge Luis Borges, la biografía es un género paradójico. Se ha repetido muchas veces pero vale la pena reiterarlo. Decía Borges en Evaristo Carriego “que un individuo quiera despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero, es una paradoja evidente. Ejecutada con despreocupación esa paradoja, es la inocente voluntad de toda biografía”.

Un documento no es el hecho, sino su huella, lo que queda cuando el acto se ha cumplido o frustrado u olvidado. Pues bien, de eso se valen siempre los biógrafos: de un material incierto, precario, al que atribuir significado en su contexto. La empresa se consuma adecuadamente cuando esos documentos son abundantes y permiten ahondar en la esfera pública, privada e íntima del biografiado, pero sobre todo se realiza bien cuando las interpretaciones, cuando los actos de sentido a que se ve obligado el biógrafo, no pecan de anacronismo o de suficiencia o de generalización.

En los encomios que se hacen de Adolfo Suárez veo mucho anacronismo y veo mucha generalización. Y veo poca chiripa, ese azar ingobernable o al menos impredecible. En ocasiones, nuestras mejores acciones, las realizaciones más atinadas, son aquellas que no habíamos previsto con todo detalle, aquellas que salen por las circunstancias y por la audacia con que enfrentamos las dificultades que ignorábamos, por una perspicacia a corto plazo.

Dicho esto, ¿soy un cicatero?, ¿acaso un tipo roñoso que evita reconocer méritos o restar valías? No. Creo que no. Creo que a Suárez le debemos agradecimiento. Como se lo debemos a una izquierda sensata que sabía cuáles eran sus potencialidades y sus limitaciones. Debemos agradecimiento a una población que, lejos de venerar a Francisco Franco, había empezado a olvidarlo e incluso a repudiarlo. ¿La audacia y el sentido común obraron prodigios? No hay milagros de los que jactarse. Hay principios y hay egoísmos muy humanos. Hay racionalidad fría, instrumental y analítica. Hay capacidad de negociación y de regateo. Y hay un sentimiento, un dolor, un hálito que para esas fechas no se habían sofocado.

--------------------------------------------------------Justo Serna es Profesor de Historia en la Universidad de Valencia. Autor de numerosos trabajos académicos sobre historial cultural, también escribe con asiduidad en prensa. Su último libro es 'La farsa valenciana' (Foca, 2013).

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