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Y sin embargo se mueve

El veneno invisible que asfixia las urbes

América Valenzuela

A simple vista no lo notas. No hay oscuras humaredas ni olor a carbonilla. El sol primaveral y las suaves temperaturas de la época de lluvias en Ciudad de México hacen que te resulte agradable el paseo en taxi con las ventanillas bajadas. A los tres cuartos de hora de atasco la garganta está seca como si hubieras masticado cartón. Sobreviene la tos. No la ves ni la hueles pero la polución está ahí.

Ciudad de México es una de las urbes más contaminadas del mundo, pero este es un mal que ha alcanzado a casi todas las ciudades bien pobladas del planeta. La Agencia Internacional de la Energía estima que cada año mueren 6,5 millones de personas por la contaminación del aire. El aire envenenado provoca infartos de miocardio, derrames cerebrales, enfisema pulmonar, cáncer de pulmón y problemas respiratorios agudos. La Agencia Europea de Medio Ambiente eleva a el número anual de muertes prematuras por contaminación del aire a 450.000 en la Unión Europea, 27.000 en España.

Hay pocos riesgos que afecten tanto a la salud en el mundo como la contaminación atmosférica. La polución del aire es una mezcla de compuestos químicos provenientes de la quema de combustibles fósiles y de procesos industriales. Hay seis compuestos críticos cuyos niveles se tienen en cuenta para determinar la calidad del aire. El dióxido de azufre se forma al quemar combustible, en su mayoría en las centrales eléctricas. Al contacto con agua forma lluvia ácida. El monóxido de carbono se produce por la combustión incompleta del combustible. Es un enemigo invisible. No huele, no tiene color y no irrita pero es muy tóxico. Reduce la capacidad de la sangre de transportar oxígeno. El dióxido de nitrógeno es un gas más denso que el aire color marrón rojizo de olor acre. Lo vemos con claridad en las boinas que cubren las ciudades en sus peores días. Es un contaminante en sí mismo y un precursor de otros cuantos. Interviene en diversas reacciones químicas que producen otras moléculas dañinas, como el ozono. Esta molécula nos protege de los rayos ultravioleta cuando está situado en las capas altas de la atmósfera, pero a ras de suelo daña el tracto respiratorio. El plomo es otra de las sustancias más temidas, que se libera a la atmósfera por la quema de combustibles fósiles.

Las micro partículas cierran este tóxico listado. Son en su mayoría de carbón y proceden de la quema del aceite de los motores diesel. Son tan pequeñas que se incorporan al torrente sanguíneo y contribuyen a taponar las arterias.

Este es el escenario que respiramos cada día. En Ciudad de México y en Madrid. En Nueva Delhi y París. Los ciudadanos podemos contribuir con gestos y cambiando los hábitos. Podemos usar más transporte público y bicicletas. Pero las apreturas de la vida diaria nos impiden hacer cambios drásticos y sostenidos en el tiempo. Muchas veces la revolución verde se nos queda por el camino. La senda la deben abrir los gobiernos. No son suficientes las medidas de emergencia, como restringir el uso de coches los días que se disparan los niveles de algún contaminante. Es necesario un cambio de modelo energético. Quiero ver cómo los políticos, los que salvaguardan el bienestar del pueblo, ponen baldosas sólidas en la única dirección que nos conduce hacia la salvación.

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