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Calle Lepanto

Nací en Granada, en diciembre de 1958, en la calle Lepanto, una calle que albergaba la historia de la posguerra española. A espaldas del ayuntamiento, más que recordar la batalla histórica en la que Cervantes se quedó manco, la calle resumía bien el aire del país provinciano, humillado y triste en el que yo viví una infancia feliz. Había una casa de socorro, un despacho de quinielas, una carbonería llamada Cisco y Tierra, una taberna en la que preparaban buenos bocadillos de atún, unas dependencias de la Cruz Roja, otra taberna con 7 puertas, una oficina del Granada Club de Fútbol, una ventanilla para despachar las entradas a las corridas de toros y la casa de mis abuelos. Justo al lado estaba el cine Regio, con grandes carteleras pintadas a mano, y el barrio de San Matías, con la calle Jazmín, que era desde principios de siglo la calle de las putas. Pese a la moral represiva y las campanas de San Matías, en aquella época se llevaban bien las autoridades municipales, las putas y las actividades comerciales de la ciudad.

El abuelo de la cachava, mi bisabuelo José Montero, alquiló un apartamento a mis padres recién casados y allí nací yo. Aunque a los dos años nos mudamos a un piso del Paseo de la Bomba, en el inicio de la carretera de la Sierra, la calle Lepanto forma parte de mi infancia porque allí vivían mi bisabuelo y mis abuelos. Si la vida familiar en Andalucía se llena con facilidad de abrazos, besos, afectos y devociones, en mi caso todo se multiplicaba por mi bisabuelo, mi abuelo Adolfo, mi abuela Elisa, los tres hermanos de mi abuelo, los 5 de mi madre y un ejército de primos. Con mi tío Quico, casi de mi edad, aprendí a saltar de la terraza del número 7 a los tejados para ver la ciudad con perspectiva. Crecer es también mirar las cosas con perspectiva, subir a los tejados, bajar a los sótanos, y procurar que se mantenga la lealtad a los afectos de siempre, el mucho amor, con el deseo de encontrar un camino propio.

El olvido es una tergiversación, pero la conversión de un golpe de Estado en un momento de gloria es algo que sólo puede entenderse como infamia

En las cenas multitudinarias de Nochebuena se mataban unos pavos comprados en la plaza de Bibarrambla, y a los postres, entre bandejas de turrón y mantecados, se cantaba el Himno de los españoles patriotas. Mi bisabuelo había fundado la Banda municipal de Granada. Mi abuelo también era músico, profesor en el conservatorio y concertista de piano. Los juegos de la vida han hecho que yo identifique los amaneceres de Granada con algún nocturno o alguna polonesa de Chopin y la Nochebuena con el Himno de los españoles patriotas, un himno que hizo mi abuelo durante la Guerra Civil, porque se lo habían encargado a Manuel de Falla, pero al maestro Falla no le había salido bien.

Mi primera rareza fue que no me gustara el pavo. En cuanto pude tomé la costumbre de comprarme un bocadillo de atún para ir cenado a la Nochebuena, pendiente sólo de las canciones y los mantecados. Después seguí por el camino de las rarezas y empecé a dudar de algunas historias y a leer libros que no pertenecían ni a las costumbres de mi familia ni a la oficialidad de los españoles patriotas. En el estudio de Ian Gibson sobre la muerte de García Lorca y la represión nacionalista en Granada, me enteré de que el abuelo de la cachava y mi abuelo habían sido enviados como músicos a la Huerta de San Vicente para ver si en el piano del poeta se escondía una emisora de radio clandestina para conectar con Moscú. La represión en Granada fue muy dura. No hubo casi batallas en la ciudad, pero sí detenciones, encarcelamientos y miles de ejecutados. Mis abuelos, que en 1936 vivían en Cuesta de Gomérez, se cambiaron de casa para no ver los camiones que subían a las tapias del cementerio cargados de malos patriotas que iban a ser fusilados. Muchos historiadores dieron cuenta objetiva de aquella barbarie.

Mi vocación de poeta y mi amor por Federico García Lorca, uno de los muchos ejecutados en agosto de 1936, me convirtieron poco a poco en otro tipo de patriota español. Tuve la suerte de que toda mi familia perdonara mis rarezas, mis bocadillos de atún, y de mantener para siempre la memoria de una infancia feliz. La hermana del escritor Francisco Ayala, con un padre ejecutado, me dijo hace tiempo que ella perdonaba, pero no iba a olvidar. Por eso me cuesta tanto trabajo entender los discursos de odio que quieren volver a levantar algunos españoles patriotas que se sienten herederos orgullosos de aquella barbarie. El olvido es una tergiversación, pero la conversión de un golpe de Estado en un momento de gloria es algo que sólo puede entenderse como infamia. Por desgracia, la vida tampoco es manca en este tipo de mezquindades.

Pero uno puede subirse a los tejados después de bajar a los sótanos y ver las cosas con una buena perspectiva. Mantengo un recuerdo muy íntimo de la calle Lepanto, no comprendo el odio, quizá porque soy más heredero de las polonesas de Chopin que del Himno de los españoles patriotas.

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