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Creencias, ideas, valores, pero la Tierra se mueve alrededor del sol

Luis García Montero

Después de muchos años de tensiones, interferencias cardenalicias y discusiones de todo tipo, y en medio de una gravísima peste, en abril de 1633 la Santa Inquisición abrió el proceso contra Galileo. Acabaría en una condena a prisión perpetua y en la exigencia de que abjurara de sus ideas. La verdad es que en muchas ocasiones no se ponen de acuerdo el pensamiento inductivo y el deductivo.

Las conclusiones de un pensamiento inductivo son la consecuencia de lo que vemos una y otra vez, observamos, experimentamos y comprobamos. Las conclusiones del pensamiento deductivo dependen de las afirmaciones de la autoridad. Esto es así porque lo dijeron Aristóteles, Ptolomeo y las Sagradas Escrituras. La abjuración suele ser el ejercicio exigido a muchos individuos para que renuncien a lo que saben y han visto en favor de la autoridad. Cuando en nombre de la autoridad, hay que renunciar al saber copernicano y afirmar que la Tierra es el centro del universo y el sol se mueve alrededor de ella, se establecen distancias muy grandes entre la autoridad, los individuos, la decencia y el conocimiento. No hay telescopio que las salve.

La Universidad de Madrid de 1933 lo sabía. Por eso organizó unos actos de homenaje a Galileo al cumplirse el tercer centenario de su famosa condena. Cualquier acto intelectual de aquel tiempo se convertía en un examen del presente. En aquella ocasión Ortega y Gasset afirmó que la crisis española de entonces estaba motivada por la falta de creencias, algo que suele coincidir con la sobreabundancia de ideas.

Dedicarse a la educación supone algo más que tener un empleo. Se trabaja, claro, por un salario que permita pagar las facturas a final de mes, pero también por una vocación fundada en la importancia del conocimiento y en la necesaria formación del carácter y la conciencia de los alumnos. Importan mucho las reflexiones matizadas sobre la verdad, la autoridad y el convivir digno de la sociedad a la que uno pertenece.

Durante años, para no tener que abjurar de lo que creo y para no caer en la soberbia de los que se consideran en posesión de la verdad, he hablado mucho con mis alumnos de lo que supone el vacío social de una falta de creencias, vacío rodeado, tapado o adornado por una sobreabundancia de ideas. Hoy en día lo que hay es sobreabundancia de mensajes de Twitter. Y ante ese espectáculo, más que la genialidad siempre ayuda la sensatez para encontrar perspectivas en nuestro mundo. La falta de creencias es una característica ruidosa del cinismo propio de la cultura neoliberal, su ética de la relatividad, su nada tiene importancia o nada tiene arreglo, su acomodo a la oferta y la demanda, su digo lo que se me ocurre. Da igual que el gato sea blanco o negro, lo que hace falta es que cace ratones.

Y a falta de creencias llegan las ideas, más humildes por principio, pero con una dolencia agravada en las sociedades gallinero. Todo el mundo tiene ideas sobre cualquier cosa, sin una exigencia de solidez. Una pandemia, una vacuna, un avance científico, forman parte de nuestra galería de opiniones. Las ideas, sobre todo cuando se rebajan al espíritu de lo ocurrente, comprometen mucho menos que las creencias.

Conviene caminar con pies de plomo, hay que ir y venir, porque también es peligroso llenar este vacío con ideas propias de movimientos fundamentalistas, gente que confunde la pureza con el puritanismo y los pensamientos con el dogma. Cada gato tiene su peligro. Ni la sacralización del relativismo, ni las creencias intolerantes.

La cultura democrática tiende a ponerse de acuerdo en el respeto de algunos valores. Son los ejes acordados para una convivencia justa. Como lo democrático es siempre más inductivo que deductivo, más ascendente que descendente, los valores legitiman a las instituciones, ámbitos públicos organizados para articular aquello que merece ser respetado, es decir, aquello que nos ampara.

Todo tiende a confundirse entre creencias, ideas, principios de autoridad, mensajes cruzados, cinismos y vergüenzas propias o ajenas. Por eso conviene no olvidar la raíz última de las honestidades democráticas. Los valores necesitan instituciones para hacerse realidad. Las instituciones necesitan valores democráticos para legitimarse. Nunca es bueno comulgar con piedras de molino, dejar a las instituciones sin valores y a los valores sin instituciones.

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