El 28 de febrero celebramos el Día de Andalucía en recuerdo de una jornada histórica vivida en 1980. Los andaluces fuimos convocados a las urnas para votar el tipo de proceso autonómico que deseábamos. La derecha en el Gobierno quería utilizar el artículo 143 de la Constitución. Separaba así la realidad legal andaluza de la ya vivida en Cataluña, el País Vasco y Galicia, las llamadas comunidades históricas. Las instituciones de las ocho provincias del Sur promovieron el apoyo a la vía del artículo 151, un camino que igualaba los derechos autonómicos andaluces con los otros territorios. La discusión fue larga y agitó la vida política durante muchos meses antes incluso de la Constitución.
Yo cumplí 19 años el 4 de diciembre de 1977, día en el que celebramos una masiva manifestación en apoyo de los derechos plenos para Andalucía. Los amigos que fuimos juntos a la manifestación éramos muy conscientes de las diferencias territoriales y de la manera diversa de vivir nuestra identidad. La historia nos marca, eso ocurre siempre y a lo largo de los siglos, ya se sabe. Pero en Andalucía, además, estaba muy cerca un tiempo de pobreza, de emigración forzada para escapar de la miseria. El desarrollo económico del País Vasco y Cataluña tenía poco que ver con los paisajes campesinos de nuestra tierra y con el subdesarrollo económico provocado por la política caciquil de la dictadura. Si el franquismo había tratado con una clara falta de respeto las identidades culturales catalana y vasca, su violencia contra la economía andaluza había sido mucho mayor. Por eso hay ahora tantos catalanes y vascos de origen andaluz.
La lucha planteada en el Sur no aceptó las diferencias de trato que suponían los artículos 143 y 151. Comprendimos entonces que la única manera de respetar la diversidad histórica es regular un orden común de derechos. Del mismo modo, lector ya de poetas catalanes como Gabriel Ferrater, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo o Joan Margarit, comprendí también que el único modo de legitimar un orden común de convivencia es respetar la diversidad de identidades dentro de una ilusión colectiva.
Si el franquismo había tratado con una clara falta de respeto las identidades culturales catalana y vasca, su violencia contra la economía andaluza había sido mucho mayor
Los poderes mediáticos de 1980 tenían entonces menos capacidad de manipulación. Pese a los esfuerzos televisivos y radiofónicos del Gobierno, ganamos el referéndum de 1980 los partidarios de una autonomía plena por la vía del 151. A aquel proceso le debo no sólo la ilusión de que en política es posible conseguir una victoria, sino también la suerte literaria y humana de haber conocido a Rafael Alberti. El amigo de García Lorca, el poeta del exilio, el autor de Marinero en tierra y Sobre los ángeles, vino a Granada, entró por fin en Granada, como militante del Partido Comunista de España, para participar en un acto organizado en favor del derecho andaluz a una autonomía plena. Tuve la suerte de cenar con él una noche inolvidable de febrero de 1980.
Tampoco he olvidado las críticas de la derecha contra los que queríamos romper España al no aceptar las diferencias territoriales. Son críticas muy parecidas a las que hoy lanzan los herederos de aquella derecha para acusarnos de poco españoles cuando defendemos el derecho catalán a su propia identidad. ¿Es una contradicción? ¿Los que defendíamos la plenitud andaluza somos hoy unos vendidos a Cataluña? No me lo creo. Prefiero pensar que se trata de seguir defendiendo una igualdad de derechos elaborada desde el respeto a la diversidad y una diversidad capaz de articular su convivencia en la igualdad de derechos.
Y aunque han pasado ya muchos años, hay algo que permanece. Debajo de las polémicas, los dimes y diretes, las paradojas, las contradicciones, los insultos y los reproches, nos conviene distinguir entre los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que intentan que los pobres sean cada vez menos pobres.
El 28 de febrero celebramos el Día de Andalucía en recuerdo de una jornada histórica vivida en 1980. Los andaluces fuimos convocados a las urnas para votar el tipo de proceso autonómico que deseábamos. La derecha en el Gobierno quería utilizar el artículo 143 de la Constitución. Separaba así la realidad legal andaluza de la ya vivida en Cataluña, el País Vasco y Galicia, las llamadas comunidades históricas. Las instituciones de las ocho provincias del Sur promovieron el apoyo a la vía del artículo 151, un camino que igualaba los derechos autonómicos andaluces con los otros territorios. La discusión fue larga y agitó la vida política durante muchos meses antes incluso de la Constitución.