León XIV y Bannon

Se sabía ya, pero ahora hay pruebas: Steve Bannon, estratega estrella del movimiento trumpiano, reconocía en un correo a Epstein que conspiraba para derribar al papa Francisco. En otro correo más, rebota a Epstein un enlace a un artículo titulado: “Steve Bannon, Cardenal Burke, Ministro Salvini, y la trama para derribar al papa Francisco”. La trama complotista en realidad incluía también a otros dos agentes: Thomas Williams, corresponsal en Roma de Breitbart News, y Benjamin Hartwell, presidente del Dignitatis Humanae Institute, entidad montada en 2019 en el Monasterio de Trisulti, cerca de Roma, con el objeto de formar a líderes que combatieran el “marxismo cultural” y aplicaran a la vida moderna “los principios subyacentes del Occidente judeocristiano”. El ministerio de Cultura italiano puso trabas y no pudieron inaugurar entonces aquella “Academia del Occidente Judeocristiano” a la que Bannon y los suyos hoy denominan, de modo más circense, “Academia de Gladiadores”.

Bannon y sus secuaces vuelven a asediar Roma desde fuera –la política y los medios– y desde dentro, amplificando toda polémica que venga del ala ultratradicionalista de la Iglesia. “¿Nunca duerme?”, pregunta desesperado el niño John Harper ante el agotador acoso del asesino reverendo Harry Powell en La noche del cazador. Pues no, los más malos jamás descansan. Vuelven sin cesar a Roma porque necesitan, como bien señala Antonio Spadaro, fundir “autoridad espiritual y poder político con fines estratégicos”. No es que vayan contra un papa, sino que necesitan “instrumentalizar la fe como arma”. Lo mismo les da Bergoglio que Prevost, el cual, para Bannon, es el “papa antiTrump”, la “peor elección para los católicos MAGA”, el pontífice que “querían Bergoglio y su banda”.

Los malos jamás encuentran sosiego: siempre ven lo inmundo en lo más blanco. Compiten alardeando de su mayor todo: patriotismo, cristianismo, familismo, antiintelectualismo, racismo. Sísifos del supremo malismo. ¿No deberían estar contentos teniendo ya como primera ministra en Italia a una yo-soy-Giorgia-soy-una-mujer-soy-una-madre-soy-cristiana, que decreta bloqueos navales para frenar la inmigración o detenciones preventivas de manifestantes durante 12 horas? No. Bannon, que en 2018 usó a Meloni como alfil de su movimiento soberanista transnacional, hoy la repudia: “Mira, ella era fantástica, pero ahora se ha convertido en una globalista total. Ha entrado en el juego de la Unión Europea porque le hacía falta su dinero, y también el de la OTAN […] Ya no me la tomo seriamente, ya nadie en EEUU lo hace”.

Meloni, debido a sus reticencias para enviar armas a Ucrania (la Liga de Salvini es totalmente contraria), no les resulta lo suficientemente militarista. Tampoco suficientemente antieuropeísta. De ahí que no haya sorprendido que el general Roberto Vannacci, aquel fichaje estelar de la Liga de Salvini que se ha lanzado al ruedo con su propio partido, Futuro Nazionale, haya recibido inmediatamente el respaldo de Benjamin Harnwell, brazo derecho de Bannon en Europa: “Claro que hay un proyecto. No es el momento de hablar de un apoyo formal. El general y yo estamos en contacto directo y mantengo al corriente a Steve Bannon. Lo ideal sería que los Patriotas de Viktor Orban encontraran la manera de meter al general en su grupo. Y que entre también AfD. Hace falta un supergrupo de soberanistas, sería muy potente”.

El acoso y derribo a León XIV ya ha comenzado. Desde la cámara de tormento de la infosfera, los 'tormentatori' del nacionalcristianismo global no paran de jorobarlo a diario

En el programa y los gestos de Vannacci resuenan ecos de fascismo más purista que el de Salvini y Meloni: “Italia es el País [mayúscula suya] más bello y más relevante de la historia mundial: aquí nació el Imperio Romano; [...] aquí la religión de Cristo halló su centro –“Roma donde Cristo es romano”, como escribe Dante–; aquí se encuentran las raíces decisivas de la cultura medieval y renacentista […] Italia debe reconquistar y custodiar la propia civilización, fundada en valores, referencias históricas y bases precisas. Son las raíces de la cristiandad: del derecho romano, de la filosofía griega, del heroísmo romano-germánico que dio vida al Sacro Imperio Romano, de los ochenta mil campanarios en torno a los cuales nacieron nuestras ciudades. Son el aroma del pan, los villancicos, la comida del domingo… Son las cruces, las iglesias, la cocina… No queremos un mundo de desarraigados.” El supremacista Vannacci, que pidió clases separadas para los discapacitados, expresa bien esa pulsión insaciable de pureza y Cristiandad. Si Meloni se vuelve demasiado centrista, Bannon la empleará en 2026 tal cual usó a Giorgia contra Draghi.

Francisco, un papa inmigrante, amigo de vagabundos, trans e indios, a la vez que azote de adalides de la Cristiandad, decía: “Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia” (Evangelii Gaudium, 117). Y añadía: “El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador”. Francisco negó el camino fanático al nacionalcristianismo global de Bannon, Vance y Orban. Estos vuelven a chocar esta vez con un León XIV que sigue teniendo “el DNA de Francisco”. Harnwell incluso lo considera “más inteligente, más sutil que Francisco y, por tanto, más peligroso”.

El acoso y derribo a León XIV ya ha comenzado. Desde la cámara de tormento de la infosfera, los tormentatori del nacionalcristianismo global no paran de jorobarlo a diario. Un día es el excomulgado arzobispo Viganó que desenvaina su espada por los ultratradicionalistas lefebvrianos: “El verdadero cisma no es el de quienes consagran obispos para custodiar y transmitir la fe católica en su totalidad, sino el cisma de la jerarquía conciliar y sinodal, que ha negado la Tradición apostólica, sustituyendo la sana doctrina por ambigüedades heréticas, el verdadero culto católico por una liturgia protestantizada y la autoridad legítima por un poder totalitario ejercido contra los fieles que se niegan a apostatar”. Y al día siguiente, desde Infovaticana le reprochan que lo ayudaran “creciditas monaguillas” (sic) en la misa del pasado domingo en Ostia. De fondo, no les falta razón. Han entendido que, con este papa, les vienen muy mal dadas, pues está por la labor de dar más poder a laicos y mujeres en los órganos de gestión de la Iglesia.

En una de sus mejores entrevistas, Bannon decía que el problema es que la Iglesia hoy está en manos del marxismo cultural: “La Escuela de Frankfurt está ahora en Roma, ¿verdad? Está en Roma. Todo lo que hacen es Gramsci. Es cultura desarraigada de la política. Esta es la hegemonía”. (El obispo Robert Barron, claro exponente del “trumpismo católico”, repetía sustancialmente lo mismo sólo que refiriéndose a Alexandra Ocasio y al Partido Demócrata esta misma semana). Según Bannon, ante tal coyuntura sólo cabe una solución: “creo que hay que cortar el dinero. Los donantes tienen que dejar de aportar. Si no quieren escuchar, si no existen estos comités que intentan dialogar, entonces escucharán sólo si se les corta el dinero. Eso significa que das directamente al edificio o a lo que sea en tu parroquia para asegurarte de que tu parroquia siga prosperando, pero cortas cualquier donación que vaya a la diócesis y luego a Roma”.

Francisco entendió que los rosarios de Salvini, la Covadonga de Abascal –que serían las cruces, campanarios y villancicos de Vannacci hoy– son ropajes de fanáticos. Enfrentándose a ellos a pecho descubierto, es cierto que los frenó, pero entablando una batalla. Prevost, en cambio, habiéndolo entendido igualmente, en lugar de entrar al trapo, da largas cambiadas: a los lefebvrianos los han invitado a “un recorrido de diálogo específicamente teológico, con una metodología bien precisa”, pero estos anuncian que nombrarán obispos el 1 de julio a menos que la Santa Sede derogue el Concilio Vaticano II, cosa imposible. Veremos cómo encaja este órdago León XIV, sagacísimo hasta ahora en su trato con la oposición interna.

Decía Charles Chaplin: “El humor es un enfoque de la verdad, que nos ilumina y nos educa con sorpresas. No es algo positivo ni unilateral. El ejemplo más alto de ello se encuentra en las palabras de Jesús, cuando dijo: ‘El que esté sin pecado entre vosotros, que sea el primero en arrojar la piedra’. ¿Qué puede ser más humorístico, menos positivo que este comentario satírico?”.

Contra los malos, sin ruidos, más mestizaje; con firmeza, como el cardenal Pizzaballa, que calificó la Junta de Paz para Gaza como una “operación colonialista”, y como el Secretario de Estado, que anunció que la Santa Sede “no participará en la Junta de Paz”, negándoles el placer lujurioso de las batallitas. Frente al supremacismo, más infimismo, tratando de no perder jamás la ironía y el humor. Lo de Cristo, vamos.

PS: León XIV no viajará este año a los EEUU, que celebran su 250 aniversario. En cambio, el 4 de julio, el primer papa estadounidense lo celebrará visitando la isla de Lampedusa.

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Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.

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