2026: Agenda Prevost
Lo dice y lo repite todo el mundo: 2026 no podía haber empezado peor. Tras lo de Venezuela y el escuadrismo del ICE, culpable de la muerte de Renee Nicol Goods en Minneapolis, cunde el desánimo. La Ilustración Oscura ha vencido, la derrota del derecho internacional es un hecho, resume Carlos Fernández Liria. Nos adentramos en un mundo sin aliados, avisó Guillem Martínez. Brilla por su ausencia un sujeto político y social que haga frente al trumpismo, clama Sato Díaz.
De Roma, en cambio, llega una noticia importante. La Iglesia de León XIV resiste, aguanta firme el vendaval presente. Al cerrar la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro y clausurar así el Jubileo que convocó Francisco, León XIV atravesó el umbral que lo lanza de veras a su papado. A partir de ahora todo es ya harina de su costal. Por ello, conviene detenerse en las señales que ya ha lanzado al mundo el papa Prevost ad intra y ad extra en este furioso despertar de 2026, pues está ya ocurriendo algo que al Vaticano no le interesa en absoluto: León XIV se yergue, muy a su pesar, como la figura antagonista de Trump. Si bien la Santa Sede se afana en desactivar la polarización que también la amenaza desde dentro despolitizando sus intervenciones al máximo, el Comandante en Jefe de EE.UU y sus tropas no se lo ponen fácil dinamitando todo lo que encuentran a su paso: lo mismo da que sea el orden internacional que la paz social. Los EE.UU de Trump actúan como movidos por una única obsesión final: la Gran Guerra contra China. De modo que la cordura geopolítica del papa y la Secretaría de Estado destacan sobre manera en un mundo en el que China calla prudente y Europa, traumatizada, enmudece. No sólo: después de que JD Vance culpara a una Renee Goods, madre de tres hijos, de su propia muerte a manos de un agente de ICE, los católicos de todo el país instan al Papa León XIV a excomulgar al vicepresidente.
León XIV, cuando lo de Venezuela, recordó cuáles son los principios mínimos para el bien del país: la soberanía, el Estado de derecho inscrito en la Constitución y los derechos humanos y civiles. En su primer discurso al Cuerpo Diplomático, le dio un buen repaso a un mundo que asemeja no poco al siglo V tras el saqueo de Roma: movimientos migratorios generalizados y profundo reajuste de los equilibrios geopolíticos y los paradigmas culturales. Si impera una “diplomacia basada en la fuerza” y “la guerra vuelve a estar de moda y el entusiasmo bélico se extiende”, toca, según Prevost, reivindicar el derecho internacional humanitario, el papel clave de la ONU en el fomento del diálogo y de la ayuda humanitaria y los derechos inalienables de los migrantes en todos los contextos. [Sí, es también cierto que en ese mismo discurso León XIV expresó su preocupación por los proyectos destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al llamado “derecho al aborto seguro” y consideró “deplorable que se asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias”. Un papa es un papa.]
Está ya ocurriendo algo que al Vaticano no le interesa en absoluto: León XIV se yergue, muy a su pesar, como la figura antagonista de Trump
Shlomo Ben Ami resumió bien lo disparatado que se ha vuelto el mundo. Jamás pudo nadie imaginar que el conflicto de civilizaciones que teorizó Huntington acabara fraguándose en el seno mismo de la sociedad occidental, entre EE.UU y Europa. El teoconservador George Weigel, biógrafo de Juan Pablo II, se jacta ahora de haber sido junto con Juan Pablo II quienes alertaran hace más de 20 años de esa crisis de civilización moral que aquejaba a Europa y que hoy el National Security Strategy denomina “borrado civilizatorio”. El Estado de la Ciudad del Vaticano, estado europeo, y la Santa Sede, sujeto de derecho internacional no estatal, no pueden, ni aunque quieran, rehuir el órdago que llega del otro lado del charco.
Pero, ¿cómo se manifiesta ad intra esa polarización? ¿Cómo trata el ala ultratradicionalista de imponer este impensado conflicto civilizatorio dentro de la Iglesia? Desde que lo nombraran papa, los cardenales ultratradicionalistas Burke, Schneider, Müller, Sarah se empeñan en plantearle que hay un problema de politización de la liturgia. Según ellos, las restricciones a la misa en latín anterior al Concilio Vaticano II, o sea, la misa establecida en el Concilio de Trento, carecen de sentido. ¿Por qué no permitir la liturgia más pura, clara y ortodoxa si encima es la feligresía quien la requiere? León XIV y su gente no pican el anzuelo: esa batalla por la misa tridentina es un caballo de Troya cuyo objetivo verdadero es entrar en el corazón pulsante de la Iglesia para destruirlo: el Concilio Vaticano II. León XIV ha comenzado el año con una catequesis esclareciendo el sentido de esa máxima institución programática: “se trata del Magisterio que constituye todavía hoy la estrella polar del camino de la Iglesia”. Que el papa haya elegido como tema de sus audiencias públicas el CVII establece su primera clara línea roja, su primer “No pasarán”.
Asimismo, el papa convocó la semana pasada su primer Consistorio extraordinario de cardenales con el objetivo de conocer mejor a su gente y de jerarquizar las urgencias de la Iglesia. Los temas a debatir en principio debían ser cuatro: la misión de la Iglesia en el mundo de hoy, asunto abordado por Francisco en Evangelii Gaudium; el servicio de la Santa Sede, asunto abordado por Francisco en Predicate Evangelium; la sinodalidad (el método participativo), y, por fin, la dichosa liturgia. Por cuestiones de tiempo, de esos cuatro se eligieron dos solamente, que fueron la sinodalidad y la misión de la Iglesia, cuestiones predilectas de Francisco. Que se descartara la cuestión litúrgica causó malestar en las líneas ultratradicionalistas, pero pone de manifiesto que hay una clara mayoría liderada por el papa que sigue ahondando en el legado del Concilio Vaticano II y que se niega a volver al oscurantismo preconciliar, o sea, a la tensión con las otras religiones, a la primacía de las cuestiones sexuales frente a las sociales, a la justificación dogmática de la guerra santa. No desdeñemos tamaño peligro.
En tiempos de victoria de la Ilustración Oscura, es una fausta noticia que en la Iglesia, institución conservadora debido al imperativo de la proclamación de un mensaje de hace 2000 años, hoy prevalezca la idea de que debe seguir el aggiornamento. Hay una Iglesia que rehúsa, como expresó el cardenal Tucho Fernández, Prefecto de la Congregación de la Fe, a acabar “hablando siempre de los mismos temas doctrinales, morales, bioéticos, políticos”. Figurémonos qué no sucedería si la estrepitosa marejada nacionalcristiana global alcanzara el altar vaticano y los impusiera. Son pocos y tal vez los sobrevaloramos. Tienen mucho, mucho dinero y tal vez eso lo subestimamos. Cejar no cejan en su empeño ni en sus ataques a León XIV, un papa que tira de las orejas a los prolife que están a favor de la pena de muerte y del trato inhumano a los inmigrantes; un papa que considera blasfemo “arrastrar las palabras de la fe al combate político, bendecir el nacionalismo y justificar religiosamente la violencia y la lucha armada”; un papa obligado por su identidad yanki a ser rival de Trump, mal que le pese; un papa que en su próximo viaje a España leerá la cartilla a los obispos que ningunearon a las víctimas de abusos.
__________________
Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.