A través de situaciones históricas y contextos diferentes todo se repite. Hay un momento en el que los acuerdos se quiebran, la violencia se convierte en un recurso inmediato y los mapas se rompen o se queman. Lo vimos en el siglo XIX con las guerras napoleónicas, en el siglo XX con la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y lo vemos ahora cuando se desmantela la justicia internacional y las élites del poder bombardean el mundo y generan nuevos genocidios. Las explicaciones son, desde luego, necesarias. Hay razones económicas, religiosas, nacionalistas, identitarias… Pero si todo se repite, no es sólo porque nos acompañe la violencia a lo largo del tiempo, sino porque detrás de las guerras y las armas, detrás de las causas y los intereses, encontramos siempre una misma razón: la barbarie estalla cuando el ser humano pierde su responsabilidad de convivir y busca argumentos para ejercer la violencia. Un asunto de cultura. La defensa universal de los derechos humanos sirve para defender el respeto que merece cualquier persona, pero también para recordarnos que, detrás de cualquier situación, la violencia surge cuando los seres humanos se pierden a sí mismos el respeto, olvidan la necesidad de convivir en paz y corren en busca de las armas y de justificaciones dispuestas a mancharse de sangre.
Coincido en la Feria del Libro de Buenos Aires con el escritor, ensayista y diplomático José María Ridao. Acaba de publicar en Losada, una editorial que llena el presente de recuerdos históricos, una nueva edición de su libro Durero soñando, en el que une, como ocurre a lo largo de toda su vocación intelectual, el ensayo y la creación literaria.
Somos nosotros los que apoyamos o denunciamos el momento en el que los seres humanos borran el deseo de convivencia en nombre de un mandato que justifica la barbarie
En la madrugada del 8 de junio de 1525, el pintor Alberto Durero se despertó envuelto por una sobrecogedora pesadilla. Para responder a sus propios sentimientos, pintó una acuarela titulada Visión de pesadilla, en la que el cielo se descompone en grandes cascadas y golpea una tierra de árboles y casas minúsculas. Artesano minucioso de las imágenes, el pintor deja de ser un artesano perfecto para desplazarse a la creatividad artística que imagina y convive con las imperfecciones temibles del futuro humano. En Nuremberg, después de conocer la situación de la Dieta ante la Reforma y Lutero, sintió un horizonte que sería marcado por las guerras, las ejecuciones y la barbarie.
El libro de José María Ridao une un ensayo, Las indias en el origen de la Reforma, y una obra de teatro relacionada con sus interrogaciones: Durero soñando. Pensar la historia nos lleva a interpretar los relatos que intentan legitimar el poder político sobre los territorios con discursos que heredan mandatos religiosos para convertirlos en mandatos nacionalistas. Borrar la responsabilidad del ser humano es fácil cuando se justifica la historia como una voluntad divina o como un mandato nacional. Palabras como Imperio, Nación, Derecho, Dios, Deber, se abren en el cielo para explicar las pesadillas necesarias y los horrores cometidos. Pero si el ser humano se niega a ser sustituido por una voluntad superior, la propia conciencia tiene que convivir con su verdad y responsabilizarse de sus decisiones.
El teatro sale a escena para ponernos la verdad delante de los ojos con sus representaciones de carne y hueso. Seres humanos en el escenario. La responsabilidad de convivir en paz es un asunto que no puede dejarse en manos de los dioses o los discursos identitarios. Conviene recordarlo, porque la historia se repite, y volvemos a vivir una pesadilla que descompone los cielos. Pero no basta con analizar causas políticas o económicas. La responsabilidad es de cada uno de nosotros. Somos nosotros los que apoyamos o denunciamos el momento en el que los seres humanos borran el deseo de convivencia en nombre de un mandato que justifica la barbarie. Las situaciones históricas están ahí, pero no cancelan la responsabilidad de quien dispara un arma.
José María Ridao estudió la personalidad de Manuel Azaña, un político y escritor que intentó comprender lo que había pasado en España con una obra de teatro: La velada de Benicarló. Como Azaña, Ridao nos propone a sus lectores un drama y tres palabras: Paz, Piedad, Perdón.
A través de situaciones históricas y contextos diferentes todo se repite. Hay un momento en el que los acuerdos se quiebran, la violencia se convierte en un recurso inmediato y los mapas se rompen o se queman. Lo vimos en el siglo XIX con las guerras napoleónicas, en el siglo XX con la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y lo vemos ahora cuando se desmantela la justicia internacional y las élites del poder bombardean el mundo y generan nuevos genocidios. Las explicaciones son, desde luego, necesarias. Hay razones económicas, religiosas, nacionalistas, identitarias… Pero si todo se repite, no es sólo porque nos acompañe la violencia a lo largo del tiempo, sino porque detrás de las guerras y las armas, detrás de las causas y los intereses, encontramos siempre una misma razón: la barbarie estalla cuando el ser humano pierde su responsabilidad de convivir y busca argumentos para ejercer la violencia. Un asunto de cultura. La defensa universal de los derechos humanos sirve para defender el respeto que merece cualquier persona, pero también para recordarnos que, detrás de cualquier situación, la violencia surge cuando los seres humanos se pierden a sí mismos el respeto, olvidan la necesidad de convivir en paz y corren en busca de las armas y de justificaciones dispuestas a mancharse de sangre.