La propia conciencia

No basta sólo con tener valores personales y mantener las ideas que uno considera necesarias y respetables. La propia conciencia supone también un diálogo con la realidad, con las situaciones cambiantes, fáciles o difíciles, por las que atraviesa la convivencia. Por eso el estado de ánimo supone un componente decisivo en la ética. En tiempos de bonanza conviene no quedarse estancado en la soberbia y el triunfalismo, no perder de vista las limitaciones, los problemas o las precariedades que pueden esconderse bajo las sábanas de la felicidad. Y en tiempos agresivos resulta conveniente no perder el orgullo, no caer en la renuncia o en el desánimo. El compromiso de la conciencia tiene que ver con un estado de ánimo dispuesto a evitar la renuncia para seguir tomando decisiones personales y participando en las ilusiones colectivas sobre el mundo que habitamos.

Publicidad

Mi compromiso conmigo mismo es ahora reivindicar la determinación. Mantener el estado de ánimo es un compromiso con la conciencia. Es, además, el único modo de no caer en el cinismo, nada importa, todo vale…, ni en el sectarismo, cierro los ojos ante lo que pasa, los míos no son culpables, por supuesto…, ni en la renuncia, esto no tiene arreglo, todos son iguales… Un estado de ánimo activo y seguro de su propia responsabilidad ayuda a comprender las situaciones sin dar por perdidos los valores que se quieren defender.

Llevamos años en los que el ruido sirve para distraer las discusiones sobre los cimientos de una democracia social. Los interesados en degradar la sanidad pública, la educación pública y los derechos laborales han convertido la libertad en el poder del más fuerte para atacar sin límites las regulaciones de la igualdad. De ahí que resulte indispensable mantener el debate, más allá de la crispación y los insultos, en los asuntos decisivos de la democracia social para que el racismo, la violencia, el elitismo y la desigualdad no se transformen en la prioridad nacional.

Publicidad

La ética democrática empezó a desarrollarse cuando las decisiones personales y colectivas dejaron de ampararse en el mandato de una voluntad divina o nacional. El bien común fue el afán principal de la buena convivencia, por lo que dejó de tener sentido la cultura que buscaba argumentos en el nombre de un Dios o de una Patria. Más allá de las situaciones coyunturales, ahora sufrimos, en los procesos comunicativos, un retorno a la superstición y el fanatismo. Vuelven a hundirnos las conciencias en los lagos del fanatismo. Los estados de ánimo exaltados pierden el sentido de la responsabilidad propia para participar en rencores o indignaciones colectivas.

Sólo reivindicando la política podremos defender el trabajo digno y la dignidad de lo público

Pero esta peligrosa dinámica no sólo afecta a las exaltaciones del fanatismo, aunque sean las más llamativas. También corremos el peligro contrario, un estado de ánimo que se dé por vencido y que asuma la renuncia. La democracia española está viviendo un momento en el que los discursos dominantes se basan en las generalizaciones de la corrupción, todos son iguales, esto no tiene arreglo… Hay un descrédito de dos ejes fundamentales: la justicia y el periodismo. La presunción de inocencia, algo que se relacionaba con los delincuentes juzgados, afecta ahora al sistema judicial. La historia vivida, llena de decisiones partidistas, estructuras viciadas y sometimientos ideológicos, nos obliga a esforzarnos para aplicar la presunción de inocencia también a los jueces que juzgan. Los protagonismos y los partidismos hacen mucho daño al crédito judicial, algo imprescindible en las sociedades democráticas.

Publicidad

Y mucho daño hace el descrédito de la prensa provocado por el pseudoperiodismo. La información es sustituida por una comunicación que se somete con facilidad a las manipulaciones y los fanatismos. Este descrédito generalizado acaba por dañar la democracia, en su raíz más profunda: la política como forma de compromiso cívico. Así que se impone un estado de ánimo roto, que nos invita a encerrarnos en nuestra propia supervivencia. Quedarnos en casa y renunciar a las ilusiones colectivas.

Ahora, hoy por hoy, la propia conciencia necesita estar con los demás, defender un estado de ánimo que se niegue a la renuncia. La necesidad de la política, su papel en la convivencia y la dignidad social, se ha convertido en esta coyuntura en algo más urgente incluso que los derechos laborales y la defensa de la sanidad y la educación pública. O para concretar: sólo reivindicando la política podremos defender el trabajo digno y la dignidad de lo público.

Publicidad

La prioridad democrática: un Estado de ánimo fuerte contra el pretendido desmantelamiento del Estado.

No basta sólo con tener valores personales y mantener las ideas que uno considera necesarias y respetables. La propia conciencia supone también un diálogo con la realidad, con las situaciones cambiantes, fáciles o difíciles, por las que atraviesa la convivencia. Por eso el estado de ánimo supone un componente decisivo en la ética. En tiempos de bonanza conviene no quedarse estancado en la soberbia y el triunfalismo, no perder de vista las limitaciones, los problemas o las precariedades que pueden esconderse bajo las sábanas de la felicidad. Y en tiempos agresivos resulta conveniente no perder el orgullo, no caer en la renuncia o en el desánimo. El compromiso de la conciencia tiene que ver con un estado de ánimo dispuesto a evitar la renuncia para seguir tomando decisiones personales y participando en las ilusiones colectivas sobre el mundo que habitamos.

Más sobre este tema
Publicidad