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Una advertencia no solo para Macron

El resultado de la segunda vuelta de las elecciones legislativas francesas significa mucho en algunos sentidos. El primero de ellos, la victoria de un sentido común republicano que ha permitido que votantes de derecha moderada y de izquierdas renunciaran a sus candidatos predilectos para evitar que Reagrupamiento Nacional llegara al poder. Es, también, un importante toque de atención a las políticas de Macron y sus coqueteos con el lenguaje de la extrema derecha. Sami Naïr se preguntaba si este resultado es un destello en la noche o una luz para tiempos venideros. Lo cierto es que es difícil de decir, porque puede ser las dos cosas al mismo tiempo.

La derrota de Le Pen tampoco es menos significativa que el hecho de que su opción política exista. Ello habla de malestares profundos en nuestra sociedad actual. Contrariamente a la caricatura simplificada que a veces se presenta, una de las intuiciones políticas más valiosas de Marx es la de una clase social muy especial: la clase de los sin clase. En el caso de la sociedad francesa, Marx estudió cómo una “masa variopinta” formada por residuos de varias clases sociales capitalistas y precapitalistas y no integrada socialmente en ninguna forma de organización política, reconocimiento o conciencia de clase dio su apoyo al golpe de Luis Bonaparte. El lenguaje de “lumpenproletariado” o “campesinado” puede resultar sociológicamente insuficiente hoy en día, pero la noción de una “parte de los sin parte”, como diría Rancière, que Marx inventa en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, conserva toda su vigencia. ¿Por qué estos sujetos, a juicio de Marx, miran hacia formas autoritarias de representación política? Porque no tienen vínculo social entre ellos, carecen de toda forma de mediación. Están juntos, dice Marx, “como patatas en un saco”: aislados, fragmentados, envueltos solo en el miedo y el malestar. No pueden proyectar una voluntad colectiva. No pueden representarse, deben ser representados, concluye Marx, por una figura autoritaria que imponga la representación que ellos no pueden darse. 

El neoliberalismo está dispuesto, lo sabemos perfectamente, a renunciar a la democracia para mantener su régimen de valorización y acumulación

Marine Le Pen y buena parte de la actual extrema derecha buscan hablar a estos “olvidados”, o parte sin parte. Acicatean un cierto sentimiento anti-elites, pero también anti-institucional y, en ocasiones, con rasgos de teoría de la conspiración. Para estas masas desorganizadas, invadidas por la desesperanza política y la anhedonia de la que hablaba Mark Fisher, cualquier promesa de pertenencia representa un asidero al que agarrarse, así sea el de compartir mensajes en grupos de Telegram o el de amenazar de muerte a un presidente de gobierno. No es nuevo: también Luis Bonaparte enfrentaba a la burguesía contra las descontentas masas populares para, finalmente, emplear el ejército contra ambos; declarándose a sí mismo heredero, en su singular persona, de 1789: el “emperador de la canalla”.  

En todo caso, el problema no ha cambiado tanto desde 1852. De algún modo, la presencia de esa clase de los sin clase es el permanente recordatorio de una brecha que sigue dividiendo el cuerpo social. Bonaparte apareció en un momento de precario equilibrio, a juicio de Marx: la burguesía había perdido, pero los trabajadores no podían ganar todavía. El siempre presente tenso desacoplamiento entre condiciones socioeconómicas y representación política se llevó entonces hasta el extremo. Nuestro actual capitalismo neoliberal produce sistemáticamente un equilibrio igual de precario: genera cotas de malestar social y económico cada vez más difíciles de embridar políticamente. El neoliberalismo está dispuesto, lo sabemos perfectamente, a renunciar a la democracia para mantener su régimen de valorización y acumulación. La advertencia no es solo para Macron. De qué se haga con ese malestar social depende nuestra política en las décadas que vienen.

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