Ideas Propias

Afganistán y el fin de un mundo compartido

Jorge Lago Ideas Propias.

Ahora que Biden –y con él la OTAN y lo que queda de la política exterior de la UE– no necesita apelar a los valores pretendidamente universales que habían forjado la hegemonía discursiva de Occidente (ya saben, democracia, libertad, derechos humanos) para justificar sus acciones o motivaciones políticas, al menos en el exterior de sus fronteras (recuerden: la ocupación de Afganistán no tuvo el objetivo de construir "una democracia unificada y centralizada", sino "evitar los ataques terroristas" contra suelo estadounidense), ahora, en fin, que ya no parece necesario invocar aquello que había configurado no tanto las razones del poder y sus contenidos como sus formas de justificación moral, cabe quizá preguntarse si no estamos ante la constatación traumática de un cambio de época largamente fraguado.

No, no me he vuelto ingenuo, sé, como creo que sabemos o sospechamos todos, que esas razones del poder nunca consistieron en aquello con lo que se envolvían discursivamente. Es claro que no se invadían países para instaurar democracias ni extender derechos universales o libertades más o menos duraderas. Sabemos, sí, que las motivaciones eran otras, siempre otras.

No, no parece haber novedad reseñable en los motivos esgrimidos que llevaron a la guerra de Afganistán y a la posterior gestión de su derrota. Pero quizá sí hay algo nuevo, y cargado de consecuencias, en la forma en que se han nombrado y defendido esas razones o motivos. La primera, que podrá sonar grandilocuente, es que son acaso el síntoma del final de un mundo compartido. Ese que, a pesar del incumplimiento sistemático de los valores que decía defender, del cinismo con el que se envolvían las más egoístas de las acciones e intereses, incluso de la legitimidad moral de la que algunas potencias se sentían portadoras por haber sido atacadas en su propio territorio, necesitaba sin embargo referirse y apelar a unos valores últimos y compartidos. Insisto: democracia, derechos, libertad, progreso.

Si las declaraciones de Biden son reflejo de alguna forma de novedad histórica, esta estriba, creo, en que esos valores últimos, que configuraban la unidad de las múltiples diferencias políticas, han dejado de operar como referentes necesarios en el discurso del poder. Que a lo largo de todo el siglo XX anarquistas, comunistas, socialdemócratas, liberales, radicales, republicanos o conservadores se enfrentaran en torno al verdadero sentido de esos valores últimos, al significado tanto como a las formas de realizar la democracia, los derechos humanos o la libertad, da cuenta de cómo operaba una cierta unidad en torno a todas esas profundas diferencias ideológicas y discursivas. Podía haber múltiples y sin duda contrapuestas formas de entender qué era una democracia o cómo se garantizaba la libertad, se podían nombrar como metas mientras se actuaba en contra de todos y cada uno de sus postulados, pero era en torno a esos significantes, a la forma de realizarlos, de imaginarlos como horizonte necesario del futuro, o simplemente de utilizarlos como mera justificación moral, que se articulaba buena parte del reparto de posiciones políticas, de disputas ideológicas y antagonismos sociales.

Está fuera de las posibilidades de este texto, y de quien lo escribe, entender cabalmente el alcance y las razones del discurso de Biden y, más ampliamente, de cómo refleja y reproduce la que entiendo es una profunda mutación de los horizontes de sentido compartidos. Habría para ello que analizar razones de orden geopolítico, recorrer las consecuencias nefastas que han tenido las últimas décadas de la política exterior norteamericana, sin duda también europea; dar cuenta de cómo la respuesta al 11S precipitó la pérdida de la hegemonía mundial estadounidense al tiempo que inauguró un mundo multipolar en el que ya no solo EEUU deja de poder imponerse de manera decisiva, sino un mundo habitado por nuevas formas de antagonismo que no pueden remitirse a ninguna forma de unidad o de significantes compartidos. También sería necesario adentrarse en los efectos devastadores de 40 años de neoliberalismo, de la profunda disolución de las formas sociales nacidas al calor del contrato social fordista o keynesiano, y de la imposibilidad actual de los EEUU (como también de Europa) de erigir un nuevo contrato social capaz, además, de conciliar las necesidades de su política interior tras la apisonadora neoliberal (crisis de las expectativas de las clases medias, polarización social, política y cultural inédita, aumento exponencial y sin precedentes de la desigualdad y la exclusión social) con las de una política exterior cuasi imperial no solo cada vez más ruinosa, y por ello incompatible con las necesidades materiales de su política interior, sino arrastrada y engullida por la propia inercia securitaria que la define (sobre esta imposible conciliación entre política interior y exterior de los EEUU lean a Pablo Bustinduy).

Prefiero centrarme en este texto en una pregunta que no por excesivamente abstracta resulta, creo, menos urgente: qué lugar ocupa o, más bien, puede ocupar un pensamiento y una práctica políticas emancipadoras, radicales, progresistas o de izquierdas (elijan la calificación que prefieran) en un mundo al que le cuesta cada vez más enfrentar sus diferencias en torno a significantes o valores compartidos. Ante esta pregunta siempre cabe responder desde una pulsión celebratoria, muy habitual, por cierto, en las izquierdas: ¡por fin han quedado desveladas sin posibilidad de justificación las verdaderas motivaciones del adversario! ¡Su renuncia a envolverse en ideales pretendidamente universalistas y barnizar sus verdaderos intereses con valores moralmente aceptados no hace sino mostrar sin ambages lo que siempre fue el capitalismo, Occidente, el poder de ese Otro con el que disputamos! ¡La democracia, la libertad, los derechos humanos y sociales nos pertenecen a nosotros y no a ellos, somos sus verdaderos portadores!

Esta pulsión autoafirmativa es, mucho me temo, inútil además de engañosa: si el poder ya no parece necesitar de la democracia o la libertad como valores o metas desde las que justificar sus acciones es, sin duda, porque esos valores o metas han dejado de ser hegemónicos, vale decir, ya no atraviesan y conforman necesariamente el sentido común. Dejan de ser peajes necesarios para toda imagen del futuro. Así que antes de celebrar que el poder esté mostrando hoy su verdadero rostro, o al tiempo que lo hacemos, habría quizá que asumir que estamos perdiendo una batalla decisiva: la de seguir formando parte, o al menos estar en condiciones de hacerlo, del sentido común. O aceptar, en cualquier caso, que éste no solo se fragmenta y polariza, sino que se aleja cada vez más de las posiciones que habíamos ocupado. Si la política, a pesar de los antagonismos que la atraviesan, se jugaba hasta hace no mucho en un campo semántico común, en un espacio cultural y afectivo preñado de diferencias pero, también, de núcleos de sentido compartidos, igual conviene preguntarse cuáles son las posibilidades mismas para pensar y hacer política hoy.

O preguntarse, si lo prefieren, si esta quiebra de los horizontes y sentidos que parecíamos compartir no ha vuelto profundamente inestable, improbable o inhallable el espacio mismo que ocupó tradicionalmente la izquierda (o las posiciones radicales, emancipadoras, progresistas…). Me explico: si la izquierda es, quizá antes que nada, ese lugar desde el que se señala una y otra vez la distancia inasumible entre el discurso del poder y la realidad vivida, entre las apelaciones a la democracia, la libertad o la universalidad de los derechos, por ejemplo, y una realidad definida por una democracia siempre limitada (tanto porque no todos deciden como porque no se decide sobre todas las cosas), por unas insuficientes o inexistentes condiciones materiales y legales para el ejercicio de la misma libertad proclamada a los cuatro vientos desde las distintas instancias del poder, o por la exclusión de amplias capas sociales de los mismos derechos humanos y sociales que, al menos formalmente, coronan la letra escrita de los pactos constitucionales. Si, como decía, la izquierda habitaba en esa herida que se abría entre las palabras y la realidad de las cosas, ¿qué pasa, qué nos pasa, cuando entre el discurso del poder y la materialidad de las cosas que conforman lo que entendemos por realidad deja de operar esa distancia?

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Jorge Lago estudió Sociología en Madrid, París y Bruselas. Ha sido investigador en la Complutense y el CNRS francés, y es hoy profesor de Teoría Política Contemporánea en la UC3M, además de editor de Jorge LagoLengua de Trapo.

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