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Y la culpa no era mía

Hace unos años, el Ministerio del Interior publicó en su web una lista de consejos dirigidos a las mujeres para evitar violaciones. Entre las recomendaciones, comprarse un silbato como método de disuasión, cerrar las cortinas de casa para evitar miradas indiscretas o, en el caso de vivir sola, no poner el nombre de pila en el buzón para no dar pistas de que allí residía una potencial víctima. ¿Creen que hubo un listado similar dirigido a los posibles agresores, con advertencias como por ejemplo "no aprovecharse de una mujer que está borracha?" Evidentemente, no. Les puede sonar a antiguo, pero la ocurrencia no tiene ni una década. Fue en 2014 cuando a alguien le pareció que semejante despropósito era una buena idea.    

Este verano, la Comunidad de Madrid lanzaba una campaña institucional para evitar la sumisión química con proclamas como: "Mira lo que te sirven, no aceptes copas de desconocidos, vigila siempre tu vaso"No es difícil adivinar a quién estaba dirigida. Es un claro ejemplo de lo que se conoce como terror sexual, una herramienta en la que el patriarcado ha encontrado un eficaz método para controlar y aleccionar a las mujeres. Ocurrió con el crimen de Alcàsser, que años más tarde conceptualizó la investigadora Nerea Barjola. Pero también con los asesinatos de Diana Quer y Laura Luelmo, o este mismo verano con los pinchazos en las discotecas. Casos mediáticos que, a menudo, se tratan como sucesos, despojados de su significado político, y que crean una sensación constante de peligro para las mujeres. Ese miedo acaba limitando la libertad de movimientos de la mitad de la población.   

Lo cierto es que los datos estremecen: cada cuatro horas se denuncia una violación en España. No conozco a ninguna mujer que no haya crecido con la amenaza —completamente real— de sufrir una agresión sexual

La semana pasada, en la que se celebraba el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, se hacía viral una campaña de la Xunta de Galicia en la que se volvía a poner el foco en las víctimas y no en los agresores. Imágenes de mujeres jóvenes con mensajes como: "va a correr en mallas por la noche, le manda una foto a un hombre que está con sus amigos, vuelve sola a casa de noche". Todas acompañadas de la siguiente frase: "no debería pasar, pero pasa". Seguro que al verla más de una quiso apostillar: el machismo de la campaña es lo que pasa. Lo cierto es que los datos estremecen: cada cuatro horas se denuncia una violación en España. No conozco a ninguna mujer que no haya crecido con la amenaza —completamente real— de sufrir una agresión sexual, entonces ¿por qué se nos sigue responsabilizando de ellas?. ¿Por qué se sigue cuestionando nuestra ropa, las copas que tomamos o la decisión de volver solas a casa? Cada logro legislativo es un gran paso, pero no hay que olvidar que si las instituciones, judicatura o cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado no se forman en perspectiva de género el avance será mucho más lento.  Buena prueba de ello son los ejemplos anteriormente citados. 

La campaña del Ministerio de Igualdad que está en boca de todo el mundo puede gustar más o menos, pero es innegable que señala directamente al problema: los machistas. También se focaliza en el silencio cómplice que les rodea y que permite que la violencia contra las mujeres se siga perpetuando. Para ello, interpela a los hombres y les afea que no den un paso al frente y se atrevan a dar la cara para denunciar comportamientos machistas. 

Tras las revueltas sociales de 2019 en Chile, el colectivo feminista Lastesis lanzó El violador eres tú, y en poco tiempo se convirtió en un himno feminista global. La canción, que repetía en su estribillo que la culpa nunca es de las víctimas, señalaba al Gobierno, a la justicia y a los policías como partícipes de la impunidad de los agresores ante las instituciones. No faltó quien se ofendió demostrando con esa indignación que, si no eres parte de la solución, lo eres del problema. 

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