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Fin de curso

No había fantaseado tanto con que acabe el curso desde quinto de carrera. Cuando se publique esta columna estaré asistiendo a la graduación de mi hijo. Que tiene exactamente dos años y medio. A mí también me parece absurdo. Este año he vuelto al sistema escolar con otro papel y me da mucha pena escribir que no me gusta lo que he podido intuir. Nada de toda esta parafernalia a la que llamamos pretenciosamente “primer ciclo de educación infantil” (¡criaturas de 0 a 3 años!) está pensada para los niños. Es una creación -defectuosa, por cierto- del sistema para que madres y padres puedan estar disponibles de sol a sol en sus trabajos.

Lucía Galán Bertrand, la pediatra más conocida de España, lo dice claramente: antes de los tres años los niños no necesitan ir a una guardería, ni siquiera todavía necesitan a otros niños. Antes de esa edad lo mejor para ellos es estar en su entorno conocido, su casa, con sus seres más próximos. Hay tantos supuestos referentes en crianza que yo decidí en la semana 33 de embarazo, cuando mi padre me regaló su gran manual por mi cumpleaños, que tendría sólo una, pero la mejor: Lucía mi pediatra. Me gusta informarme en su Instagram (830.000 seguidores) porque está actualizadísima con la ciencia pero no desdeña lo valioso de cómo criaban nuestros abuelos, abuelas, madres y padres. 

Este lunes publicó un vídeo avisando de que diría algo “muy impopular”. Dijo: “Los niños están cansados, los adolescentes están casados y nosotros los adultos también estamos cansados”. Una obviedad. En los comentarios algunas personas escribían: “Nunca entenderé a quienes dicen ‘qué pena que se acabe el cole’”. Yo estoy en las antípodas de ese pensamiento, pero claro que los entiendo. La escuela infantil (sic), que parece que suena más aceptable que “guardería”, es una absoluta necesidad para muchísimas familias que no pueden contar con abuelos, que viven lejos de su comunidad, que son monoparentales. Es más: ni siquiera es suficiente para las madres y padres trabajadores que no tienen horarios fijos de 8 a 3 o de 9 a 5. Este sistema es, sí, incompatible con la vida.

Dejé una vida internacional que me encantaba y por la que luché mucho para venir a esta llanura tranquila a criar como me criaron a mí: en casas compartidas, con los abuelos como segundos padres, con tíos y primos y vecinos alrededor

Nuestros padres querían que nosotros viviéramos mejor que ellos y yo, que soy millennial, me conformo con que mi hijo no viva peor que yo. Y yo tuve infancia y tuve veranos. No pisé un centro educativo hasta que cumplí los tres años y de final de junio a mediados de septiembre tenía vacaciones San-ti-lla-na. Dormía la mañanada, veía Punky Brewster desayunando, salía a jugar, íbamos al río, andaba en bici, me sentaba al fresco con los mayores, era sumamente feliz. El otro día me llamó la directora del colegio para ver si quería apuntar a mi hijo a un programa que cubre del 26 de junio al 28 de agosto. Se llama “conciliamos verano” pero es, traducido, ir al cole también en verano. Mucha gente lo necesita. Mientras cambiamos este sistema perverso en el que vivimos, es necesario que este programa exista. Eso no quita para que la necesidad de su existencia me parezca un fracaso.

Yo no tengo ninguna varita mágica. Siempre había querido ser una periodista independiente pero sólo me atreví cuando necesité una fórmula para estar con mi hijo en estos años cruciales que no volverán. Asumí, sí, más inseguridad laboral a cambio de la certeza de que si un día no puedo estar para alguien será para mis jefes y no para mi hijo. Dejé una vida internacional que me encantaba y por la que luché mucho para venir a esta llanura tranquila a criar como me criaron a mí: en casas compartidas, con los abuelos como segundos padres, con tíos y primos y vecinos alrededor, porque it takes a village. Se necesita un pueblo para criar a un niño. Lo mejor que pude hacer.

Como tantos padres y madres, metimos al niño este año en la nueva “aula de dos años” de la Junta porque pensamos que era la manera de asegurar plaza en el cole público de nuestra elección. La mayor tontería que he hecho recientemente. Ni nos guardaron la plaza ni el cole público elegido era el bueno. Ha sido -me digo para perdonarme tamaña estupidez y tal esfuerzo en balde- un curso ensayo-error. He aprendido cosas. Que no hay profesora británica que merezca un trayecto incómodo e inhóspito a un colegio del que vas y vienes cuatro veces al día. Que los padres no tenemos que estar tan metidos en los colegios: al cole van nuestros hijos. Que la edad es quizás lo único que compartas con las personas que crían a los que serán los amigos de tu hijo. Que ese entorno es más importante que la profesora británica. Que tienes muy poco control sobre todo esto.

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